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Publicado el 01 de marzo, 2015

¿Estado o Estatismo? Un gran dilema en la política chilena

Académico Correspondiente Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Academia Diplomática Andrés Bello Rodrigo Ahumada
En democracia la tarea del Estado consiste en crear el conjunto de condiciones políticas y sociales que permitan a todos y cada uno su mayor realización espiritual y material posible.
Rodrigo Ahumada Académico Correspondiente Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, Profesor Academia Diplomática Andrés Bello
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El Estado no es lo mismo que el estatismo. Entre ambas realidades existe un abismo insalvable. Si no se distinguen desde el inicio, se producen las más graves y nefastas consecuencias para el orden democrático. En efecto, el Estado es la “Institución de las instituciones” (Marcel Prelot), o  aquella “parte” de la sociedad política “especializada” en los intereses de la sociedad política, siendo su finalidad el bien de “cada” persona (nadie puede quedar excluido) y de toda la persona (no se reduce al bienestar económico). El estatismo, en cambio, es la degradación ideológica y totalitaria del Estado y de la sociedad al hipotecar los derechos de la persona, sobre todo el derecho a la libertad en nombre de una supuesta igualdad. Para la ideología estatista, las personas son solamente una “causa instrumental” para la instauración de un Estado que, identificándose con la sociedad, posea poderes omnímodos restringiendo y acabando con las libertades individuales.

No se trata de un tema menor, por cuanto lo que está en discusión, dice relación con una apremiante interrogante: ¿Quién es el actor fundamental de la actividad política en una democracia? ¿La persona o el Estado? Precisemos desde el inicio, el único “sujeto” y en cuanto tal “principio y finde la política es la “persona”, en ningún caso el Estado. En cuanto el ser humano es un sujeto racional y libre es una persona, un universo espiritual y corporal que tiene un valor en sí misma. El Estado, en cambio, es un medio o instrumento cuya tarea consiste en ser rector del bien común, para que la persona concreta alcance su pleno desarrollo, garantizando siempre el respeto a su dignidad inviolable. Para decirlo con el filósofo de la democracia, Jacques Maritain, “el Estado es aquella parte de la sociedad política cuyo objeto propio consiste en mantener la ley, promover la prosperidad común y el orden público, y administrar los asuntos públicos” (Cf. El Hombre y el Estado).

Esta visión se encuentra en las antípodas de los sectores de izquierda de la actual coalición de gobierno, cuya visión del Estado sigue siendo en muchos de sus partidarios de inspiración “totalitaria” (Hegel, Marx o Gramsci) o “pre-totalitaria” (Hobbes y Rousseau). En esta perspectiva, el Estado es concebido como una especie de “Persona”, “Ente abstracto”, o como un “Sujeto colectivo”, el cual existe como una realidad “en sí misma”, no solamente separado de la sociedad política a la cual debería servir, sino por encima de ella “devorando” a las personas y ciudadanos para satisfacer su “natural” tendencia a la obtención y control del poder total. La persona o el ciudadano pasan a ser tan solo una pieza sacrificable dentro del engranaje de la maquinaria estatal, cada vez más ahogado por un Estado que –identificándose con el gobierno-, busca acallar toda discusión sobre las materias de interés público.

Esto explica que algunos digan públicamente que sueñan para Chile una idea de país y de Estado al modo de la ideología chavista. Olvidando que con el chavismo -como lo ha señalado el destacado sociólogo chileno ex MIR, Fernando Mires-, Venezuela ha asistido a una toma del poder, pero no del pueblo hacia el Estado sino del Estado hacia el pueblo, “lo que ha tenido lugar en la Venezuela de Chávez no es más que el progresivo secuestro de la sociedad por parte de una oligarquía estatal”. ¿Tiene algún sentido hablar de dignidad de la persona o de libertades individuales en esta visión del Estado? Ciertamente no, y los ejemplos están a la vista con el régimen cruento y autoritario de Nicolás Maduro.

Volviendo al caso de Chile, la reforma educacional es un caso emblemático a este respecto. El Estado no ha tenido ningún empacho en pasar por sobre el derecho humano de la libertad de enseñanza (garantizado por la ONU), para imponer su idea totalizante. En relación a la ley de aborto, la lógica utilizada por parte del Gobierno ha sido exactamente la misma. La diferencia reside en el hecho que el derecho vulnerado es el primer derecho humano, el derecho a la vida, el cual ha sido reducido al campo de lo opinable. Como se ve claramente en ambos casos, el sujeto no es la persona sino el Estado. Se ha olvidado que en una genuina filosofía democrática la persona siempre es anterior y superior al Estado, y esto solo es posible cuando se reconoce que la subsidiariedad antes de ser una función del Estado, es un principio constitutivo del mismo, como ya lo vieran Montesquieu y Tocqueville antes que la Doctrina Social de la Iglesia. Sin subsidiariedad no hay Estado, sino estatismo.

No debemos olvidar que en una sociedad democrática la persona siempre es un sujeto activo, pensante, dialogante y creativo, artífice de su propio destino. En ningún caso, hablamos de un ente pasivo cuyo único papel consistiría en esperar que el Estado le resuelva todas sus dificultades y problemas asumiendo una función “paternalista” que por definición no le corresponde. Al contrario, en democracia la tarea del Estado consiste en crear el conjunto de condiciones políticas y sociales que permitan a todos y cada uno su mayor realización espiritual y material posible, respetando en ese cometido la libertad, dignidad, derechos e iniciativa creadora de la persona. Esto es lo que llamamos igualdad de oportunidades. Por esto, el actual dilema de la Nueva Mayoría a propósito del Estado es preocupante para el país. Lo que está en juego no es solamente el crecimiento económico sino también la estabilidad política y la paz social que es el otro nombre del bien común.

 

Rodrigo Ahumada, Director Escuela de Historia y Geografía Universidad San Sebastián.

 

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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