“Estoy de nuevo tan pesimista…”, me dice un amigo cuando pasamos a conversar de la situación nacional. “Venía escuchando las noticias en la radio -agrega- y casi todas las noticias tenían que ver con asaltos, asesinatos, robos en casas particulares y comerciales, sin contar los atentados terroristas e incendios ya permanentes en el sur”. (Claro, pensé, cómo no vamos a estar pesimistas escuchando eso todos los días). Y mi amigo remató la conversación diciendo: “¿Por qué no escribes una de tus columnas sobre cómo salir del pesimismo?”. Y aquí estoy, aunque consciente que si bien este ánimo afectaría a una mayoría según las encuestas, no afecta a todos ni del mismo modo. 

¿Estaremos condenados a esa fatalidad? No creo. Podríamos hacer varias cosas.

Primero, considero que necesitamos darnos cuenta que depende de cada uno de  nosotros, personalmente, dosificar la cantidad de malas noticias que consumimos. Así comenzaríamos a reducir lo que nos infectamos mutuamente con ese virus del pesimismo. Podemos hacer un esfuerzo deliberado y decidido por cambiar eso, simplemente cortando el noticiario de la tele, sintonizando otra radio, dejando de ver en Whatsapp tanta descalificación y noticias negativas. ¿Si no lo hacemos nosotros, quién lo hará? Es cierto que esto sólo no basta; pero ayuda como comienzo. ¿Qué más entonces?

Lo segundo es hacernos más selectivos de las personas que frecuentamos, vemos,    leemos y seguimos en las redes. Privilegiar a los menos pesimistas, alarmistas y negativos. Empecemos por aplicar esto a los columnistas de los diarios, los/las periodistas, animadores de TV, etc. En estos tiempos, también especialmente a los grupos de Whatsapp en que participamos y a las personas que leemos dentro de ellos. Algunos de esos grupos son tóxicos y nos dejamos afectar por ellos inconscientemente. Para qué hablar de Twitter.

¿Acaso no apreciamos todo lo valioso y gratificante que es encontrarnos con personas optimistas, confiadas, alegres y optimistas? Entonces, frecuentémoslas más, aunque tome cierto esfuerzo a veces. Y alejémonos de los criticones consuetudinarios, los siempre negativos y tiradores para abajo. De nuevo, basta con tomar conciencia y hacerlo. De paso, probablemente nos haremos más atentos a no contagiar a otros cuando estemos pesimistas. Así como usamos mascarillas tanto tiempo para no contagiar a otros con el virus, pongámonos una mascarilla de palabras propias que pueden contagiar negatividad y pesimismo.

Lo tercero que propondría es hacer otro movimiento deliberado y sistemático de apreciar las cosas buenas que tenemos y seguimos teniendo como país. Las situaciones y noticias alentadoras también existen. Dejar de mirar sólo lo malo. No se trata de ponerse a escribir cada noche las cosas positivas del día siguiendo libros de autoayuda. Bastaría con detenerse un minuto a ver que, en el momento presente, también  hay condiciones felices, afortunadas y dignas de agradecer. Simplemente constatarlo.

Pongo algunos ejemplos a título personal sobre nuestro país. Tenemos una sequía grave; pero, ¡qué primavera tan hermosa y florida hemos tenido! Hay problemas graves en el sector de la salud; pero, ¡superamos la pandemia con gran éxito, sosteniendo el trabajo con dos gobiernos muy distintos! La economía va bajando, pero no estamos cayendo a un hoyo irremontable. Se mantiene una encomiable actividad productiva en la minería, industria, comercio y servicios. El emprendimiento entre los jóvenes nunca había sido tan alto en Chile como en estos tiempos. También entre las mujeres, especialmente en sectores populares, rurales y en el comercio. 

Tenemos un gobierno que ha cometido muchos errores; es verdad. Pero nunca habíamos tenido un Presidente y ministros tan jóvenes. Es valioso tener toda una nueva generación que se inicia en la actividad gubernamental. Y dentro de todo, la administración pública todavía funciona, lo que considero algo digno de agradecer y celebrar. Y tenemos unos pocos ministros que dan confianza y hacen la diferencia.

Personalmente no espero reformas positivas del Estado y la economía del tipo que necesita el país para los próximos tres años. Pero tampoco creo que vayamos hacia un desastre como lo creía cuando se inició este gobierno en marzo, y especialmente cuando la Convención Constitucional entregó su propuesta en julio. El triunfo contundente del Rechazo en septiembre es una maciza muestra de sensatez del pueblo chileno. Es una base en que se puede confiar.

Termino con un punto no menor. Cuando se repite que estamos “mal”, lo decimos ¿comparado con qué? Pensémoslo un poco más. Porque si nos comparamos con el resto de América Latina, en promedio no estamos tan mal. Miremos con detención Argentina, Perú, Ecuador… y no sigo. O si nos estamos comparando con nuestro pasado reciente, hace más de 10 años que estamos arrastrando muchos de los problemas de ahora que no hemos podido resolver. Sí, tuvimos un par de muy buenas décadas a partir de 1990, pero no las glorifiquemos. No fueron 30 años pésimos ni tampoco maravillosos. Tenemos desafíos grandes que sólo podemos superar con optimismo, energía y unidos.

*Ernesto Tironi es economista.

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