Para hacer sentido del mundo agrupamos en categorías. Lo hacen los niños antes que nadie se los enseñe, lo que los lleva ya muy temprano a esperar comportamientos diferentes de, por ejemplo, hombres y mujeres. Y esto sucede según lo que se denomina “genéricos”, es decir generalizaciones en que se asocia ciertas características a una categoría singular. Por ejemplo, piense en: “los tigres comen personas”. Aunque pocos tigres lo hayan hecho, cuando se encuentre con uno en el camino, tendrá razones para preocuparse de no terminar en sus fauces. Ello lleva a lo que en la academia se denomina “esencialismo”: la creencia de que a una característica singular (el género, el color, la etnia, etcétera) subyacen diferencias profundas que se extienden a todos los que la comparten. Sin controlarlo conscientemente, el esencialismo solidifica prejuicios: las mujeres son siempre dulces y los negros bailan bien.

El esencialismo tiene bases en nuestra psicología, lo que nos da una buena razón para estar atentos y controlarlo cuando se nos cuela en nuestras reflexiones y modos de direccionarnos al mundo. Lamentablemente, muchas veces no se lo controla. Esto es justamente lo que ocurrió el jueves en la Comisión de Constitución del Senado al elaborar la fórmula de elección para pueblos originarios y su mecanismo de corrección por paridad, para la conformación del Consejo Constitucional que redactará la próxima propuesta constitucional.

Como es conocido, la fórmula no establece un número de escaños reservados para indígenas, sino que en proporción a la cantidad de votos que obtienen. Si los candidatos indígenas obtienen al menos el 1,5 por ciento de los votos de las 16 circunscripciones no indígenas, entonces el candidato indígena más votado obtiene un cupo; si obtienen más del 3,5 por ciento, el segundo candidato más votado obtiene un segundo cupo, y así sucesivamente. El problema surge al ajustarlo a la paridad de salida. El mecanismo propuesto es que, si se obtiene más de un escaño, el segundo debe ir al representante más votado que tenga un sexo diferente al del primero, y así sucesivamente.

El problema, evidentemente, es que, dado que se trataría de independientes, la corrección por género puede llevar a que su voto por un candidato con la opción política particular que usted quiera ver reflejada en la nueva Constitución, sirva para que sea parte del Consejo Constitucional un representante de los pueblos indígenas que quiera avanzar una opción política completamente diferente a la que usted respalda.

Una ilustración puede ayudar. Imagine que usted es un miembro de los pueblos originarios convencido de la necesidad y justicia de la plurinacionalidad o de formas de jurisdicciones indígenas (como, por ejemplo, las que establece la Constitución colombiana), así que, consecuentemente, da su voto a un candidato indígena que vaya a avanzar estas posiciones en la redacción de la nueva Constitución. E imagine que resulta ser el segundo candidato más votado (y que los candidatos de los pueblos originarios obtienen más del 3,5 por ciento de los votos). Así las cosas, su candidato podrá representar las ideas que usted considera correctas en el Consejo Constitucional.

Imagine ahora que su candidato tiene el mismo género que el candidato electo más votado. En ese caso, se daría el cupo al siguiente candidato más votado que tenga un género diferente al primero. Pero imagine ahora que ese candidato es uno que defiende una concepción unitaria de la nación que no admite ningún tipo de derechos diferenciados, ni jurisdicciones indígenas. En este caso, usted estaría apoyando con su voto a favor de jurisdicciones indígenas a un candidato que representara en el Consejo una idea opuesta. 

La pregunta es ¿cómo puede haber llegado la Comisión de Constitución del Senado a la idea que este mecanismo tiene algo que ver con democracia? Y la repuesta es simple: esencialismo irreflexivo (el mismo que está a la base de que las mujeres son dulces y los negros bailan bien).

Me explico. Los procedimientos democráticos permiten elaborar respuestas comunes, aunque haya posicionamientos variados, incluso antagónicos, de modo que todos puedan considerar que las respuestas que así se obtienen son legítimas, aunque no las compartan. En este proceso se representan ideas. Usted puede tener ideas muy diferentes a las de su vecino acerca de cómo organizar un determinado asunto, pero al entrar al juego democrático y delegar su poder en un candidato que representa sus ideas, o al menos ideas cercanas a las suyas, usted con sus ideas está siendo considerado como uno más en el proceso legitimador, uno que tiene el mismo valor que cualquiera de los otros participantes en el proceso democrático.

Ahora bien, el entendimiento democrático que se expresa con el mecanismo de corrección por género en el caso de los pueblos originarios escogido por la Comisión de Constitución del Senado, es uno que no tiene que ver con ideas, sino que con origen étnico: si el candidato elegido tiene su etnia (en realidad, basta que sea “indígena”, como categoría opuesta a “no indígena”, sin importar a cuál de las etnias indígenas pertenece), usted debe considerarse representado, ¡aunque ese candidato represente opciones políticas opuestas a las suyas! Y la razón por la cual se considera que esto sería aceptable es también notable: si el candidato escogido según el mecanismo tiene el mismo origen étnico que usted o es indígena como usted, usted debe considerarse representado, porque a la categoría étnica se asocian características profundas que compartirían todos aquellos a los que se extiende esta categoría.

Note que esto no tiene nada que ver con democracia. La democracia se sustenta en ideas y no en origen étnico. Note también que es una completa distorsión del juego democrático. Pero note, sobre todo, que implica un tipo de paternalismo y de condescendencia extrema de la clase política completa hacia los miembros de los pueblos originarios: lo importante no es lo que ellos piensen y las ideas que tengan, sino sólo su origen étnico. Se trata de una reducción de las personas en toda su complejidad a una única característica: el origen ético. Esencialismo puro y duro. Es de esperar que esto sea corregido por la Sala del Senado.         

Daniel Loewe. Profesor Titular, Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez

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