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Publicado el 17 de julio, 2020

Ernesto Tironi: Retiro del 10%: ¿Quién más responsable?

Economista Ernesto Tironi

No saldremos bien de esta coyuntura mientras la gran mayoría de quienes buscamos un Chile pacífico, que progrese con justicia, libertad y convivencia respetuosa no decidamos movilizarnos para participar más en el debate público y trabajar exigiendo reformas sustantivas decididas democráticamente.

Ernesto Tironi Economista
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La aprobación por parte de la Cámara de Diputados de la Reforma Constitucional que permite a los afiliados retirar el 10% de sus cotizaciones previsionales para enfrentar la crisis por la pandemia ha causado una conmoción profunda en todos los sectores dirigentes del país,  y no sabemos cuánto más allá. Es comprensible. Se trata de una medida con significados profundos, múltiples y, tal vez, con insospechadas consecuencias. Jorge Correa la calificó como soltar “una tuerca de la sala de máquinas de la institucionalidad”. Siendo de un buque como Chile que está al garete, detenido, sin capitán, en medio de una tormenta mundial, el pronóstico no puede ser más que un desastre. Agregaría que si el motor de la economía no arranca sin esa tuerca, nos hundimos todos. Para comprender cómo corregir bien esto, que sería un muy grave desperfecto, es inevitable entender bien por qué se soltó esa tuerca. También es necesario saber quiénes son los principales responsables de que piezas tan claves de la máquina económica e institucional nunca más lleguen a soltarse.

Hasta ahora toda la atención y artillería de reproches se ha centrado en los diputados, jefes de partidos políticos y tal. ¿Estará sólo allí la responsabilidad? Lo dudo. No se puede pedir peras al olmo. Los parlamentarios no son estadistas; son meros intermediarios y tal vez otro grupo de interés y de presión social más. Lo del 10% es otra medida populista y engañosa de las varias que hemos visto la última década, como la reforma de educación escolar, la gratuidad universitaria y otras. Si creemos que la adopción de ese tipo de medidas van a terminarse diciendo que sólo ocurren por culpa de parlamentarios irresponsables, nos estaremos también engañando. Creo que esta actitud basada en esa explicación simplista es infantil, equivocada e inútil. Debemos mirar más profundo y más lejos.

Sostengo que la responsabilidad de esta última medida populista es primero que nada de todos nosotros, los ciudadanos de nuestro país. Nosotros elegimos, o dejamos que fueran elegidos esos y no mejores legisladores. Pueden ser de los peores en décadas, pero igual nosotros los elegimos. También nosotros dejamos pasar que se convirtieran en una casta vitalicia, autoreferente y autoperpetuante que, al no conocer las dificultades de la gente corriente por ganarse la vida después de tener que pagar los impuestos, creen que el Estado es un pozo sin fondo para repartir plata. Y se atribuyen ellos, a sí mismos, el mérito de esos repartos por los cuales se ganan el agradecimiento para ser reelegidos. Ese sistema, durará poco tiempo; no es un círculo creativo ni virtuoso.

El segundo mayor responsable son los propietarios y ejecutivos de las AFP. No entendieron nunca el rol social que debían jugar al desenvolverse en un sector social tan sensible de la vida de los ciudadanos. Se quedaron en su mirada estrecha de maximizar utilidades y oponerse a toda medida que les afectara eso. Ellos saben mejor que nadie y hace tiempo que con los parámetros originales del sistema –la edad para jubilarse invariable en 60 y 65 años más la baja tasa de 10% de cotización– no generaban ni las pensiones que se habían prometido inicialmente ni las que la población considerara justas o suficientes. No hicieron lo que debían para informar y educar a la opinión pública de la necesidad de corregir esos parámetros para elevar las pensiones. No; se veían a sí mismas como meros administradores de fondos, mirando a un lado del mar donde navegaban, a babor: sus utilidades y rentabilidad. No miraron a estribor: la satisfacción última de quienes deben servir – sus pensionados, los actuales y los futuros. Todos, incluidos los que no cotizaban. El conjunto; porque son (todavía) parte de un sistema de seguridad social. Esa ceguera hizo que la sala de máquinas se inundara y el buque comience a hundirse. No hicieron nunca un trabajo de educación profunda de la población desde el nivel escolar al técnico, sectorial, masivo, en las empresas, las ONG, etc., para explicar cómo funcionaba la máquina del barco. Tanto sus bondades como también sus requisitos (cotizar), puntos débiles (lagunas) y factores críticos (legitimidad social). Tampoco apoyaron con toda su fuerza a los gobernantes y parlamentarios que propusieron reformas razonables del sistema, aunque ellas redujeran sus utilidades. No bastaba con nombrar de directores a exministros o posibles futuras senadoras esperando que las defendieran. Ya sirven de poco las nuevas explicaciones que vengan a dar.

El tercer mayor responsable de esta culminación del populismo son los últimos dos gobiernos; desde los Presidentes y sus ministros, hasta los partidos políticos, los proponentes de los programas que los sustentaron. Bachelet realizó en su primer gobierno la más importante reforma (y mejora) del sistema de seguridad social que ha tenido Chile en los últimos casi 40 años. Pero llegó a mitad de camino. Y en vez de completar esa reforma en su segundo gobierno, comienza el populismo con la engañosa reforma que iba a mejorar la calidad de la educación escolar, acogiendo la campaña del fin del lucro,  y después se gasta los recursos que podrían haber estado hoy disponibles para mejorar las pensiones en dar gratuidad para la educación universitaria a quienes podrían pagarla. Luego viene el actual gobierno de Piñera trayendo como prioridad y desgastándose el primer año de gobierno en una fracasada reforma tributaria, dejando para después y ya sin fuerza suficiente la reforma de pensiones que languidece en el parlamento. Dos gruesos errores cuyas consecuencias vemos hoy.

Comparten este tercer lugar de responsabilidad del probable naufragio los dirigentes de las organizaciones empresariales del país. Ellos han sido muy ciegos y deficientes defensores del sistema económico de mercado que hemos tenido, al haber dejado de apoyar los múltiples intentos razonables de diversos gobiernos por corregir las deficiencias de las AFP en el sistema previsional y de las Isapres en salud. Debieron (y hoy debieran ser) los primeros en apoyar esas reformas. No pueden seguir desentendiéndose y dejar de apreciar los altos niveles de rechazo de los ciudadanos a esas organizaciones; y las consecuencias que tendrá para ellos y para todo el sistema económico, seguir sin hacerles reformas profundas o radicales (incluyendo cambiar el nombre al tipo de organismos diferentes que persistan).

No es este el momento ni lugar de recordar las reformas que son indispensables. Están en las conclusiones de dos comisiones de alto nivel y representatividad que se han formado últimamente. Dos de mis columnas del año pasado las dediqué a proponer medidas para subir pensiones y dar legitimidad a un sistema que hasta ahora nunca la ha logrado tener. Una de ellas es tratar a las administradoras como empresas monopólicas reguladas que tengan una tasa de rentabilidad máxima por ley. O sea, que dejen de ser empresas con fines de lucro. Así nunca más podría decirse que “las AFP obtienen altas utilidades con mi plata”, como sí puede decirse hoy.

Ya no es el momento de intentar cambiar la opinión de la gente con más datos y conceptos, como que las tasa interés que se deja de ganar comparado con la que se pagará, los años necesarios para recuperar lo retirado, el monto de pensión futura, el mayor o menor impuesto a pagar por esta alternativa o la otra. Aquí hay un gran hastío y desconfianza que no se saca nada con intentar descalificar como irracional. Y hay también un grupo organizado de la sociedad metódicamente aprovechando esas emociones y percepciones para lograr su propósito político: el fin del sistema capitalista, que ellos denominan además el modelo neoliberal heredado de la dictadura. No saldremos bien de esta coyuntura mientras la gran mayoría de quienes buscamos un Chile pacífico, que progrese con justicia, libertad y convivencia respetuosa no decidamos movilizarnos para participar más en el debate público y trabajar exigiendo reformas sustantivas decididas democráticamente.

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