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Publicado el 6 noviembre, 2021

Ernesto Tironi: ¿Una campaña presidencial frustrada?

Economista Ernesto Tironi

Una manera de entender el problema de confrontación que nos está caracterizando es que la solución para los problemas del país la hemos estado buscando en la acentuación de lo más propio de cada visión polar: más Estado en una, más mercado en otra; transformaciones globales y radicales en una, atrincheramiento en la otra.

Ernesto Tironi Economista
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Entro a las últimas dos semanas de esta elección presidencial con gran preocupación. No principalmente por la baja en las encuestas del candidato de mi preferencia –Sichel– sino por la belicosidad y polarización de la campaña. Por lo poco que está ayudando a encauzarnos hacia una mayor unidad nacional y la solución de los problemas que han aflorado últimamente. En este clima, gobernar seguirá siendo muy difícil.

Esperaba que la presidencial ofreciera la oportunidad de precisar y priorizar los principales problemas de nuestra sociedad y debatir sobre las mejores soluciones para ellos. Muy poco de eso se ha logrado. Por el contrario. Chile está más dividido de lo que reconocemos. No estamos haciéndonos cargo de esta división. No llegamos siquiera a coincidir en qué nos divide. Ha sido una campaña presidencial en que el tema ha sido diferenciarse expresamente de los otros candidatos; una búsqueda más de lo que nos divide que de lo que nos une (o podría unirnos).

El estallido social de octubre creó el desborde de un río. Surgieron dos corrientes fuertes. Una muy exaltada interpretación quiere demostrar que se ha corrido el velo que ocultaba todo lo malo que había, y que se inicia una nueva etapa radicalmente nueva. Esto posteriormente tomó la expresión de la nueva Constitución, que plasmaría todo esto en un nuevo texto que garantizaría muchos derechos. La otra corriente fue la interpretación de que lo que faltaba era autoridad y fuerza para contener los desbordes “irracionales”. Había que poner un dique. No bastó. Pero como estaban las elecciones presidenciales y parlamentarias, ambos grupos proyectaron continuar su avance a este otro nivel: con un conjunto de reformas radicales, el programa de los primeros y la promesa de autoridad y orden, principalmente, por los segundos. Son los dos polos opuestos tradicionales de la sociedad chilena. Entremedio, tal vez una gran mayoría de los ciudadanos se siente huérfana y asustada.

En lo político, Chile se ha dividido desde hace muchas décadas en tres grupos principales: quienes creen que el Estado es quien mejor puede dirigir y organizar una vida mejor para todos (el Gobierno de la UP); quienes creen que lo hace mejor el mercado, con los individuos actuando libremente o por su cuenta en ellos (el Gobierno de Pinochet); y quienes creen superior una vía intermedia con un Estado con límites tanto a su tamaño como poder, y lo mismo con los mercados (la Concertación). Estos tres grupos también pueden expresarse como quiénes dan más prioridad a la igualdad de ingresos versus el crecimiento. Más a la igualdad el primer grupo, menos el segundo y un equilibrio de ambos en el tercer caso.

Otra forma en que se expresa una diferencia importante entre los Programas de Gobierno de izquierda hoy (Boric) y derecha (Kast) es en cuanto a la prioridad de ciertos objetivos o propósitos: la sustentabilidad, el cuidado del medio ambiente, roles igualitarios para las mujeres, aborto, medidas contra el calentamiento global en el primero; y familia, orden público y otras en el segundo. Lo lamentable es esa compulsiva asociación automática de la izquierda con que esos propósitos (probablemente loables) se van a conseguir sólo porque se declare otra tarea del Estado y porque se promulguen las leyes correspondientes. Parece haber una ceguera o ignorancia sobre la importancia de las medidas técnicas necesarias o adecuadas, y los costos económicos que involucra alcanzar esas metas. En la derecha, por su parte, se ignoran estos temas públicos o sociales de las nuevas generaciones, tal vez precisamente porque involucra gastos, tanto privados como públicos.

Una manera de entender el problema de confrontación que nos está caracterizando es que la solución para los problemas del país la hemos estado buscando en la acentuación de lo más propio de cada visión polar: más Estado en una, más mercado en otra; transformaciones globales y radicales en una, atrincheramiento en la otra.

Tal vez un camino de salida es reconocer que todos y cada uno de quienes tenemos distintas visiones del país necesitamos conversar mucho más con los opuestos: recoger sus inquietudes, examinar sus propuestas, abrirle espacio para pongan lo suyo. No sólo imponer, incluso con la violencia. Reconocer que ninguno se las sabe todas, ni que para todo tiene lo mejor. Que lo prioritario es construir juntos un espacio en que nos sintamos aceptados, legitimados, reconocidos.

Lo que escribió Humberto Maturana en 1987 sigue vigente: “La enfermedad de Chile es el miedo a no tener capacidad de convivencia social. Este miedo nos lleva a la negación del otro, a la intolerancia, a la desconfianza, a la falta de reflexión, y a la aceptación del uso de la autoridad en vez de la conversación y el acuerdo como modos de convivencia”.

Tal vez la pregunta más importante que debemos hacernos para decidir por quién votar como Presidente de la República para los próximos cuatro años es cuál está en mejores condiciones de cruzar estos ríos que nos dividen para conversar con los y las opuestas; con todos. Que sea capaz de escucharlo, de conversar, de buscar y encontrar juntos. No se trata hoy de escoger sólo la persona que piensa como uno, que parezca más capacitada, que no cometa errores. Necesitamos escoger al que haría más probable una convivencia con más respeto mutuo, aceptación mutua, igualdad y libertad.

 

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