Imagine por un momento que usted es un viajero y se encuentra agudamente enfermo o ha sufrido un grave accidente en un lugar lejano a su hogar. En un mundo cada vez más globalizado y pluralista, es probable que quien lo atienda lleve un kipá, o un hijab, o un turbante hindú, o puede que use tatuajes, o pertenezca a la comunidad LGTBI. Aún sin conocer a esa persona, el paciente puede esperar ciertos comportamientos sólo porque quien lo atiende es miembro de la profesión médica y esta expectativa es igual en todas partes del mundo. 

Esta fue la tesis central del Dr. Ramin Parsa-Parsi al presentar el borrador del nuevo Código de Ética de la Asociación Médica Mundial (AMM), en el 16º Congreso Mundial de Bioética, realizado en Basilea, Suiza, la semana pasada. En medicina, la respuesta a la globalización son los principios éticos de la profesión médica y se funda en la confianza; es decir, la certeza de que el profesional médico actuará siempre buscando el mejor interés de su paciente. 

¿Cuál sería la moral universal de la profesión médica? En simple, aquella que puede ser demandada globalmente sin excepción alguna. Requiere de apertura cultural y poder diferenciar qué es lo esencial y qué no de un código moral universal, el cual debe ser adoptado por miembros de la profesión médica en distintos lugares del mundo. El fundamento filosófico para este código “moral universal” es el respeto a los Derechos Humanos (DDHH), pero el problema es que los DDHH requieren ser interpretados según la cultura del lugar. El desafío, por lo tanto, es encontrar ese ethos global para el ejercicio de la medicina. 

Existen ciertos principios no controversiales, como el deber de confidencialidad, el no dañar, no discriminar, y guiarse siempre por la buena práctica médica, manteniendo un juicio profesional independiente, así como entregar el debido cuidado durante una emergencia sanitaria.

Pero hay otros temas controversiales, como el aborto y la eutanasia, y el respeto a la objeción de conciencia (OC) por parte del profesional sanitario que solicita no realizar una prestación médica que va en contra de sus principios morales más profundos. Siguiendo con la tradición hipocrática de actuar con discernimiento, la Declaración de Ginebra de la Asamblea General de la AMM (1948), que es el juramento moderno que actualiza el juramento hipocrático, señala que como miembro de la profesión médica, se promete ejercer la “profesión con conciencia y dignidad, conforme a la buena práctica médica”. Asimismo, la Declaración de Lisboa de la AMM sobre los derechos del paciente (2015), reconoce que “el médico siempre debe actuar de acuerdo a su conciencia y en el mejor interés del paciente”, haciendo esfuerzos a fin de garantizar la autonomía y justicia con el paciente. Reconoce esta Declaración que “todo paciente tiene derecho a ser atendido por un médico que él sepa que tiene libertad para dar una opinión clínica y ética, sin ninguna interferencia exterior”. 

En consecuencia, un profesional médico que desoye su propia conciencia al brindar la atención sanitaria, no puede entregar una atención de calidad, aunque en principio se piense que se está logrando el objetivo buscado por el paciente. Es por esto que en legislaciones que regulan temas especialmente sensibles para la conciencia de ciertos profesionales, como son los de aborto y eutanasia, es imperioso resguardar la OC, balanceando este derecho a objetar con aquellos que le asisten a la persona que busca la atención de salud. Ad portas de tener una nueva Constitución para Chile, que garantiza la libertad de conciencia: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión y cosmovisión” (Art. 7), vemos con preocupación que en el Artículo 61, relacionado con los derechos sexuales y reproductivos, se “garantiza su ejercicio libre de violencias y de interferencias por parte de terceros, ya sean individuos o instituciones”, lo que ha sido interpretado como contrario al derecho a la objeción de conciencia. Debemos recordar que un profesional sanitario que es obligado por el Estado a acallar la voz de su conciencia, más temprano que tarde terminará también traicionando los fines propios de la medicina.

*Dra. Sofía Salas Ibarra, Centro de Bioética, Facultad de Medicina, Clínica Alemana – Universidad del Desarrollo

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