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Publicado el 24 de agosto, 2019

Ernesto Tironi: Educación privada y subvencionada en el mundo

Economista Ernesto Tironi

Quienes nos opusimos a la reforma educacional de Bachelet 2 no supimos explicarlo tan bien como el Economist después de un extenso reportaje especial. ¿Qué concluye sobre sistemas educativos escolares en los principales países del mundo? ¿Le dará la razón a Bachelet y a los propulsores de su reforma, o a sus críticos?

Ernesto Tironi Economista
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Durante cuatro años, en el gobierno de Bachelet 2, Chile se embarcó en una de las tres más radicales reformas de la educación escolar del país en el último siglo. Básicamente puso fin a un sistema basado en incluir iniciativa y capital privados regulados por el Estado, para proveer educación escolar pública masiva. Bajo ese sistema, Chile logró en pocos años entregar una cobertura educacional de casi 100% a todos los/las jóvenes en edad escolar. Además, pasó desde un nivel de calidad educativa mediocre dentro de América Latina, a superar por lejos a todos sus vecinos en las pruebas de desempeño internacionales.

La reforma educacional de Bachelet, ¿llevará a Chile en la dirección que va el mundo más adelantado y, en especial, que llevan las potencias que serán dominantes a mitad de este siglo, como China e India?

El fundamento básico para justificar ese cambio en Chile fue “poner fin al lucro”, es decir, a que emprendedores privados -en su gran mayoría ex profesores- obtuvieran utilidades por la educación que entregaban a estudiantes que se beneficiaban de una subvención del Estado. Se argumentaron también otros motivos: contribuir a mayor igualdad de ingresos en el país y mejorar la calidad de la educación. Pero nunca se precisó de manera convincente cómo eso se iba a lograr con esa reforma.

Tuvo además propósitos más o menos ocultos. Entre ellos destacaron elevar la matrícula de los establecimientos estatales/municipales, que se quedaban sin alumnos ante la preferencia de los apoderados por los particulares subvencionados que entregaban un mejor servicio, y de esa manera congraciarse con sus profesores y sus sindicatos. También la postura ideológica estatista de un gobierno socialista y el esfuerzo por satisfacer los intereses de los dirigentes estudiantiles universitarios y sus amplias alianzas para eliminar los créditos pagados para acceder a estudios superiores.

“Si el gasto es una medida de lo que a la gente le importa, entonces los habitantes de los países en desarrollo ponen los cerebros en un lugar de alto valor», dice The Economist.

Por último, dicha reforma se basó en el apoyo de algunos académicos del sector educacional (principalmente estatal) que construyeron un fundamento aparentemente “científico” de la reforma de Bachelet. Si bien dicho fundamento fue muy parcial y dudoso, sirvió a sus propósitos ideológicos y a persuadir a parlamentarios populistas. Por ejemplo, sus denuncias de la selección de estudiantes por parte de privados y la presunta mejora de la calidad de la educación que se lograría al ponerle fin a la selección. Usaron muchas citas parciales de estudios de entes internacionales como la OECD y, en general, muchas teorías académicas, por cuanto casi ninguno de esos “expertos” había tenido experiencia directa en la gestión de establecimientos educativos. También argumentaron que ningún país del mundo tenía un sistema educacional tan basado en la iniciativa privada como el nuestro. Chile era una anomalía, dijeron, producto del neoliberalismo extremo del gobierno de Pinochet. Y, en efecto, había pocos estudios empíricos de la evolución reciente del sector privado en educación escolar.

Hace pocos meses, la seria e influyente revista inglesa The Economist publicó un reportaje especial con un extenso y profundo estudio del tema. ¿Qué concluye sobre sistemas educativos escolares en los principales países del mundo? ¿Le dará la razón a Bachelet y a los propulsores de su reforma, o a sus críticos?

Quienes nos opusimos a esa reforma (aunque no a todos sus aspectos) fuimos excluidos y descalificados; se nos acusó de defender intereses personales de búsqueda de lucro, políticas neoliberales y al gobierno de Pinochet. Es decir, de todo lo peor posible; de ser el diablo mismo. Nuestros argumentos parecen no haberse escuchado. Por eso me parece útil que los interesados conozcan más la opinión de una entidad externa tan prestigiada como el Economist.

Precisando el contenido de esa oposición a la reforma, no nos opusimos a terminar con el copago de las familias en todos los colegios particulares subvencionados. Tampoco al fin de la selección de estudiantes por parte de una mayoría de escuelas. O sea, no objetamos las principales medidas que podrían contribuir a una mayor igualdad social. Ni siquiera nos opusimos a establecer una tasa máxima de utilidad que los establecimientos pudieran obtener o retirar. Lo que rechazamos fue poner fin a la administración de escuelas por parte de particulares percibiendo utilidades razonables. Dicho en simple, a que se botara la guagua junto con el agua de la bañera. Sobre todo, en vez de focalizarse por completo en elevar el desempeño de las escuelas estatales. Pero casi nada de esto se tomó en cuenta y la reforma pasó como un tsunami por encima del sistema educacional chileno.

En su editorial del 19 de abril, 2019, el Economist comienza señalando: “Si el gasto es una medida de lo que a la gente le importa, entonces los habitantes de los países en desarrollo ponen los cerebros en un lugar de alto valor. Mientras en el mundo rico, los presupuestos de gasto privado en educación se han mantenido constantes en los últimos diez años, en China e India se han duplicado. Los chinos gastan hoy el 5% del presupuesto promedio de cada hogar en educación y la India el 4%, comparado con 2,5% de los norteamericanos y 1% de los europeos. Como resultado de eso, las escuelas privadas, la educación técnica profesional y la universitaria viven un boom en los países en desarrollo. Como el brainpower es el generador primario de progreso, el entusiasmo surgido por invertir en capital humano es una excelente noticia para el mundo. Pero no todos están encantados. Porque la educación privada aumenta la desigualdad, algunos gobiernos tratan de detener su avance. Eso, sin embargo, está equivocado: deberían darle la bienvenida, pero expandir sus beneficios más ampliamenteAsí introduce el tema el Economist. La semana subsiguiente veremos qué concluye.

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