Aunque Estados Unidos es el único país que ha usado bombas atómicas ofensivas, el arsenal de 4.447 ojivas convierte a Rusia en la mayor potencia nuclear del mundo. Y ahora, finalizando abril, Vladimir Putin puso sobre el escenario global el RS-28 Sarmat, un misil intercontinental, probándolo a su máxima capacidad, 6.000 kms. “Una advertencia para hacer reflexionar a los enemigos de Rusia”, dijo. 

Por su lado, Xi Jingping anunció la firma de un amplio acuerdo de seguridad y asistencia mutua en materia de defensa con las islas Salomón, situadas en medio del Pacífico. La ubicación estratégica de las islas, y las posibilidades de instalar allí una base aeronaval, llevaron a varios medios de comunicación de países del Pacífico a escribir que la iniciativa “causa escalofríos”.

No cabe duda, que estos episodios parecieran estar resucitando a Enio y Ares, los implacables dioses de la guerra de la mitología griega. Su sola invocación causa pavor y miedo a inminentes miserias. En eso se basa el nuevo desafío de Moscú y Pekín a Occidente. Cada uno a su manera. Al fin de cuentas, ambas superpotencias hablan dialectos de una misma lengua, la del llamado iliberalismo. Sus pasos sugieren estar ya insertos en la lógica de una coyuntura mundial distinta; del nuevo global powerplay.

¿Qué provoca tanto escalofrío y pavor? Suena curioso, pero Occidente ha tenido una relación distante con las armas de destrucción masiva (las NBQR, nuclear, biológicas, químicas y radiológicas) y prefiere mantener los posibles aniquilamientos como argumento de series de Netflix y no en la vida real. Incluso en Europa -tanto en la occidental como en la oriental-, pese a la cierta familiaridad de la población con los búnkeres y con los misiles Pershing o SS-20, una conflagración mundial se había visto lejana. Siempre se tuvo confianza en la llamada distensión y en la capacidad de los negociadores en esas tediosas e infinitas conferencias por el desarme.

No se divisaban nuevas furias de Enio ni de Ares. Hasta el comunismo se derrumbó sin violencia, exceptuando la vieja Yugoslavia. Sin embargo, chinos y rusos se están encargando de avisar que la aterradora posibilidad de un holocausto nuclear es real. Que, si los blancos están lejos, el Sarmat llegará; y que, si están más cerca, será con armas de tipo táctico. Suecia y Finlandia ya fueron advertidas. 

¿Qué es mejor: seguir entregando armas a Kiev o forzar la paz al precio que sea?

La vigencia de los textos del general Nikolai Solovtsov se mantiene. Es él quien le da soporte teórico al uso de armas nucleares. Habla de una curiosa necesidad de escalar un conflicto para asegurar su posterior des-escalamiento. Una hipótesis cuyo testeo ni siquiera vale la pena imaginar. Las armas nucleares ayudan, en su opinión, a configurar seis escenarios: 

  1. Demostrativo: uso en una zona poco poblada con un objetivo militar menor y a modo de aviso.
  2. Intimidación-Demostración: ataque a infraestructura crítica enemiga, o una fuerza militar menor pero peligrosa, para dañar capacidad operacional sin grandes pérdidas humanas.
  3. Intimidación: a ser usada contra la masa de una maniobra enemiga, con el propósito de cambiar el equilibrio de fuerza.
  4. Intimidación-Represalia: a ser lanzada contra distintos objetivos militares, de manera selectiva, y para causar daño a líneas logísticas.
  5. Represalia-Intimidación: lanzamientos numerosos para lograr un cambio radical en el equilibrio militar.
  6. Represalia: ataques masivos en todo el teatro de guerra, tanto a objetivos militares como económicos.

Como se puede apreciar, Rusia ha venido haciendo disquisiciones reales sobre una conflagración nuclear. Y las ha multiplicado a medida que la OTAN se expande hacia sus fronteras. Ante tal eventualidad apocalíptica, vale la pena preguntarse, ¿qué es mejor?, ¿seguir entregando armas a Kiev o forzar la paz al precio que sea?

Hace algunas décadas, Mao también hizo fríos cálculos sobre la conveniencia de una guerra nuclear con EE.UU., refiriéndose con total trivialidad a los millones de muertos que eso provocaría. Hoy poco se sabe de los planes chinos con armas de destrucción masiva. Sin embargo, pese al hermetismo, es dable suponer que muy lejos de las divagaciones de Mao no deben estar. 

Quizás sean esos escarceos con un holocausto lo que provoca tantos escalofríos en Australia, Nueva Zelandia y otros países cercanos a las Salomón. Washington condenó el acuerdo y lo calificó como “foco de inestabilidades para todo el Pacífico”. Vale recordar que el anuncio chino traía una advertencia no tan críptica: “el acuerdo no está dirigido contra ningún tercero”. 

Estamos insertos en una nueva etapa, donde los líderes del iliberalismo tienen posiciones nada ambiguas.

La experiencia indica que Pekín, tras conseguir un punto estratégico, apunta inmediatamente a tratar de instalar una base aero-naval. Así ha ocurrido en Djibuti, en Sri Lanka, en Cambodia. No pocos sinólogos estiman que pronto veremos algo así en América Latina. 

Con las Salomón se siguió una suerte de modelo impulsado por el presidente Xi. Primero, lograr que el país rompa con Taiwán. Segundo, otorgar créditos generosos. Tercero, promover la adquisición masiva de terrenos, para seguir con ofertas de personal policial a custodiar intereses chinos y cursos de instrucción militar. Un salto cualitativo son los acuerdos “de asistencia mutua” en materia de Defensa. 

En América Central efectivamente se observan movimientos en tal dirección. Un punto que reúne varias de las condiciones buscadas por los chinos es, a juicio del especialista Evan Ellis, El Salvador. Allí, el conglomerado chino Asia-Pacific Xuanhao propuso hace un par de años tomar en arriendo bajo condiciones extraordinariamente generosas el puerto la Unión, construido con dineros de ayuda al desarrollo proveniente de Japón a condición de romper relaciones con Taiwán. Y tras seguir con dádivas, solicitó ampliar de 50 a 100 años el tiempo de arriendo de la zona portuaria e incluir numerosas bahías aledañas e incluso islas. Ellis calcula que ya gran parte de la costa del país está en manos de empresas chinas.

Pocas dudas caben que -unos países más, otro menos- todos estamos insertos en una nueva etapa, donde los líderes del iliberalismo tienen posiciones nada ambiguas. Ello sugiere la inconveniencia de aplicar a los asuntos internacionales ideas maximalistas, o tomarlos como una petitesse. Menos aún debería hacerlo una democracia pequeña. 

Ejemplos de ideas peregrinas hay a raudales. Hace algunos meses, aquí, se le sugirió al nuevo gobierno un “no alineamiento activo” entre Pekín y Washington. ¿Cazurrería latina?, ¿entusiasmos artesanales y acrobáticos?, ¿dislates? Difícil saberlo. 

*Ivan Witker es Académico Universidad Central. Investigador ANEPE.

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