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Publicado el 7 mayo, 2021

Ernesto Tironi: Humberto Maturana: Maestro entrañable

Economista Ernesto Tironi

Estimo que ese libro -“Lenguaje y emociones en educación y política”- está plenamente vigente hoy, cuando esa democracia que nos costó tanto recuperar puede estar seriamente amenazada.

Ernesto Tironi Economista
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La muerte de Humberto Maturana me deja desolado y agradecido. Sobre todo, agradecido de la fortuna de haberlo conocido, estudiado con él, leído casi todos sus libros y haber trabajado juntos en un momento clave de la historia nacional: para la recuperación de la democracia en los años 1986-88.

Puede ser ahora el momento de relatar mi trabajo con él en esos años, cuando fui Director del Centro de Estudios del Desarrollo (CED). Por mi parte, como representante de la escasa calidad y amplitud de mi educación en Chile, no sabía quién era el Dr. Maturana hasta esa época, cuando tenía casi 40 años. De él supe al tomar un Taller de Capacitación realizado por Julio Olalla y enterarme que ese taller había sido diseñado por Fernando Flores junto con Maturana. Quise conocer a ese personaje tan famoso ya entonces en el mundo entero y aún casi desconocido en Chile. Lo invitamos a comer con un amigo que lo conocía y quedé tan deslumbrado que inmediatamente le pedí que nos ayudara en el esfuerzo en que estábamos embarcados, junto a muchos, por recuperar la democracia en forma pacífica y sustentable. Dijo que no sabría cómo hacerlo, pero no se negó. Imaginé allí mismo algunas propuestas y conversamos de posibilidades. Al poco tiempo lo invité a tener una conversación con Gabriel Valdés en el CED para seguir explorando, pero aparte de pasar un rato fascinante con dos eximios conversadores, no avanzamos mucho más, excepto de que intentaría organizar una Conferencia de Maturana en el CED para dirigentes políticos de la oposición democrática a Pinochet.

De allí surgieron dos conferencias a dirigentes políticos democráticos. Además de Valdés, deben haber estado Ricardo Lagos, creo que Eduardo y Carmen Frei, Raúl Troncoso, Ricardo Núñez y ciertamente Edgardo Boeninger.  Maturana me insistió de que quería dar también su visión sobre educación y para que los más altos dirigentes de un gobierno futuro se preocuparan más de este ámbito. Le puse una grabadora y poco después le entregué una transcripción editada de sus charlas con una propuesta de publicarlas como un libro. Allí empezó un arduo trabajo de limitar su perfeccionismo y su tendencia a hablar y escribir en difícil. Eran discusiones fascinantes, a menudo agotadoras, sobre el orden de tres palabras en una frase, pero siempre llegamos a acuerdos muchas veces jalonados con sus estruendosas carcajadas. Ese libro se llamó “Lenguaje y emociones en educación y política”, y la última vez que supe llevaba más de 20 ediciones.

Resultó el primer libro más vendido de Maturana, y creo que le mostró que podía dejar de publicar sólo difíciles papers para revistas científicas y lanzarse como escritor para grandes públicos. Estimo que ese libro está plenamente vigente hoy, cuando esa democracia que nos costó tanto recuperar puede estar seriamente amenazada. Allí destaca que el lenguaje es mucho más que un sistema de símbolos o una forma de describir cosas. El lenguaje está siempre relacionado con las emociones, y éstas son decisivas para la aceptación (o no aceptación) del otro en la convivencia. Y que la democracia es una forma de convivencia que se basa en la aceptación, el respeto y la honestidad de quienes participan en ella. El mejor homenaje que podríamos hacer a Maturana hoy, creo que sería volver a leer con la mente abierta ese y otros libros de él.  Sería además el mayor regalo que podríamos hacernos a nosotros mismos y a nuestros cercanos para toda nuestra vida, no sólo en relación a la política, sino al trabajo, las relaciones con parejas, hijos, vecinos y conciudadanos.

El éxito de ese libro me llevó a proponerle producir “La objetividad: un argumento para obligar”, que a mi juicio tiene una de las más profundas nociones a incorporar en nuestra cultura contemporánea, especialmente académica y política, expresada en su frase de inicio. Dice más o menos así (cito de memoria): “Cuando una persona quiere obligar a otra a que la obedezca y haga o piense como él quiere, pero no se lo pide, entonces le señala que lo que él dice es objetivamente así.” Esa puede ser una forma de decir que uno tiene la razón, conoce la verdad, mientras el otro no; en fin, es además una forma de ponerse por encima o sentirse superior. No es trivial en estos tiempos de Chile en que tantos hacen alarde o funcionan inconscientemente desde una superioridad moral auto atribuida.

Termino recordando un rasgo del sentido del humor y del juego que tenía Humberto. A raíz de la depresión en que nos sumió el intento de asesinar a Pinochet, que hizo retroceder todo nuestro avance con las protestas y la unidad opositora, un día le pregunté: “¿Qué podemos hacer? ¿A quiénes pedir consejo o a quién más pedir que hable a favor de la democracia de tal forma que sea escuchado y nos remezca a todos, en uno y otro de los bandos cerrados en que se dividía el país?”. Pensó un rato y me respondió: “¿Sabes lo que hacían las tribus primitivas en situaciones como esta? Llamaban al Consejo de Ancianos y ellos se encerraban hasta salir con una solución. La pena es que en las sociedades modernas no tenemos ancianos en la tribu: personas que susciten el respeto de todos. Pero hay un equivalente: los grandes científicos. Hagamos una declaración que estén dispuestos a firmar los cinco últimos Premios Nacionales de ciencias”. Así lo hicimos: él me pasaba a buscar en su citroneta para ir a ver estos científicos a sus laboratorios. Y se vestía con un poncho negro, y me decía: “Aquí vamos los conspiradores…”. Eran los tiempos duros de Pinochet. Esa declaración (“Invitación a Chile”) es una visión profunda de la democracia y de su sentido. Aparece al final del libro sobre lenguaje y política.

Mi último contacto con él fue después de decidir transcribir sus respuestas en un programa de TV (“Mentiras verdaderas”) a propósito del Estallido Social. Recomiendo su lectura (está en mi Blog). Ahora veo que fue una parte importante de su legado en lo político social. Para mí fue un maestro profundo, íntimo y afectuoso. Así define la RAE el término “entrañable” que me surgió al ponerme a escribir esto. Espero que lo sea también para todos nosotros, los chilenos, con ocasión de poder conocerlo más hoy cuando nos deja en estos tiempos decisivos.

  1. Arturo Cerda dice:

    Michas gracias, un testimonio valioso, sincero y motivador.

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