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Publicado el 01 de marzo, 2015

Estado islámico y democracia

Tal vez sea mejor que los países árabes resuelvan sus problemas solos, de acuerdo a su propia cultura.
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Un piloto jordano quemado vivo; 21 cristianos coptos egipcios decapitados en una playa cuyo mar se tiñó literalmente de sangre, recordando las siete plagas; 45 kurdos enjaulados a la espera de un terrible final; hace unos días, 90 cristianos secuestrados al norte de Siria, y su fin no será otro que el más terrible dolor y sufrimiento antes de morir. En fin, pueblos completos masacrados, hombres, mujeres y niños abusados y muertos sin misericordia. Y seguirá más. Mucho más. Las reiteradas aberraciones con las que el grupo terrorista Estado Islámico (EI) nos sorprende casi a diario llevan a reflexionar.

Gran parte del génesis de todo lo que estamos viendo ahora proviene de la llamada «Primavera Árabe», nacida en Túnez y que barrió con tres dictadores, el tunecino y los de Libia y Egipto, e intentó lo mismo con uno que aún se aferra, el de Siria.

En su momento, Occidente valoró las movilizaciones de los países árabes por instaurar una democracia, sin sopesar que entre los activistas se encontraban, camuflados, buena parte de los yihadistas que hoy decapitan y asesinan a mansalva en pos de algo que ellos entienden como religión. Nadie reparó en eso o, al menos, no se le dio la suficiente importancia, quizás porque nadie podía imaginar lo que venía.

Hoy, Bashar al Assad, el autócrata sirio, parece el mal menor ante el avance del EI, y quizás tenía algo de razón cuando advirtió que muchos de quienes intentaban derrocarlo eran terroristas. Pero, ante la euforia occidental por una supuesta normalización democrática en Siria y los países árabes, nadie prestó atención, entendiendo que los descargos del gobernante eran gritos desesperados por validarse en el poder.

¿El resultado de todo? Al Assad no cayó, y a su régimen se sumó la mano sangrienta del EI en el territorio sirio controlado por la organización, más el de Irak. Libia está ad portas de convertirse en un estado fallido y una base del EI y otros grupos. De hecho, desde la costa libia centenares de inmigrantes intentan todas las semanas llegar desesperadamente a Europa y, entre ellos -mimetizados como refugiados- terroristas con la orden de llevar su «guerra santa» al Viejo Continente. En Egipto, la democracia -el gobierno de los Hermanos Musulmanes- duró un año hasta ser derrocado, instaurándose un gobierno de dudosa legitimidad democrática, presidido por un ex comandante en jefe del ejército y otrora subalterno de Hosni Mubarak. Como excepción, el único país que parece haber logrado un cauce normal es el del origen de todo, Túnez.

Quizás la ceguera occidental ante lo que se venía radicó en que Occidente busca imponer a todo el planeta su visión sobre la democracia. Pero la democracia nació y se perfeccionó justamente en occidente, y jamás ha podido trasladarse de buena forma a Oriente. ¿Quién dice que a los países árabes les acomoda el sistema de gobierno occidental? Tal vez su cultura no valore los principios democráticos como lo hacemos aquí. Es más. ¿En qué países árabes funciona verdaderamente una democracia, con elecciones libres e institucionalidad moderna? La verdad es que en muy pocos, la mayoría están regidos por dictadores, monarcas absolutistas, dinastías familiares, sultanatos, emiratos, etc.

A Occidente esto le produce alergia, pero no logra entender que estos sistemas diferentes al democrático -cuestionables, desde nuestra óptica- han perdurado por cientos de años. Son modelos con cuyos regentes al menos se puede debatir, razonar. La diferencia es que al EI no lo mueve la razón sino una mal entendida fe, carente de todo raciocinio lógico. Y cada vez que se busca instaurar un régimen occidentalizado en estos países se genera un caldo de cultivo para que bárbaros peores a los medievales, con la ventaja de poseer armamento moderno, intenten fundar algo más terrible que todos los modelos que existen en la actualidad: un califato donde se humille a la mujer; se violen y desposen niñas de 9 años; se asesinen a los que no crean en determinado dios e interpretación religiosa y se cometan toda clase de tropelías y atropellos a los derechos humanos.

Tal vez sea mejor que los países árabes resuelvan sus problemas solos, de acuerdo a su propia cultura, y que Occidente -en realidad Estados Unidos y Europa- sólo intervenga para neutralizar y eliminar para siempre a los fanáticos islamistas que, de alguna manera, sea por acción u omisión, colaboró en crear.
Bruno Ebner, Periodista.

 

 

FOTO: GIAN CORNACHINI/FLICKR

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