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Publicado el 25 de enero, 2020

Ernesto Tironi: Estallido: ¿Y si nos jugamos por lo positivo?

Economista Ernesto Tironi

Si el estallido social nos dejó perplejos y todavía no entendemos suficiente su origen ni por qué las formas que tomó, la última encuesta CEP nos dejó más en el suelo. Esto, a nosotros los viejos. No sé qué pensarán de ella los jóvenes, ni menos quienes han apoyado entusiastamente el estallido.

 

Ernesto Tironi Economista

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​​Leer los numerosos, agudos e ingeniosos comentarios de la CEP por parte de nuestros columnistas habituales me dejaron por sobre todo una conclusión: estamos muy mal y además en el país predomina un profundo pesimismo sobre nuestro futuro. En unos, especialmente porque todo lo  hecho para atrás está  mal (“no eran 30 pesos sino 30 años”).  Y en otros, porque se ha instalado la violencia, no se respeta nada, la confianza en las instituciones está por el suelo y no se vislumbran líderes capaces y confiables. Conclusión: nada que hacer. Cuando decimos o sentimos esto, el resultado es claro: depresión. En nuestro caso es tanto a nivel personal como de la sociedad en su conjunto. A mí, leer las columnas sobre la CEP me dejó más deprimido y desesperanzado que leer la encuesta misma.

​¿Es posible salir de este estado? ¿Es muy ingenuo siquiera intentarlo en las actuales circunstancias? ¿Cómo? Sin pretensión de nada, me propongo intentarlo. Primero, haciéndome algunas preguntas distintas. Ampliando ámbitos a  considerar. Como por ejemplo, ¿no habrá acaso algunas cosas buenas dentro de todo lo que ha pasado? ¿Cuáles?  ¿Existe al menos la posibilidad de hacer algunos cambios positivos en el país, conservando varias de las cosas buenas que traíamos?

​El segundo paso para salir del pesimismo y la frustración en que uno cae al leer tantas noticias de rabia y destrucción, es recordarme que aquí todavía no está todo en el suelo. Estamos vivos, funcionando, deliberando, y nada ha sido completamente destruido. No hay un futuro negro marcado en roca, ya inevitable. Ningún futuro posible está ya cerrado. El abanico de destinos a los cuales llegar es todavía amplio.

Tercero,  el lugar donde lleguemos como país en 10, en 20 o 30 años más depende sobre todo de nosotros: quienes hoy vivimos aquí. Y lo cerca que lleguemos (o no) al destino que nos propongamos dependerá de  lo que nos involucremos, participemos y movilicemos a amigos y conocidos, cercanos y lejanos.

​Por último, salir de la depresión y el pesimismo requiere de mi voluntad. Tomarme los remedios. No permitirme actuar como víctima, ni dejarme sentir impotente y como  mero espectador. Requiere que deje de leer tuits y WS de grupos que se refocilan en la desgracia, la crítica a otros y la queja. Participar positivamente. Como intentar escribir esta columna sobre este tema y no quedarme en lo escrito al final del segundo párrafo, por cierto que sea.

​Entonces, soñemos. ¿Y si de esta crisis saliéramos mucho mejor que antes de ella? ¿Cómo me gustaría que saliéramos?  ¿Hacia dónde? Sigo: me gustaría y no creo imposible que salgamos hacia un país con mayor equidad, menos desigualdades económicas, sociales, culturales y educacionales. Pero también menos centrado en lo económico y en el consumo de más y más cosas. Que siguiéramos creciendo económicamente pero no a cualquier costo, y sin ese afán permanente en que todo debe siempre crecer. Aprender no sólo a cuidar más nuestro medio ambiente, sino a conservar todo más; reparar las cosas que tenemos y no automáticamente botar y comprar más cosas nuevas.

​Me gustaría que ordenáramos nuestras ciudades de manera muy distinta. Con  tantas  plazas públicas y áreas verdes en las poblaciones del sur y poniente de Santiago como en los barrios acomodados. Más plazas de juego para los niños y bancos donde se sienten los ancianos a pasar el calor y tomar aire bajo la sombra de añosos árboles. Con más seguridad y menos peligro de robos y drogas. Ciudades donde dejáramos de usar tanto  los autos. Que caminemos más. Nos veamos las caras con respeto y sin miedo. Nos atropellemos menos y saludemos más. Que nos sintamos más hijos de esta misma tierra.

​Sueño con una convivencia más respetuosa en todos los lugares públicos. Con menos stress y empujones en el Metro, las veredas, los estadios y las cajas de los supermercados. Con más cultura. Más conciencia de formar parte de una comunidad.

​Y que todo esto no surja sólo de leyes impuestas a los ciudadanos por el Parlamento y el Estado, ni del programa de algún candidato, ni de una mítica y peleada Nueva Constitución. Tampoco que se pague con fondos de un Estado obeso  que todos pelean por controlar para  aparecer como a quien debemos agradecer lo que logremos. Menos todavía que lo hagamos por miedo. No. Sueño que todo esto surja paulatinamente de la toma de conciencia y de la educación que adquirimos a medida que progresamos todos como simples seres humanos. Sí; que brote de una mejor educación de todas nuestras niñas y niños gracias a profesores conscientes de sus nuevas y mayores responsabilidades hoy.

​Sueño y creo posible que de esta crisis salgamos con grandes empresarios y personas  ricas volviéndose más generosas. Que decidan ellos y nosotros – grupos medios altos y educados – por voluntad propia dedicarnos más a hacer filantropía. A compartir parte de lo que hoy tenemos con los demás, de las más variadas y múltiples formas que podamos inventar. Por ejemplo,  creando fundaciones y organizaciones que favorezcan a personas necesitadas. Que nos aboquemos a eso con tanta dedicación como antes le destinamos a crear y hacer crecer empresas, o a sacar nuestros títulos de postgrado.  Y así, con ese esfuerzo y talento,  devolverle a lo sociedad lo que hemos recibido de ella,  desarrollando fundaciones o corporaciones que atiendan ancianos enfermos, que construyan y operen centenares de consultorios  de salud privados sin fines de lucro en las poblaciones,  que complementan pensiones a quienes no les alcanzan, que sorteen elevadas sumas de dinero para premiar trabajadores independientes de bajos ingresos que tengan sus cotizaciones al día, que rehabiliten  a delincuentes y drogadictos, etc, etc, etc.  Así,  alentar que se multipliquen las obras de generosidad y solidaridad mucho más que obtener altas utilidades en las empresas. Que éstas importen sólo como forma de financiar eso que sirve a que todos  compartamos una vida y un país del cual nos sintamos orgullosos.

​Y finalmente, me gustaría salir  hacia ese Chile que sueño como he esbozado,  por la vía de los acuerdos y no de las imposiciones. Salir por la vía de la paz y el respeto, y no de la violencia y la desconfianza.

​Todo esto es demasiado iluso estarán diciéndose muchos lectores. Así puede parecer, respondo. Pero no tanto.  Hace sólo 35 años atrás muchos de Uds que están leyendo estas líneas recordarán que este mismo país venía saliendo de una convulsión social  tan aguda como ésta  (“Las protestas del 83”) que terminó con un atentado al entonces Presidente de la República. Sin embargo, pocos años después Chile recuperó en paz la democracia.  Algo que la  mayoría del país, por motivos distintos y opuestos, consideraba imposible.  Especialmente para los grupos políticamente más de izquierda eso era una ingenuidad.  Pero lo logramos.

​Entonces empezó en 1990 un gobierno formado por personas que habían sido de la UP y otros desconocidos.  Un significativo porcentaje de la población – el 45%, y no sólo de  la derecha y el empresariado – tuvo un gran temor sobre qué iba a pasar (“dónde vamos a ir a parar”). Y no ocurrió la catástrofe que tanto temían, sino que en los 20 años siguientes el país progresó como nunca antes en toda su historia.

​Tal vez no es tan ingenuo entonces soñar de nuevo. Depende de cada uno de nosotros proponernos pensar en positivo, atrevernos, involucrarnos y trabajar para hacer de esta crisis el inicio de algo mejor para Chile.

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