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Publicado el 4 junio, 2021

Ernesto Tironi: Programas presidenciales

Economista Ernesto Tironi

La planificación previa para lograr ciertos resultados en el futuro no es algo sencillo en muchas áreas de la vida. Tendemos a sobreestimar nuestra capacidad de predecir y controlar. Tal vez una manera adecuada de proceder sea mantener cierta distancia y desapego de las propuestas específicas que se hagan y concentrarse en lo esencial para lo cual se procura gobernar.

Ernesto Tironi Economista
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El domingo pasado el único diario en papel de circulación nacional que va quedando en el país incluyó un reportaje a los programas económicos de los nueve precandidatos a Presidente de Chile entre el 2022 y 2026. A menudo se cree que esos programas importan porque determinan la decisión de muchos electores a favor de uno u otro candidato. Dudo mucho de que ello sea así. Eso supondría que los votantes leen qué medidas contienen los distintos programas y según eso deciden su voto. Improbable.

¿Qué importancia o significación pueden tener (o no) esos programas entonces? ¿Qué sería lo valioso de ellos para que muchas personas le dediquen no poco trabajo? Tal vez lo que importa no es lo que exactamente dicen, por más enconada que haya sido a veces la negociación de las propuestas específicas y de cuáles incluir o dejar afuera.

Lo más valioso puede ser a veces no el texto final sino el proceso de trabajo en el programa por parte de las personas que participan en él. Esto puede ser especialmente útil cuando se trata de un futuro gobierno de coalición entre partidos diferentes cuyos militantes tienen posturas muy diferentes y además se conocen poco como personas. Creo que este fue el caso del programa económico del Presidente Aylwin, que conocí muy bien por dentro y por fuera. Que además fue un trabajo de muchos, muchos años.

Por contraste, no considero tan valiosos los programas que se proponen imponer, asegurar u obligar la adopción de determinadas medidas a rajatabla. Los del tipo que le gustan al Partido Comunista y que adoptó el segundo gobierno de Bachelet. Son los programas verticales, autoritarios, mesiánicos e integristas (que forman una totalidad inseparable y cuyas partes no se pueden separar o aplicar parcialmente). Eso es casi la antítesis de lo que se necesita para gobernar bien, lo cual implica enfrentar circunstancias cambiantes y entre ellas navegar (gobernar, dicen los marinos). Un ejemplo de eso fue la malograda reforma educacional escolar que impuso Bachelet, a pesar del rechazo de la mayoría de los apoderados, sus costos estratosféricos y nulo resultado. Otro ejemplo de esto creo que fue el gobierno de Piñera 2, cuyo lamentable desempeño lo atribuyo en gran medida a no haber sido capaz de adaptarse (y temprano) al hecho de corresponderle un Congreso con una clara mayoría opositora a sus propuestas.

En cambio, lo que considero más útil del trabajo de formular y redactar un programa de gobierno es la con-versación en torno a lo esencial que se busca lograr juntos. Es decir, lo útil es el acto de que los más probables responsables del futuro gobierno “den vueltas juntos” (bailen) en torno a un propósito común, como le gustaba recordar a Humberto Maturana refiriéndose al origen etimológico de la palabra con-versare (de versátil, dar vueltas). Y, sobre todo, el diálogo de un conjunto de técnicos con el candidato. Esto lógicamente vale más con un candidato que escuche y plantee preguntas verdaderas y abiertas a sus técnicos como, ¿qué pasaría si… subimos el impuesto a la renta, bajamos el IVA a restoranes, etc.? En este sentido, una de las deficiencias de nuestro sistema de gobierno es que los candidatos a parlamentarios y aquellos en ejercicio no participan en los grupos de estudio de programas de gobierno.

El otro desafío mayor de los encargados de programas presidenciales es escuchar las prioridades verdaderas del electorado y no quedarse en sus prioridades técnicas o ideas propias de lo que la gente quiere o debería querer. Otra forma de decir esto es en qué medida los responsables de formular un programa de gobierno ponen genuinamente su conocimiento técnico al servicio de las prioridades de la gente y/o del candidato, o aprovecha el ascendiente que se le otorga como experto por su conocimiento técnico para hacer que el programa refleje sus prioridades o preferencias sociales, políticas o ideológicas. En la práctica no es fácil separar estas cosas, pero estimo que conviene tener el máximo de consciencia de ellas.

La planificación previa para lograr ciertos resultados en el futuro no es algo sencillo en muchas áreas de la vida. Tendemos a sobreestimar nuestra capacidad de predecir y controlar. En el ámbito de gobernar un país tiende a ser mucho más complejo aún. Por eso una dosis alta de humildad sería muy bienvenida, pero no es lo más frecuente de encontrar entre políticos y entre muchos profesionales. Por eso, tal vez una manera adecuada de proceder sea mantener cierta distancia y desapego de las propuestas específicas que se hagan y concentrarse en lo esencial para lo cual se procura gobernar.

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