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Publicado el 13 mayo, 2021

Ernesto Tironi: ¿Saldremos mejores?

Economista Ernesto Tironi

El día que comencemos a equilibrar más nuestras vidas entre lo racional, lo mental y emocional, es posible que también comencemos a ver los mayores problemas sociales de nuestro país y del mundo con nuevos ojos.

Ernesto Tironi Economista
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“¿Saldremos de esta pandemia siendo mejores personas?”. Ese fue el título de un largo reportaje reciente del Washington Post, y me parece una pregunta muy relevante. Para responderla, algunos se han puesto a estudiar la historia posterior a la gripe española, y sus conclusiones son mezcladas. Hay quienes creen que habría sido una de las causas de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra. Nada muy halagüeño.

Por mi parte, soy moderadamente optimista, aunque en el largo plazo. Aquí intento a explicar mis motivos. Antes, una aclaración. No estoy pensando en la situación particular de Chile. Aquí tenemos el caso especial de que la pandemia se dio justo después del estallido social de octubre del 2019, con lo cual se han mezclado dos fenómenos muy distintos.

La pregunta más amplia, de si como personas o como raza humana mejoraremos o no después de la pandemia va más allá del nivel del PIB o del porcentaje de familias viviendo bajo la pobreza. Esta cuestión tiene que ver con si vivimos mejor; es decir, con más satisfacción, bienestar, armonía, paz y felicidad (para ponerlo en positivo). O si vivimos con más estrés, tensión, miedo, polarización o malestar (puesto en negativo), a pesar de tener mayores ingresos o menos pobreza. Y esto, tanto a nivel personal como en cuanto sociedad: con más delincuencia, inseguridad, drogadicción, agresividad pública, enfermedades mentales, etc.

Mi hipótesis es que tenemos una probabilidad alta de que un grupo grande de la población mundial salga de la pandemia con mayor consciencia de la conveniencia de transformar nuestra forma de vivir. En concreto, de lo tóxico de algunos ambientes donde hemos vivido y de la forma cómo nos relacionamos y de lo que nos falta para bien-estar. Un par de muestras de eso son la cantidad de personas que quieren irse a vivir fuera de las grandes ciudades. Se estima que medio millón de Santiaguinos se han ido a vivir a regiones. Antes ya los estudiantes universitarios egresados se querían ir a vivir a Australia o Nueva Zelandia; tampoco estaban dispuestos a tomar cualquier empleo. Otra es el creciente interés en el mindfulness, la meditación y el budismo.  En las redes sociales está lleno de cursos, retiros y programas con esa orientación y muchos cientos de miles de seguidores. Tanto así, que quienes ya antes habían escrito libros y abierto programas o centros de meditación, como Eckhart Tolle, Thich Naht Hanh, Jon Kabat Zin, Deepak Chopra y muchos otros han liberado gratuitamente centenares de charlas de prácticas “a pedido del público”. Y tienen muchos seguidores, tal vez ayudados por las cuarentenas. Algunos pueden ser escépticos y pensar que esto es de minorías pseudo iluminadas o de elites. Otros creerán que es algo asociados con el derrumbe o desprestigio de las religiones tradicionales. Pienso que puede ser más que eso.

Si fuera cierto, como lo creemos muchos, que la vida que hemos llevado predominantemente hasta ahora centradas en lo material (el consumo), en lo racional (el saber y tener razón) y en el progreso (tener más cosas y títulos) tocó techo con la pandemia, entonces también por eso empiezan a aparecer otras dimensiones hasta ahora olvidadas de una buena vida. Una de esas dimensiones es la fuerza de las emociones. Así, en bruto: del miedo (hoy a enfermarnos gravemente o morir nosotros o nuestros seres queridos, a perder los trabajos e ingresos), de la incertidumbre (no saber qué va a pasar), del estrés, el desamparo, el cansancio, la angustia y muchas otras. Hemos descubierto que no sabemos cómo abordar las emociones ni cómo relacionarnos con ellas: qué son, de dónde surgen, para qué están allí y qué hacer con ellas, especialmente cuando son tan intensas y generalizadas.

Quienes están experimentando con más fuerza eso hoy, creo, son los profesores y estudiantes, en el vasto mundo de la educación donde se forman las nuevas generaciones de una sociedad. Ellos lo expresan como “la necesidad de considerar los factores socioemocionales en la educación”. Si eso ocurriera, y se hiciera bien, tal vez de aquí emerjan mejores personas y una mejor sociedad. No será inmediato, pero en 15 a 25 años puede llegar a la sociedad entera.

El día que comencemos a equilibrar más nuestras vidas entre lo racional, lo mental y emocional, es posible que también comencemos a ver los mayores problemas sociales de nuestro país y del mundo con nuevos ojos. Ver en particular que el flagelo de la drogadicción, el narcotráfico, la delincuencia y la violencia en general proviene de personas individuales en que el desequilibrio entre sus dimensiones racionales y emocionales superó cierto límite máximo. Son personas desadaptadas que sufren porque no encuentran en nuestra sociedad la felicidad que nuestra cultura les propone y les muestra. Muchos creen que no la alcanzan solamente porque no tiene los medios materiales. Pero es mucho más que eso. Cuando las familias o progenitores y la sociedad formen personas más equilibradas y más sabias, probablemente se reducirán esos problemas sociales que hoy prevalecen.

Esto podría comenzar inesperadamente a raíz de la pandemia a través del empezar a incorporar en serio los factores socioemocionales en la educación escolar. Y no ocurrirá por una nueva moda académica en pedagogía, sino por la necesidad de los docentes ante el agobio y estrés de enseñar por Zoom y darse cuenta que la vida que llevaban antes en las escuelas no era mucho mejor. También estaban desconectados de los alumnos y pasándolo mal con las materias y formas de enseñar tradicionales. La tarea del momento es apoyar y sostener este movimiento naciente de incorporar factores socioemocionales en pedagogía escolar.

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