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Publicado el 12 de julio, 2019

Ernesto Tironi: La robotización es también un desafío personal

Economista Ernesto Tironi

Sólo formándonos continuamente nosotros mismos para adaptarnos a la inmensa variedad de trabajos no rutinarios es como podremos conservar ocupaciones gratificantes para nosotros como seres humanos. Y esto empieza por formar personas responsables de este desafío.

Ernesto Tironi Economista
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Cada vez se habla más sobre la Cuarta Revolución Industrial que está llevando a la robotización acelerada de la producción de bienes y servicios gracias a la inteligencia artificial y, por lo tanto, a una fuerte pérdida de puestos de trabajo. Es un panorama tan atemorizante como los efectos del calentamiento global.

Grandes think tanks de alcance mundial, como la OECD, el World  Economic Forum y otros, han hecho predicciones alarmantes para los países industrializados y en desarrollo. Ahora el Clapes de la Universidad Católica entrega resultados para Chile. Uno de cada 6 empleos (17%) podrían ser reemplazados por robots en nuestro país. Es sólo cuestión de tiempo.

Para mí, lo preocupante de esto no es solamente el hecho en sí. Más me inquieta la interpretación que le damos como individuos y como sociedad. Observen ustedes hacia dónde deriva el debate o conversación cada vez que un estudio o publicación de prensa informa sobre este tema: a qué debería hacer el Estado. Entonces se hacen recomendaciones para la reforma del Sence o sugerencias de nuevas leyes. Y no es que esto sea completamente innecesario. Lo preocupante es nuestra ceguera para ver qué podríamos hacer nosotros como personas o individuos para enfrentar este desafío.

Primero que nada, este no es un problema sólo para los gobernantes o los preocupados de cosas sociales o nacionales. Es parte de la condición de vida de nosotros como humanos en este planeta. Además, el reemplazo de mano de obra se ha producido desde que el hombre es hombre; desde cómo se construyeron las pirámides de Egipto, desde las carreteras romanas hasta las de hoy, etc. Se trata de una circunstancia esperable a partir de que cada persona se hace adulta y escoge una carrera laboral, una profesión o una ocupación en la cual se especializa. Esa circunstancia o contingencia –la automatización del trabajo que hasta hace una persona– no distingue edades, razas, profesiones ni países. Puede pasarle a un joven de 23 años que hace cinco trabaja como cajero en un banco o supermercado, o a un médico de 55, radiólogo, reemplazado por un nuevo scanner. Pero sin duda ahora el problema se ha agudizado por la mayor velocidad de los cambios y la masificación de los efectos.

Creo que las personas como individuos tenemos principalmente tres opciones para enfrentar la creciente obsolescencia de las ocupaciones. Una es “esperar que no me toque a mí”. La segunda es intentar protegernos mediante acciones políticas; léase hacer manifestaciones contra Uber en las calles, pedir leyes o prohibiciones y recurrir a los sindicatos para que nos defiendan (en semanas pasadas los sindicatos bancarios incluyeron este tema en su reunión con el nuevo presidente de la Asociación de Bancos). El tercer modo es hacernos personalmente responsables de formarnos para enfrentar esta obsolescencia. ¿Cómo? Diría que considerando este aspecto antes de escoger ocupaciones (según nuestro perfil de riesgo, como diría un asesor en inversiones) y, sobre todo, formándonos continuamente mientras estamos trabajando para mantener nuestra plasticidad laboral y ampliar la gama o abanico de habilidades que nos permitirían encontrar nuevos empleos si perdemos el actual.

Pienso que la primera opción es altamente riesgosa para los jóvenes que hoy inician sus carreras laborales. Es un hecho comprobado que, hasta hace 100 años, si alguien nacía en el campo sería agricultor toda la vida. Pero, ¿qué ha pasado con los que nacieron hace 20 o 40 años? ¿Y quienes entraban a una empresa grande? Seguían en ella hasta retirarse de la misma a los 60 o 65 años. Hoy día esas son excepciones. En 20 años más es probable que sean una rareza. Entonces, esperar que no se tenga que perder el empleo y buscarse uno nuevo muchas veces en la vida es una utopía. Pero no es sólo perder el empleo. Es perder la vigencia de toda la profesión que estudié o la especialización que conseguí, por ejemplo, de chofer de camiones.

La segunda opción -la de esperar que el Estado, los sindicatos u otra entidad social nos proteja- también puede ser muy difícil. ¿Qué podrán hacer contra la proliferación de cajeros automáticos para girar dinero en todo el mundo? ¿O contra el comienzo de la circulación de camiones de transporte de carga sin choferes por las carreteras? ¿Y contra los diagnósticos médicos hechos por computadoras basadas en algoritmos con los datos de laboratorios automáticos?

Me temo entonces que sólo formándonos continuamente nosotros mismos para adaptarnos a la inmensa variedad de trabajos no rutinarios es como podremos conservar trabajos gratificantes para nosotros como seres humanos. Y esto empieza por formar personas responsables de este desafío, así como a ahorrar para alcanzar pensiones dignas al final de nuestra vida. Pero educar en la responsabilidad no es tarea fácil con los jóvenes de hoy. Eso se aprende sobre todo con el ejemplo, en las familias, las escuelas y la sociedad. Pienso que en esta perspectiva o contexto conviene especialmente adecuar los currículums, duración y estructuración de los estudios tanto escolares, como universitarios y técnicos. El mundo, irá por su evolución tecnológica acelerada, hacia una creciente necesidad de formación periódica de las personas en nuevas habilidades y ocupaciones que no durarán demasiado tiempo. Creo que los que aprendan a tomar esas oportunidades en forma positiva tendrán vidas menos angustiadas y más felices.

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