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Publicado el 26 de julio, 2019

Ernesto Tironi: El caso Osorno: más que quitar una concesión

Economista Ernesto Tironi

El daño mayor del corte de agua potable no cae solamente sobre los clientes de la empresa (que son los principales, sin duda), sino sobre todas las empresas privadas chilenas y especialmente sobre el sistema de concesiones. El Estado debe tener una supervisión mucho más estricta de las empresas concesionadas y de servicios públicos.

Ernesto Tironi Economista
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Así como algunos eventos –los terremotos, por ejemplo– sacan lo mejor de nosotros los chilenos, otros parecen sacar lo peor. Los  primeros hacen brotar toda nuestra generosidad, deseo de ayudar, solidaridad y apoyo. Pero casos como la grave falla de la empresa de agua potable que dejó sin agua a Osorno por varios días sacan a relucir algunos hábitos muy feos. Por ejemplo, nuestra tendencia a echarle la culpa a los demás cada vez que estamos envueltos en algo malo, a ocultar las cosas en vez de dar la cara, a no asumir de inmediato el error, sino a ocultarlo hasta que nos pillan, y a resistirse a compensar los daños causados y sólo castigar. Esto se aprende en la escuela. También una tendencia a aprovechar las circunstancias para “acarrear agua a nuestro molino” (valga la comparación). Es decir, para aprovechar de decirles a los otros, “¿Ves que yo tenía razón? Esos eran unos chantas o mentirosos”. Y los más políticos cantan a los cuatro vientos que esto se debe al sistema (capitalista, en este caso), al modelo económico y a las concesiones de servicios públicos a privados. Y, por supuesto, esta es para ellos la prueba definitiva que es mejor cambiar todo eso.

También se puede tener una mirada más particular o micro del fenómeno y ver sus partes separadamente y en sus múltiples dimensiones. Además, tomar esta crisis como una oportunidad de todos nosotros para aprender y corregir prácticas, hábitos o costumbres. Poner fin o no a la concesión de Essal no es el único tema relevante a considerar en este caso. Incluso ella es una típica excusa chilena para que muchos otros nos sintamos “libres de polvo y paja”. Hay bastante más que eso.

Por parte de la empresa Essal y sus directivos, en primer lugar, las fallas que tuvieron fueron de envergadura. La calificación de su presidente como meros “errores e imprecisiones”, como señaló en entrevista del domingo, pudieron haber parecido plausibles los primeros cinco días. Pero después de las respuestas del operario al interrogatorio de la PDI el martes, quedó claro que la responsabilidad de la empresa era mucho mayor. Había insuficiencia de infraestructura, de diseño, de iluminación, de equipamiento (medidores en mal estado), etc. Además, las declaraciones del operario tienden a revelar falta de protocolos a seguir tanto en las operaciones mismas como ante emergencias.

La información confusa e incompleta que dieron los ejecutivos locales a las autoridades revela también otras insuficiencias graves y la falta de un protocolo a seguir en emergencias. El mismo hecho que el presidente de la compañía no saliera a dar una explicación sino hasta el quinto día muestra que no había una planificación previa de cómo enfrentar un riesgo de esa naturaleza por parte de una empresa de un servicio público esencial como es el agua.

No se puede evitar recordar los episodios de las facturas ideológicamente falsas pagadas por empresas a políticos y juntarlo con la reciente renuncia del anterior superintendente, acusado de comprar 24 propiedades en un año.

En segundo lugar, me sorprendió la falta de participación pública en la crisis del gremio al cual debe pertenecer Essal. Lo digo porque el daño mayor de casos como este no cae solamente sobre los clientes de la empresa (que son los principales, sin duda).  El daño cae sobre todas las empresas privadas chilenas y especialmente sobre el sistema de concesiones. Seguramente este daño es muy superior al que tendrá la empresa Essal misma. Los reportes periodísticos, los comentarios en redes sociales y las peticiones a coro de los dirigentes políticos por caducar la concesión son indicadores elocuentes de esto. Considero un progreso la declaración equilibrada que hizo el presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio el lunes. En este dominio continúa prevaleciendo una solidaridad mal entendida entre las empresas y de éstas con sus gremios, protegiéndose ante las dudosas conductas de algunas que perjudican a la mayoría de ellas y al país entero.

La tercera lección es que el Estado debe tener una supervisión mucho más estricta de las empresas concesionadas y de servicios públicos. El sistema de concesiones funciona y tiene licencia social y política para operar sólo cuando las empresas tienen al frente organismos supervisores de alto nivel de rigurosidad técnica, funcionarios de una ética a toda prueba y fuerte poder de intervención y sanción. Deben ser una contraparte poderosa de las empresas privadas en términos técnicos y políticos. No se observa esto tampoco en los casos de autopistas y otras concesiones.

El caso de Essal da pie para que todos nos preguntemos “cómo andamos por casa”. En nuestras escuelas, oficinas públicas, gremios, empresas.

Lo de Osorno dejó al descubierto en particular, la debilidad de la Superintendencia de Servicios Sanitarios. Ella había emitido recién en octubre pasado un informe señalando las serias debilidades de la planta que causó el estrago. Pero habían pasado casi ocho meses y no se había hecho nada por subsanarlas. ¿Por qué?, uno se pregunta. Y no se puede evitar recordar los episodios de las facturas ideológicamente falsas pagadas por empresas a políticos y juntarlo con la reciente renuncia del anterior superintendente, acusado de comprar 24 propiedades en un año. No afirmo que todo eso sea cierto, pero tampoco he escuchado desmentidos convincentes.

Una de las señales alentadoras para mí de este caso fue la enfática orden del Presidente de la República de que se hará una exhaustiva revisión de las condiciones de operación de las demás sanitarias. Espero que ya lo estén haciendo ellas mismas motu propio, así como muchas más empresas, y no sólo de servicios concesionados. Eso revelaría que somos un país que aprende y que de verdad puede llegar a ser desarrollado.

En resumen, este caso muestra varias de nuestras miserias en el plano humano, ético, político y técnico. Nuestras precariedades, el bajo nivel de calificación de muchos de nuestros profesionales y operarios. Al mismo tiempo es una ocasión de preguntarnos todos “cómo andamos por casa”. En nuestras escuelas, oficinas públicas, gremios, empresas. En nuestra impecabilidad de cumplimiento en el trabajo, en los directorios, talleres, oficinas, salas de clases, etc. En la planificación ante los riesgos a que estamos expuestos nosotros, nuestros clientes y colaboradores. Y finalmente en la confección de protocolos claros y conocidos para enfrentar los riesgos que la vida trae.

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