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Publicado el 16 marzo, 2021

Ernesto Tironi: Escuelas en pandemia

Economista Ernesto Tironi

Visité ese colegio el miércoles 3. Había 470 estudiantes en clases presenciales. El lugar impecable. Más silencioso que lo habitual. Daba gusto ver a los de Media conversando en el recreo en grupos de sillas en círculo. Les pregunté si estaban contentos de volver. “Claro que sí”, me contestaron de inmediato.

Ernesto Tironi Economista
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Se han completado dos semanas de clases en parte presenciales en numerosas escuelas y colegios del país. Miles de establecimientos y centenares de miles de estudiantes decidieron organizarse, tomar medidas para cuidarse y estar presentes. ¿Qué ha pasado?

Que ha sido muy difícil. Pero hay sobre un millón de familias y de estudiantes muy contentos y agradecidos de haber podido empezar a normalizar un poco sus vidas a pesar de la pandemia, volver a trabajar, y pasar un poco la tristeza y aburrimiento al poder reencontrarse con amigos y amigas. Esto, gracias a un abnegado trabajo de grupos admirables de directivos y docentes escolares.

Casi 4.000 de los 11.000 locales de educación escolar recibieron alumnos, como sugieren hacerlo casi todos los expertos, por muy fuertes motivos. Esto me parece muy alentador y revela nuevamente la buena voluntad y disposición de la gran mayoría de los profesores y profesoras escolares chilenas. Debiera ser un motivo de orgullo y confianza en medio de tantas personas atrapadas en la escucha y divulgación de noticias negativas, en el temor, preocupación y desconfianza. Eso es lo bueno. Lo no tanto, es de nuevo la desigualdad. Entre los colegios particulares, donde se educan los hijos de las élites económicas y políticas, abrió el 76% de los establecimientos. En cambio entre los estatales o municipales solamente el 15%. Lo sorprendente es que entre los particulares subvencionados, que educan a los mismos sectores más pobres y medios del país, abrieron el 56%, casi cuatro veces más. Me parece un escándalo que tantas familias pobres, y especialmente mujeres solteras que necesitan ayuda para trabajar, estén siendo tan perjudicadas por el Estado. ¿Porqué? ¿Por qué no hay autoridades que denuncien e intenten corregir a la brevedad esta lamentable situación? ¿Y en qué están los editores y medios que no investigan y hablan de esto que afecta a millones de familias?

El principal responsable de esta situación sería de nuevo el sindicato Colegio de Profesores y los partidos políticos que están detrás, creyendo que eso les acarreará votos o respaldo a sus consignas ideológicas. Y algunos alcaldes. Puede ser. Pero en este caso puede que estén jugando con fuego y se van a quemar, como ya les ha pasado. Sin embargo, tal vez hay más que investigar y aprender. Hay también debilidad y agotamiento de autoridades locales y nacionales que han perdido toda su autoridad. Tal vez también poca iniciativa y valentía de algunos directores y directoras de escuelas, de capacidad de poner primero a los estudiantes y sus familias; de entender su labor como un servicio a ellos, antes que algunos profesores cuya prioridad es la política. Pero no quiero hablar ni escribir más de esto a nivel macro. Me deprime. Mejor voy a contar lo que ha pasado a nivel micro; en la calle, en las escuelas.

En el Colegio ABC de una de las ocho comunas más pobres de Santiago, la directora y su equipo habían trabajado fuerte en diciembre para organizar el inicio de clases presenciales ahora. Se contrataron entonces los ajustes de la infraestructura. El 15 de febrero ya estaban de vuelta en el colegio, revisando. Quedaban detalles en la señalética. Ya estaban designadas las cuatro puertas de entrada y salida separadas para los distintos niveles. Hasta con marcas en las veredas para que apoderados conservaran la distancia. Dentro del colegio, los corredores se parecían a los de una clínica,  con flechas de circulación de distintos colores. La instalación de las cámaras en cada sala para las clases híbridas o mixtas estaba atrasada. Pero ya se estaban poniendo los cables nuevos para el triple de banda que se había contratado.

Las grandes preocupaciones  para el lunes 1 de marzo eran la decisión que tomaría el sindicato de profesores que tenía asamblea el viernes, y cuántos y cómo llegarían los estudiantes.

La asamblea se anticipaba difícil. La directiva estaba en contra del inicio de clases presenciales, tal como lo planteaba el Colegio de Profesores. Se lo había planteado a la directora, pero ésta les había respondido que ellos conocían los resultados de la encuesta hecha a los estudiantes y apoderados en septiembre y noviembre: la mayoría quería volver a clases presenciales si las autoridades  no lo prohibían y la comuna no estaba a riesgo o en cuarentena. Además sabían la cantidad de sus alumnos y alumnas  que vivían hacinados, sufriendo abusos y aprendiendo muy poco en sus casas. “Para este colegio lo primero son sus estudiantes, y así figura en la declaración de su misión que ustedes redactaron”, había concluido la directora. Al final, en la Asamblea fueron los Asistentes Educativos los que le dijeron a los dirigentes sindicales que estaban pensando sólo en ellos y no en las familias de apoderados. Y no consiguieron una mayoría.

Así se llegó al lunes 1. Había capacidad para recibir 650 estudiantes presenciales de los 1.400 matriculados. El primer temor era:  ¿Qué pasa si llegan 850? ¿Se irán a molestar mucho esos 200 apoderados en la puerta teniendo que devolverse? ¿Y si llegan sólo 70 estudiantes, habremos trabajado y gastado inútilmente en lavatorios, cámaras, etc.?

Visité ese colegio el miércoles 3. Había 470 estudiantes en clases presenciales. El lugar impecable. Más silencioso que lo habitual. Daba gusto ver a los de Media conversando en el recreo en grupos de sillas en círculo. Les pregunté si estaban contentos de volver. “Claro que sí”, me contestaron de inmediato.

Era emocionante ver la cantidad de profesoras y profesores preocuparse de todo en los patios durante el recreo. Con su título universitario, en la puerta de un baño supervisando los lavados de manos y poniendo alcohol gel.

Pero la tranquilidad no duró. El viernes había seis niños con fiebre. Llevar a tomar PCR. Se supo que había un niño de Tercero Medio con Covid. Era toda la familia. ¿Qué hacer? ¿Se suspende ese curso o las clases presenciales en todo el colegio? Consultas diversas, incluyendo el Protocolo escrito del Ministerio y a los profesores. “Tratemos de seguir con clases presenciales”, dijeron una mayoría. Reunión de Directora con 40 delegadas de curso y Centro de Padres (en el patio con megáfono). Todos por seguir, muy agradecidas del colegio. Acuerdo: se sigue con sólo un curso suspendido.

Como este son miles los ejemplos admirables de chilenos saliendo adelante, cumpliendo sus obligaciones con responsabilidad, sirviendo a los demás con orgullo y satisfacción. No sé si los Colegios de Profesores y los políticos con los que trabajan pueden decir lo mismo.

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