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Publicado el 23 octubre, 2020

Ernesto Tironi: ¿Seguirá mandando la violencia?

Economista Ernesto Tironi

Hemos vivido una trayectoria de creciente violencia que se ha ido extendiendo a nuevos ámbitos públicos desde hace unos diez a quince años. Apreciar esto es crucial para la posibilidad de ponerle término o cambiar la tendencia que llevamos.

Ernesto Tironi Economista
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Considero que el uso de la violencia en el ámbito público es el más grave problema que enfrenta Chile hoy. Y tan grave como eso  es que no hemos tomado suficiente conciencia que ella no comenzó el 18 de octubre de 2019. Hemos vivido una trayectoria de creciente violencia que se ha ido extendiendo a nuevos ámbitos públicos desde hace unos diez a quince años. Apreciar esto es crucial para la posibilidad de ponerle término o cambiar la tendencia que llevamos.iez a quince años. Apreciar esto es crucial para la posibilidad de ponerle término o cambiar la tendencia que llevamos.

Tampoco esa violencia es nueva desde una mirada más amplia de la historia del país. Lo que hemos visto últimamente es un proceso de expansión paulatino de ella por incompetencia nuestra como sociedad de detenerla a tiempo. Por postergar acciones remediales oportunas, como nos ha pasado en tantos otros ámbitos de gobierno nacional, como por ejemplo en las pensiones y en ir mejorando la distribución de ingresos y de oportunidades en la sociedad.

La violencia empezó a crecer fuerte en algunas poblaciones de Santiago y algunas otras ciudades hace un tiempo. Pero como ocurría donde no viven los gobernantes, dirigentes y elites, se explicó como proveniente del narcotráfico, que afectaba a pocos y se ha dejado estar. Siguió con la barras bravas en el fútbol, y también se hizo vista gorda  (no ocurrió igual en Inglaterra, Francia y otros lugares). Casi junto, han crecido los asaltos violentos, portonazos y robos de autos cada vez en más barrios y ciudades. Esto empezó a tener más prensa adversa, pero de nuevo la ineptitud de dirigentes y policías (más justificaciones soterradas de que sólo afectaba a los ricos, quienes ejercían otros tipos de “violencia”) han limitado su contención. Después aparece la violencia detrás de las manifestaciones por causas ambientales, desde Alto Maipo hasta Quinteros, pasando por varias otras. Fui testigo presencial en Ventanas cómo, aparte de los legítimos protestantes, llegaron las brigadas perfectamente pertrechadas y organizadas a librar su batalla campal  propia con los Carabineros. Fue un juego muy en serio, y muy violento. Y no puede olvidarse la violencia en la Araucanía, con la magnitud en que se ha expandido en alcance y poder de fuego. Luego, especialmente desde 2011, la violencia se extendió a las marchas estudiantiles, gremiales y de intereses de grupos. ¿No se acuerdan  que los organizadores se defendían continuamente de que ellos no provocaban los destrozos? Pero era obvio que amparaban y facilitaban la acción de aquellos y el año de paralización de las ciudades todos los jueves les entregó el jugoso dividendo de la estatización escolar (fin del lucro) y la gratuidad universitaria.

O sea, hemos tenido ya por años sin coto y extendiéndose, seis ámbitos de violencia en distintas áreas del quehacer público. Con formas y actores distintos, pero violencia como modo de alcanzar ciertos objetivos de grupos de interés. Y cada uno justificado o legitimado por altas autoridades, como dirigentes sociales y parlamentarios especialmente, con alguna de las cuatro máscaras con que se relativiza el uso de la violencia: que toda injusticia es una forma de violencia, que la violencia está en la naturaleza humana (es inevitable), que la historia social avanza sólo con luchas y fuerza (Marx) y que la violencia es sólo cosa de unos pocos, así es que no hay que exagerar (ver Carlos Peña, El Mercurio, 20-10-20).

¿Hay alguna tendencia más que se observe en este crescendo de violencia? Diría que dos: una, que ha ido afectando a un número mayor de la población nacional. A diferencia del narco en algunas poblaciones o la Araucanía, que abarcan a algunos cientos de miles y localidades no muy grandes, la de octubre afectó a casi todos los 20 millones de chilenos en muchas ciudades. La segunda tendencia clave es que el último año se probó usar la violencia callejera  para lograr objetivos netamente políticos; léase, hacer renunciar al Presidente en ejercicio. Si no fue así por quienes la ejercieron directamente en el Metro y las calles, ciertamente lo fue por parte de  los dirigentes y parlamentarios que pidieron renuncias e hicieron acusaciones constitucionales.

En esta perspectiva propongo observar y actuar en el periodo de año y medio de elecciones que se inicia con este primer plebiscito del 25-O y que culminará con la elección de Presidente en 14 meses más. Este plebiscito lo podemos hacer un punto de quiebre de la tendencia a una violencia creciente. Puede verse como una gran oportunidad. Tan central como los hechos mismos, para el futuro son siempre o determinantes las interpretaciones que hacen las personas de lo que ocurre. En nuestro caso, planteo que serán  las interpretaciones que los dirigentes hagan del resultado del plebiscito y  de la violencia. Veremos cuánto apoyo ciudadano irán teniendo los grupos que han avalado o justificado la violencia en que hemos vivido. Si quienes la han relativizado se sienten menos ganadores o menos empoderados, entonces habrá esperanzas. Por otra parte estará la confianza en quienes prometen cambios sociales de verdad; confianza en que realmente los harán sin necesidad de más demostraciones violentas en las calles. Así comienza a jugarse ahora el destino de Chile en los próximos veinte años.

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