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Publicado el 28 de diciembre, 2015

Estado versus mercado, un falso dilema

Consultor de empresas Jaime Jankelevich
El mercado somos todos, porque los mercados son el reflejo de las interacciones entre personas que demandan y ofrecen productos y servicios a la sociedad.
Jaime Jankelevich Consultor de empresas
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El actual gobierno y la coalición que lo apoya está empeñada en terminar con el modelo de economía de mercado, porque aun reconociendo que ha sido el más exitoso de la historia de Chile, el que ha permitido un incremento en el bienestar social nunca antes visto y un incremento de la clase media altamente exitoso, lo califica de inmoral, porque según ellos genera desigualdad.

La propuesta de reemplazo se haría a través de una nueva Constitución, donde queden establecidos un conjunto de los mal llamados derechos sociales, a los cuales se accedería a través del Estado, quitándole toda participación al despreciado mercado, el declarado enemigo público número uno de los estatistas.

Interesante resulta analizar los conceptos que hay detrás de todo esto. En primer lugar, pareciera ser que en la concepción de los ideólogos del gobierno el “mercado” fuera una abstracción; una especie de organismo inmaterial autónomo, pero con mente y vida propia, egoísta y sin consciencia social, cuyo único objetivo es lucrar y abusar de la gente, mientras que el Estado, cual Robin Hood, es el paladín de la justicia, el defensor del pueblo contra el malvado mercado.

Lo que no dicen estos ideólogos es que el mercado somos todos, porque los mercados son el reflejo de las interacciones entre personas que demandan y ofrecen productos y servicios a la sociedad; productos y servicios necesarios para llevar adelante nuestras vidas, sean estos de primera necesidad o no. Y el Estado tampoco es una abstracción, sino que es un conjunto de personas que actúan en la esfera pública proveyendo también servicios demandados por las mismas personas que interactúan en el espacio llamado mercado. Así existen el Servicio de Impuestos Internos, el Servicio nacional de Aduanas, los servicios de salud, etc., y muchos chilenos que los demandan.

Entonces, cuando se estigmatiza al mercado por obtener una recompensa al prestar servicios educacionales o de salud, o de lo que sea, proponiendo ponerle fin al lucro para que sea el Estado el que gratuitamente los brinde bajo las condiciones que estime conveniente, lo que no se está diciendo es que para que sean virtualmente gratuitos, alguien tendrá que pagar por ellos, y adivinen quiénes serán. Las mismas vilipendiadas personas que interactúan en los mercados, los cuales contribuyen a generar el lucro en las empresas que permitirán que el Estado recaude los recursos para controlar nuestras vidas. Porque lo que tampoco dicen es que sin lucro no habrían impuestos que pagar y sin dichos impuestos, el Estado no podría existir, porque no tendría cómo financiarse. Es el lucro, sea dicho, el que permite la existencia funcional del Estado.

Lo que hay que entender entonces es que lo que estos mensajes intelectuales encierran es que a través de un lenguaje que utiliza el slogan como herramienta básica de penetración de conceptos, la población se convenza de que el modelo más exitoso de la historia de Chile es negativo para sus aspiraciones de vida porque es inmoral y que lo único que les brindará la verdadera felicidad es el Estado, quien proveerá todo lo que la gente necesita para una vida plena. Es la utopía perfecta, la misma que ha fracasado a lo largo de toda su aplicación en el mundo real. Y los ejemplos los tenemos al lado.

Imponer esta estrategia es lo que se busca con la Nueva Constitución, en donde sea el Estado el que controle nuestras vidas; el que determine por ejemplo qué tipo de educación, salud y seguridad social se nos proveerá, restringiendo nuestra libertad para elegir en todo orden de cosas, eliminando el rol subsidiario actual para crear una maquinaria burocrática, la cual ha demostrado inefablemente que es discrecional, ineficiente y capturada políticamente para satisfacer las necesidades del clientelismo.

Esto no es lo que Chile necesita y así se está demostrando. De nosotros depende evitarlo.

 

Jaime Jankelevich, consultor de empresas.

 

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO

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