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Publicado el 21 de septiembre, 2019

Ernesto Tironi: El Golpe en la Memoria

Economista Ernesto Tironi

Hay una forma particularmente efectiva de mantener vivo en el presente este fantasma colectivo y es UNIR el Golpe a la posterior violación de los Derechos Humanos de Pinochet, igual como el bando opuesto busca UNIR el Golpe con la Unidad Popular. Y no son la misma cosa.

Ernesto Tironi Economista
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Septiembre es un mes lleno de situaciones esperadas y nuevas en nuestra vida en Chile. Este año no ha sido excepción. Entre todas ellas, me ha impresionado  la prevalencia del Golpe Militar en nuestra memoria. Cómo se usa políticamente para atacarse unos a otros, y cuánta división revive.

Me pregunto: ¿Será inevitable, como la sequía, o es un acto humano-social, ya sea voluntario o inconsciente? ¿Cómo se conserva ese recuerdo? ¿Qué formas son más efectivas para mantenerlo? ¿Qué consecuencias tiene conservarlo? ¿Será sano hacerlo? ¿Será posible y bueno dejarlo atrás? O… ¿A qué intereses sirve? ¿A quiénes les conviene conservar el Golpe en la memoria de los chilenos y despertarlo de nuevo cada tanto tiempo?

Me asusta llegar a esta última pregunta. Me doy cuenta que no queremos preguntarnos más de este fenómeno. Nos duele. Nos hemos resignado a vivir con él, como con los terremotos. Nos damos respuestas fáciles para huir. Como que hay que recordarlo para que nunca más vuelva a suceder. ¿Bastará? ¿Será así? Alemania superó el trauma del nazismo y la guerra mirando más hacia adelante: promoviendo la Unión Europea. Y Vietnam, que tanto ha progresado… ¿habrá recurrido a recordar siempre la guerra para lograrlo?

La pregunta dolorosa que he evitado es ¿a quién le conviene mantener este recuerdo? Probablemente, más que a nadie, a la gente políticamente de izquierda. Les proporciona dividendos políticos de corto plazo: votos, figuración en la prensa, etc. Tal vez crea ganar, pero, a un nivel más profundo, ¿no se harán más daño a sí mismos? Mantiene la mirada en el pasado, en lo perdido, en el resentimiento. Buscan además inculcar su visión del Golpe en las nuevas generaciones, y lo logran. Quizás lo popular de mantener ese recuerdo sólo revela que un numeroso grupo de nuestra población tiene esa misma interpretación dolorosa y dañina. ¿Es eso lo que queremos realmente mantener como familias y como país generación tras generación?

Hay una forma particularmente efectiva de mantener vivo en el presente este fantasma colectivo. (Que, ahora que lo pienso, es como el viejo truco de algunas religiones de mantener a la gente sometida con la amenaza de un  infierno). Esa forma es UNIR el Golpe a la posterior violación de los Derechos Humanos de Pinochet. Hacer como si fueran la misma cosa. Igual como el bando opuesto busca UNIR el Golpe con la Unidad Popular. Y no son una sola cosa. Podría haber habido un golpe el 73, sin haberse después  violado masivamente los Derechos Humanos. A los tres meses podría haberse llamado a una nueva elección. Lo otro no era necesario; menos, indispensable. De hecho, había militares que pretendían ese retorno rápido a la democracia, incluyendo un General que era ministro del Interior y que murió en extrañas circunstancias.

Creo que hay aspectos más profundos en este hábito colectivo de conservar la memoria del Golpe y con una cierta interpretación que le damos. Como casi siempre hacemos los humanos cuando  enfrentamos eventos o circunstancias dolorosas en la vida, lo primero es recurrir a  razones para justificarnos. Es decirnos que los otros, ELLOS, fueron los únicos culpables por este y ese otro motivo. Ellos fueron los malos, los violentos, los que violaron los Derechos Humanos. Eso nos hace a nosotros sentirnos los buenos y superiores. Así creemos escapar, aliviar o compensar algo nuestro dolor.

Y esa interpretación de culpabilidad nos conduce a un segundo impulso: decir que ELLOS, los malos, tienen que a lo menos empezar por reconocer su maldad. Mientras no lo hagan, se los voy a seguir sacando en cara. Lo más interesante es cómo cerramos este círculo para mantenerlo: nos negamos a darle el derecho al otro de cambiar porque no le quitamos el rótulo de culpable sin importar qué digan, ni si piden perdón, ni si cambian su conducta ni aunque realizaran una compensación. Se quedan con esa caracterización para siempre porque YO, el bueno, escojo no creerle nada de lo que diga o haga.

Entonces entramos en la dinámica de ataque y defensa de uno y otro de los bandos en relación al Golpe Militar. Uno acusa al otro de haberlo promovido, el otro se defiende que no lo hizo, y entonces ataca acusando al uno de haber generado las condiciones para hacerlo inevitable, y éste se defiende diciendo que no lo hizo, sino que…, y así hasta ahora por 46 años y sin visos de ponerle fin. Y ambos mal; y todos mal, incluyendo aquellos que intentan mantenerse al margen diciendo que a ellos la política no puede importarles menos.

Personalmente creo que nos hace mucho daño como individuos y como país seguir manteniendo tan presente el recuerdo del Golpe del modo que lo hacemos unos y otros. Seríamos más felices si lo dejamos atrás. Pero eso no pasará solo. Tenemos que poner de nuestra parte y ocupar nuestra voluntad. Proponernos dejar de actuar como víctimas y transformarnos en protagonistas de algo nuevo, distinto y mejor. Casi nunca podemos hacer esto solos. Es como los traumas profundos que nos requieren ira a un psicólogo. Pero digámoslo: hay maneras de salir de hábitos autodestructivos que, sin querer ni reconocerlos nosotros, nos hacen infelices. Hay tradiciones que lo enseñan hace más de 2.500 años.

No sería necesario ir tan lejos. A veces en las sociedades surgen líderes políticos que han hecho la función de esos psicólogos: nos ayudan a generar condiciones para cambiar puntos de vista. Por ejemplo, Gandhi. Mandela. Y entre nosotros Aylwin. Nos faltan Aylwines para esta etapa post-Concertación en Chile. Alguien que se proponga acoger a todos, terminar con la división de buenos y malos, que sea consecuente. Que ponga como propósito para todos nosotros  lograr una convivencia armoniosa y nos ayude a generar el espacio para que cada uno de nosotros, como persona  y miembro de la sociedad, dejemos de estar amarrados al pasado para vivir el presente en plenitud y abrir un mejor futuro.

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