El ministro de Educación Marco Antonio Ávila y la ministra de la Mujer y Equidad de Género Antonia Orellana expusieron en la primera jornada de educación no sexista: “Queremos transitar hacia una educación no sexista, libre de violencia, de descriminación y de sesgo entre los géneros (…)  Este proceso de transformación, de cambio deberá ser un esfuerzo de todos, todas y todes.

¿En qué consiste este modelo educativo no sexista? ¿Qué mirada del ser humano subyace en este modelo educativo? Una manera de evaluar cualquier modelo educativo consiste en confrontarlo a luz del origen etimológico de la palabra educación  y desde allí considerar si dicho modelo se orienta correctamente hacia el fin propio de la actividad educativa. En efecto, la palabra educación procede de dos verbos latinos: educare, que significa  “alimentar”, “criar”, “conducir” o “guiar”, y educere, que tiene el significado de hacer salir, extraer, dar a luz. El primer término pone su énfasis en el papel del maestro, quien tiene que guiar, conducir al educando hacia lo mejor de sí mismo. Mientras que el segundo término destaca la importancia del educando, de hacer salir desde adentro hacia fuera sus potencias ya presentes en su alma, aunque sin el propio perfeccionamiento.

El papel del educador

De acuerdo a esta raíz latina, la palabra educación es una actividad humana conformada por una relación intersubjetiva  entre el maestro y el alumno, a través de la cual el primero guía amorosamente al segundo a que reconozca dentro de sí mismo lo que le permite alcanzar su plenitud como ser humano. Para comprender mejor dicha relación intersubjetiva, vale la pena que recordemos nuestra propia experiencia acerca de ese buen maestro, lleno de sabiduría, que marcó profundamente nuestra infancia y adolescencia y que nos permitió guardar dentro de nuestra memoria personal un modo original de comprender el mundo y asumir una determinada actitud ante la vida. Ante a esta experiencia del buen maestro, es legítimo que nos preguntemos: ¿Qué regla interior nos lleva  a distinguir y reconocer a ese buen maestro? ¿Qué es lo que verdaderamente admiramos y amamos de ese  maestro y buscamos imitar de él?

San Agustín, nos enseña en su diálogo Del Maestro: “Que quién me enseñe algo es el que presenta a mis ojos, o cualquier otro sentido del cuerpo, o también a la inteligencia lo que quiero  conocer”. Me quiero detener en esta concepción agustiniana sobre el papel del educador, porque es válida tanto para los padres de familia, como también para quien ejerce el oficio de profesor.

San Agustín, de un modo simple y a la vez profundo, nos quiere decir que el maestro enseña verdaderamente en la medida en que le presenta al educando una realidad que es  adecuada a sus facultades sensitivas, volitivas e intelectuales. Tal adecuación se debe a que dicha realidad es amable por sí misma, despierta naturalmente un deseo en todos los sentidos e inteligencia del educando. ¿Cuál es la tarea del educador, del buen maestro? Presentar con amor e ingenio tal realidad deseable por sí misma y luego guiar a que el educando la incorpore gradualmente dentro de sí mismo. Sin embargo, este proceso de incorporación es posible en la medida en que el maestro da ese espacio de libertad para que el educando recree, de un modo singular, el significado de esa realidad bella y amable por sí misma, porque lo central es precisamente extraer lo más original de esa persona que se educa.

En primer, lugar este modelo educativo sustituye la palabra sexo por la palabra género. Esta sustitución lingüística no es neutra ni banal, sino que obedece a una corriente de pensamiento deconstructivista que busca desmantelar el significado que naturalmente le asignamos a una realidad para luego construir y montar culturalmente otro significado. En efecto, sexo y género significan algo muy distinto. Pues bien, la palabra sexo, hace referencia a la naturaleza biológica del cuerpo humano y sólo admite dos posibilidades: femenino o masculino. Mientras que “género” hace referencia al campo lingüístico, donde tenemos tres posibilidades: femenino, masculino y neutro. Así, podemos apreciar que el sexo no se elige ni admite ninguna indeterminación porque se es mujer o se es hombre, mientras que el género se elige y ofrece una gama indeterminada de orientaciones y comportamientos sexuales.

Sexo vs género

Teniendo en vista el sentido profundo de los dos verbos latinos que conforman la palabra educación, educare y educere, ¿es la educación no sexista un verdadero modelo educativo? ¿Tiene como propósito dicho modelo extraer lo más singular e inédito del educando para guiarlo, así, hacia su plenitud y excelencia humana?

Para comprender mejor esta noción de género, recordemos el modo como la filosofía clásica solía definir al ser humano. Definía al ser humano como un animal racional. La palabra “animal” corresponde al género, es decir, aquello que no se predica exclusivamente del ser humano, sino también de otros seres vivos que pertenecen también al reino o al colectivo animal. Mientras que la racionalidad corresponde a esa diferencia específica que se predica exclusivamente del ser humano, ya que vivir conforme a  la razón es aquello que lo singulariza.

Hoy, en una cultura igualitaria como la nuestra, en la cual se busca eliminar no sólo todas  las diferencias entre hombres y mujeres, sino  la diferencia entre el ser humano y otras especies animales, esta definición puede no ser bienvenida por el hecho de asignarle al ser humano un rango de superioridad. Sin embargo, pese a ese malestar que esta definición pueda provocar, es cierto que ella es un buen ejemplo para entender cómo funciona desde la gramática y el lenguaje el uso de género como sustituto de la palabra sexo.

Si usted, por ejemplo, ve llegar a la sala de clases a María y María es interpretada socialmente como un género, usted tendrá que admitir que María puede ser una mujer heterosexual, una mujer bisexual, una mujer transexual y otros géneros más. Frente a esta indeterminación, la pregunta natural que usted se hará en silencio es: ¿quién es singularmente María? Desde esta óptica del género, no podemos apreciar lo que es propio y singular de María, de Juan y de cualquier persona que vemos y conocemos, pues el género apela a lo colectivo, a lo indeterminado, y por lo tanto, borra las determinaciones que hacen posible las diferencias entre las personas.

Dicho lo anterior, una educación que interpreta al ser humano como un género, ¿puede tener como propósito extraer y dar a luz lo más singular y único del educando? La respuesta es definitivamente no, ya que mira y trata la humanidad del educando de un modo colectivo, de acuerdo a un género y desconsidera esa mirada personalista, según la cual todo ser humano es alguien único, que se expresa singularmente en un cuerpo femenino o masculino. Y si no intenta extraer lo singular del educando, su propósito ya no es guiarlo a su plenitud como persona, ni su preocupación reside en perfeccionar sus sentidos, afectos e inteligencia, sino que su objetivo se centra en conducirlo hacia una idea para que se acople y se adapte a ella, sin importar que lo singular de su persona, incluyendo su cuerpo y su sexualidad, aflore verdaderamente.  

Los padres de familia son los primeros guías en la educación de sus hijos, son los más comprometidos en que sus hijos desplieguen en plenitud esa originalidad, que ya viene dada potencialmente desde que vienen a este mundo. Por consiguiente, si el mayor anhelo y compromiso de los padres consiste en generar esa atmósfera libre y amorosa para dar forma a lo más único de cada hijo, ¿de qué manera una educación con un enfoque de género podrá garantizar y ayudar a los padres de familia al cumplimiento de su compromiso y máximo anhelo? ¿Pueden los padres de familia confiar en una educación que mira y trata a sus hijos como  individuos indeterminados, autosuficientes, que no requieren para su plenitud como personas de los valores que proceden de la sexualidad, del amor entre un padre y una madre? Es tiempo que los padres de familia recuperen su derecho a educar, su derecho a garantizar lo que sus hijos necesitan para crecer y madurar como personas plenas y felices.

*María de los Ángeles Astaburuaga es doctora en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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