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Publicado el 20 de julio, 2017

Estado Islámico: una guerra que está lejos de acabar

Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, U. Finis Terrae, Master en Ciencia Política Alberto Rojas
Lo esperable a mediano plazo es la reinvención de la agrupación yihadista como un grupo enfocado en atentados explosivos, sabotajes a instalaciones petroleras, asesinatos y secuestros extorsivos, tanto en Siria como Irak.
Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, U. Finis Terrae, Master en Ciencia Política
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La reciente liberación de Mosul, urbe iraquí que el Estado Islámico (EI) controló durante más de tres años, representa un duro golpe para esta milicia yihadista. En términos estratégicos, perder el control de la segunda ciudad más importante de ese país —después de Bagdad—, es una derrota que marcará el comienzo de la pérdida de control territorial del EI en Irak, donde llegó a “gobernar” sobre cerca de 10 millones de personas.

Pero también es una derrota en términos simbólicos, ya que precisamente fue en la mezquita Al Nuri de Mosul, que el líder de los extremistas, Abu Bakr al Bagdadi, proclamó el nacimiento de este grupo radical. La misma mezquita que en junio pasado fue dinamitada por el EI en medio de su retirada, ante el avance de las fuerzas iraquíes.

De esta forma, Mosul se ha convertido en un símbolo de la exitosa lucha en contra de esta organización, aunque aún resulte prematuro hablar de una derrota definitiva.

La campaña para arrebatar al Estado Islámico el control de la ciudad tomó nueve meses, durante los cuales cerca de 900.000 habitantes huyeron en busca de zonas más seguras. Según Bagdad, las pérdidas producto de los combates llegarían a los US$ 50.000 millones y de acuerdo a cálculos entregados por Naciones Unidas, la reconstrucción de Mosul costaría cerca de US$ 700.000 millones.

Asimismo, las autoridades iraquíes ya confirmaron que los remanentes del EI que alcanzaron a escapar —formados principalmente por combatientes extranjeros y de otros países árabes— se han instalado en la ciudad de Tal Afar, a unos 55 kilómetros de Mosul. De modo que la lucha contra el Estado Islámico en territorio iraquí aún sigue adelante.

Paralelamente, combatientes kurdos y de las Fuerzas Democráticas Sirias avanzan lentamente sobre Raqqa, la capital del autoproclamado califato del EI, enclavada en el norte de Siria. Es el segundo gran bastión de esta milicia y su caída probablemente también tomará meses.

Estrangulado en términos de acceso a financiamiento y armas, enfrentado a la pérdida real de control territorial, y con miles de combatientes muertos, capturados o que han desertado, el Estado Islámico enfrenta su peor momento. Sobre todo si a lo anterior se suman las versiones de Rusia, del Observatorio Sirio de Derechos Humanos y de diferentes medios de prensa iraquíes, que aseguran que Al Bagdadi murió, aunque Estados Unidos ha mantenido su cautela al sostener que dicha versión aún no ha sido confirmada.

¿Qué pasará, entonces, con el Estado Islámico?

En primer lugar, si efectivamente Al Bagdadi está muerto, el EI se resistirá a confirmarlo, manteniendo un manto de secreto sobre su figura y su paradero. Después de todo, la desaparición del líder y fundador de la agrupación tendría un profundo impacto en sus seguidores. Por otro lado, si el EI confirma la muerte de su líder, tendría que anunciar a la brevedad a su sucesor. Una decisión compleja, considerando que muchos altos cargos del Estado Islámico ya han muerto en combates y bombardeos de la coalición internacional liderada por Estados Unidos. Y eso los obligaría a proclamar a una figura sin mayor ascendencia entre los militantes.

En términos de su defensa del califato —que alguna vez gozó de una estructura política y administrativa similar a la de un Estado-nación moderno, y que abarcó un territorio casi del tamaño de Italia—, la pérdida de Mosul y eventualmente también de Raqqa llevaría a su desaparición a nivel de control geográfico. Y eso obligaría al EI a regresar a una estrategia de clandestinidad e insurgencia, tanto en zonas urbanas como rurales, obligando a las autoridades a adaptar sus estrategias a este nuevo escenario. Es muy distinto combatir a una milicia a campo abierto, con un ejército apoyado por bombardeos desde gran altura, que perseguir a un grupo terrorista a través de fuerzas policiales.

De modo que lo esperable a mediano y largo plazo es la reinvención del Estado Islámico como un grupo enfocado en atentados explosivos, sabotajes a instalaciones petroleras (como oleoductos y refinerías), asesinatos de autoridades y secuestros extorsivos, tanto en Siria como Irak.

¿Y qué podría pasar en Occidente? Para el EI, uno de sus principales objetivos es y seguirá siendo demostrar su fortaleza en Medio Oriente y el resto del mundo. Es por eso que no resulta descartable que busque concretar nuevos ataques terroristas en países europeos o incluso en Estados Unidos. En ese sentido, el refuerzo de los controles fronterizos ha impedido el regreso de muchos voluntarios occidentales que en el pasado viajaron hasta Siria para sumarse a las filas del Estado Islámico. Sin embargo, tal como ha quedado demostrado en los atentados de los últimos meses en Europa, el EI está apelando a jóvenes descendientes de inmigrantes —segundas y hasta terceras generaciones— que son ciudadanos británicos, franceses o alemanes, y que resultan mucho más difíciles de detectar, ya sea que actúen como “lobos solitarios” o a través de una célula.

Es un hecho que el Estado Islámico ha comenzado a ser derrotado en sus diferentes frentes de acción, como su capacidad de reclutamiento, acceso a recursos financieros o influencia en las redes sociales. Sin embargo, esta guerra no será corta.

 

Alberto Rojas, director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae

@arojas_inter

 

 

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