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Publicado el 13 de marzo, 2019

Ernesto Silva: El Congreso y los costos de rechazar las reformas

Abogado, ex diputado Ernesto Silva

Si hay un riesgo relevante en todo esto, es que el Parlamento pierda la sintonía con la necesidad de resolver los problemas, y que renuncie a ser parte de las soluciones. En otras palabras, que se transforme en irrelevante.

Ernesto Silva Abogado, ex diputado
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Cumplido ya el primer año de gobierno, entran en tierra derecha las reformas del gobierno. Reforma tributaria, previsional y laboral se despliegan en el Congreso y en la opinión pública, enfrentando un escenario incierto en lo que a su resultado se refiere.

Mucho se ha hablado del contenido de las reformas y del rol que tiene el gobierno en este debate. Hemos señalado -aquí y en otras partes- que éste tiene que elegir entre presentar reformas que reflejen sus convicciones -aun cuando inicialmente no tengan todos los votos-, o bien limitarse a presentar reformas “aprobables” por la mayoría circunstancial -aun cuando no vayan a tener un impacto relevante en el progreso del país-. Hasta ahora, al gobierno le ha ido mejor cuando despliega sus convicciones en la opinión pública y en el Congreso e influye en las decisiones de la oposición alterando sus posiciones y logrando aprobar proyectos difíciles. Así sucedió, por ejemplo, en el caso del proyecto de ley de Aula Segura.

Todo indica que la ciudadanía demanda que los temas se aborden, se discutan y se resuelvan.

Dado que el debate se ha centrado en el rol del gobierno, se ha hablado poco del rol del Congreso, un protagonista central de lo que sucederá durante 2019; un congreso con mayoría opositora y que tiene que tomar una decisión sobre cómo enfrentará estos debates: desde el lado del rechazo a las ideas de legislar o desde el ángulo de la negociación y la búsqueda de acuerdos. Ambas son opciones legítimas, de eso no cabe duda. Los legisladores sabrán qué es lo que consideran mejor para representar a la ciudadanía y para llevar adelante su agenda de ideas.

Pero todo indica que la ciudadanía demanda que los temas se aborden, se discutan y se resuelvan. En ese desafío, cuesta imaginar un congreso que no sintoniza con estas demandas de progreso y acuerdos, y que se atrinchera en la negativa y la obstrucción. ¿Alguien cuestiona la necesidad de perfeccionar el sistema tributario? ¿Existen dudas de la urgencia de abordar el tema previsional? ¿Hay quienes crean que el mercado laboral no necesita perfeccionamientos? Ante todas estas preguntas, la respuesta pareciera ser la misma: es necesario avanzar, perfeccionar y modernizar.

Del contenido de las reformas tributarias, previsional y laboral, se observan -a mi juicio- tres aspectos importantes. El primero, se trata de reformas incluidas en el programa de gobierno y apoyadas hasta hoy por una sólida mayoría. El segundo, no se trata de reformas que vuelvan atrás de manera radical respecto de otros cambios introducidos por gobiernos anteriores; se trata, más bien, de reformas que construyen sobre lo anterior y que perfeccionan aspectos relevantes, muchos de ellos acordados ampliamente. Tercero, las reformas se hacen cargo de problemas reales: complejidad en la tributación y bajos incentivos a la inversión; bajas cotizaciones que impactan las pensiones futuras; y poca flexibilidad en un mercado como el laboral que requiere adaptarse para enfrentar el futuro. Todo lo anterior justifica una disposición positiva a abordar los debates.

Sin embargo, hay señales concretas que en la primera de las reformas -la tributaria-, la oposición estaría por el rechazo de la idea de legislar. Se trata de la primera decisión, de aquella que fija el tono para el debate, de aquella en la cual el congreso le muestra al país la forma en que actuará a lo largo del año: rechazo o diálogo, negativa o búsqueda de acuerdo.

Si hay un riesgo relevante en todo esto, es que el Congreso pierda la sintonía con la necesidad de resolver los problemas, y que renuncie a ser parte de las soluciones. El riesgo que el Congreso se transforme en irrelevante.

Cuando se observa esta situación, es natural recordar la preocupación de ver una elite política polarizada ante una ciudadanía moderada. El Congreso y los partidos en la dinámica del conflicto y la polarización, mientras los ciudadanos quieren cooperación, soluciones y acuerdos. En la medida que esta brecha se acentúa, la capacidad del Congreso para abordar grandes temas se diluye y deteriora. Si hay un riesgo relevante en todo esto, es que el Congreso pierda la sintonía con la necesidad de resolver los problemas, y que renuncie a ser parte de las soluciones. El riesgo que el Congreso se transforme en irrelevante.

Si uno mira a la oposición, además, observa que hasta ahora lo que más los uniría es el rechazo a ciertas iniciativas, no las propuestas sobre qué es lo que hay que hacer para resolver los problemas. En efecto, la DC y la ex Nueva Mayoría parecieran tener distancia con las soluciones que propone el Frente Amplio para los problemas que pretenden resolver las reformas.

Por eso, es muy importante la actitud con la cual el parlamento enfrente las reformas. El fin del primer año de gobierno implica también el inicio de nuevos liderazgos en el Congreso. Nuevos presidentes de las cámaras y nuevos líderes para las comisiones. Es de esperar que las nuevas autoridades tengan presente la necesidad de conducir a un Congreso que participa de las soluciones y que vuelve a conectar con una mayoría ciudadana moderada y que espera ver la construcción de acuerdos y avances en beneficio del país.

FOTO: Hans Scott/AgenciaUno

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