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Publicado el 19 de junio, 2020

Ernesto Tironi: Las escuelas: ¿Un recurso para frenar el virus?

Economista Ernesto Tironi

Hasta ahora, el sistema educacional ha sido visto como parte del problema y no de la solución de la pandemia. Las escuelas se han visto como un lugar donde más gente se podría contagiar. Pero también podrían frenar contagios. Las escuelas son mucho más que salas de clases.

Ernesto Tironi Economista
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Ya parece claro que el virus nos va ganando el partido. Al principio parecíamos ir punteros, pero a esta altura sube fuerte el número de contagiados y fallecidos. Lo obvio entonces es cambiar la estrategia que se estaba usando.

Sugiero que necesitamos pasar de la Macro-curación a la Micro-prevención. Me explico. Hasta ahora la estrategia y los énfasis se pusieron en evitar que la gente contagiada se muriera y para eso se multiplicaron el número de ventiladores o respiradores mecánicos y camas hospitalarias. Eso se hizo bien, pero no bastó. Los contagiados fueron muchos más de los previstos y, por mucho que se haya aumentado esos medios, no alcanzan. De lo que se trata ahora, entonces, es entender porqué los contagiados fueron tanto más que lo anticipado, y actuar en función de esa nueva comprensión.

Mis hipótesis son que la mayoría de contagios están ocurriendo en las comunas urbanas de familias de menores ingresos. Y segundo, que eso ocurre por la falta de ingresos que los obliga a salir de casa; pero no sólo por eso. También pasa por falta de comprensión de la gravedad de la epidemia, de lo que deben hacer para no contagiarse y por falta de medios para poner en práctica algunas de las conductas de debieran tener, como por ejemplo, aislar a los contagiados dentro del hogar. Falta educar en cuidado propio y de los demás.

¿Qué hacer para cambiar esta situación? Sostengo que hay que actuar a nivel de las personas en sus barrios, antes que en los hospitales. En esto no pretendo atribuirme ninguna originalidad. Lo clave es cómo hacerlo. O sea, responder bien las preguntas, ¿quién puede mejor identificar y llegar a las familias que no están cuidándose? Y segundo, ¿ lograr qué y cómo con ellas?

Algunos piensan que quienes deberían hacer eso son los consultorios. Sí, puede ser. Pero mucho mejor sería si, además, ellos llegan de la mano con quien está habitualmente más cerca todavía y conoce a la mayoría de la gente en los barrios: la escuela y su personal. Anticipo algunas objeciones que se me harán de inmediato. Uno, la escuela no tiene personas para eso; no es su misión. Dos, no tiene la infraestructura.

Todas esas objeciones son ciertas, pero, ¿serán motivo suficiente para no examinar las posibilidades que tienen las escuelas de ayudar a detener los contagios, dada la enorme magnitud que ellos están alcanzando en las comunas pobres y la imposibilidad que habrá en los hospitales para atenderlos y salvarlos de seguir llegando en las cantidades que se proyectan? ¿Hay acaso alternativas mejores?

A las objeciones planteadas respondo no con palabras, sino con hechos: muchas escuelas ya  están haciendo hoy día eso que se dice que ellas no podrían o no deberían hacer. Estas semanas he ido sabiendo cómo el personal de muchas de ellas -desde directoras y profesores hasta asistentas- se han organizado para ir en ayuda de los las familias de sus estudiantes. Desde pasarles plata para comprar gas licuado a las que no tienen para poder cocinar, hasta arrendarle una pieza a tres niños que son abusados por su papá. ¿Cómo se supo que eso estaba pasando? Porque sus profesores conocen las situaciones, la presidenta del centro de alumnos le contó a la Directora que la Juanita estaba llorando, la asistente vio la cara del José cuando llegó a buscar las guías de estudio… etc. Las profesoras saben también que en la casa de la Eveline está toda la familia contagiada; que donde la Yoly el abuelo está mal, pero no pueden aislarlo por falta de otro dormitorio.

¿Estoy acaso insinuando que la escuela se transforme en un consultorio o residencia de acogida? No necesariamente. Lo que sugiero es, primero, que abramos la escuela al barrio y a la comunidad, para ayudar en lo que consideren adecuado sus directivos junto con los dirigentes locales: la directora de la escuela, con dirigentes de la junta de vecinos, el centro de alumnos, y la gente del consultorio. Segundo, pongamos en relación a la escuela con los consultorios, el sistema de salud y los sistemas de apoyo gubernamental.

Permitamos y alentemos que descubran ellos  juntos diversas formas de enfrentar los agudos problemas que están sufriendo. Démosles libertad. Las escuelas tienen cocinas; hagamos allí la olla común si es necesario. Y aprovechemos que se hace allí para tomar la temperatura de cada persona que entra y se le advierte al que puede estar contagiado. Que allí se les enseña a cuidarse o lo acompañen al consultorio, como lo hacen habitualmente en la escuela cuando todas las semanas le llevan algún niño que se quiebra un tobillo jugando fútbol. Con estos ejemplos quiero mostrar que ya existe en las poblaciones una red de relaciones a nivel local que se puede poner hoy al servicio de detener el virus a nivel Micro-preventivo. Si, mal que mal, recién la semana pasada el personal del consultorio estuvo vacunando niños en la escuela.

Hasta ahora, el sistema educacional ha sido visto como parte del problema y no de la solución de la pandemia. Las escuelas se han visto como un lugar donde más gente se podría contagiar. Pero también podrían frenar contagios. Las escuelas son mucho más que salas de clases. Por definición son comunidades de personas con un nivel de conocimiento y consciencia normalmente superior al promedio de sus entornos de apoderados y estudiantes. Ellos tienen mucho más que aportar a la comunidad, aparte de enseñarles lectura, matemáticas y ciencias a sus alumnos. La mayoría de los docentes y directivos escolares de Chile son peronas generosas y responsables, que tienen una gran vocación  por ayudar a los demás. Esta es una oportunidad de aprovechar sus talentos y así ayudarnos todos a superar este difícil momento.

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