El 16 de mayo de 1836 nació en la ciudad de San Felipe don Abdón Cifuentes Espinosa. Protagonista de las principales controversias políticas de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, Abdón se transformó en prócer intelectual del Partido Conservador, y –como sostiene el historiador Gonzalo Larios–, fue un notable emprendedor social del primer siglo del Chile republicano. Su pensamiento lo conocemos gracias a la recopilación en tres tomos de sus Discursos (La Gratitud Nacional, 1916) y los dos tomos de sus Memorias (Nascimento, 1936). A 186 años de su natalicio, vale la pena hacer memoria de su relevancia como pensador y político, destacando los elementos esenciales de sus ideas y evaluando su actualidad en el momento que vive Chile hoy.

Banderas y armas

La trayectoria de Abdón Cifuentes comenzó en la Cámara de Diputados como representante de Rancagua. Su primera gran intervención fue en defensa de la Constitución de 1833, frente al intento de reforma del año 1864. Ese primer discurso demostró la capacidad intelectual del joven parlamentario conservador. La defensa del orden constitucional republicano, la libertad de enseñanza y la libertad de asociación fueron las principales banderas de batalla de Cifuentes a lo largo de su actividad política.

En defensa de la Constitución de 1833 y el orden republicano se levantó contra el gobierno de José Manuel Balmaceda en 1891, redactando el Acta de Deposición del presidente. De igual manera luchó por la libertad electoral, tanto en su oposición al intervencionismo del ejecutivo en los comicios como en la promoción del derecho a voto para las mujeres. 

Su postura constitucional no era una cuestión meramente activista. Cifuentes fue profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Católica desde su fundación hasta el año de su retiro. Su conocimiento estaba al día con las tendencias de la época, especialmente por sus lecturas de Tocqueville, Guizot, Laboulaye y otros autores; así como de la filosofía e historia clásica y la teoría política católica desde Aquino hasta Taparelli. Así, su compromiso republicano descansaba en la sólida base de la filosofía cristiana y clásica en diálogo con las innovaciones de la época moderna. Complementó sus lecturas con importantes viajes formativos a Europa y Estados Unidos.

Por ello se puede comprender la concepción de gobierno representativo que afirmaba Cifuentes: la forma más adecuada para resguardar las libertades fundamentales del hombre y promover la participación de cada ciudadano en la cosa pública. No era un liberal o un demócrata dogmático, mucho menos un absolutista. Era un republicano y un partidario del régimen constitucional.

El campo de batalla donde Abdón más se destacó fue el de la promoción de la libertad de enseñanza contra el monopolio estatal de la educación. Aquella bandera lo movilizó incluso desde antes que iniciara su carrera política en su visión crítica de la educación estatal en la que le tocó recibir en el Instituto Nacional, o los límites que se le imponían como docente del mismo recinto.

El momento de mayor tensión lo vivió en 1872 –como ministro de Justicia e Instrucción Pública de Federico Errázuriz– cuando promulgó el decreto de libertad de exámenes. Esta normativa generó un conflicto enorme con Diego Barros Arana, rector del Instituto Nacional, que terminó en un asalto a su hogar, una acusación constitucional de la que salió victorioso y posterior renuncia de la cartera. Su actividad parlamentaria estuvo dedicada a dar un marco legal al pleno ejercicio de la libertad de enseñanza en el país, ya sea con su oposición al control de la Universidad de Chile sobre el sistema educativo o su proyecto de universidades libres en el Senado.

La educación era fundamental para Cifuentes. Necesaria para el progreso del país y de los más necesitados, para la ilustración de los ciudadanos y, ante todo, el perfeccionamiento espiritual de cada persona. Por ello veía en el monopolio estatal un vicio grave, que restringía la posibilidad de desarrollo de iniciativas educativas, frenaba la innovación de los métodos docentes y anulaba la libertad. Pero la libertad involucrada era preciosa, porque

“La educación de la juventud es un asunto de inmensa trascendencia, es una cuestión social de altísima importancia, que afecta directamente a la libertad de las conciencias y a la libertad de las letras; a las libertades y a los derechos primitivos e inviolables de la familia, a los intereses morales e intelectuales de un pueblo”.

Y, por último, otra de sus grandes banderas fue la libertad de asociación. En el contexto del Chile republicano naciente confluyeron dos tendencias que indignaron a Cifuentes: la poca colaboración entre las personas en agrupaciones libres por un lado y la legislación desfavorable a las iniciativas de la sociedad civil por el otro. Abdón dio testimonio del impulso a la asociatividad chilena, ante todo por su decepción por la poca creatividad de sus compatriotas. Es que en su doctrina, la sociabilidad es un elemento natural, algo necesario al ser humano:

“Si la sociabilidad no es de derecho natural y la asociación es creación de las leyes, no hay derecho ni libertad natural alguna”.

Su discurso sobre la libertad de asociación, en la discusión de la iniciativa de ley donde buscaba modificar el Código Civil para facilitar el modo de fundar y organizar corporaciones y fundaciones, es una pieza completa de filosofía política sobre la importancia de un tejido social robusto para el desarrollo humano y de contrapeso al poder político, con claras referencias a un pensador de cabecera de la época como Tocqueville. Uno de los puntos que advirtió con mayor perplejidad es que en ese entonces era más fácil fundar asociaciones comerciales con fines de lucro que instituciones benéficas. Ante ello, sostuvo con claridad el beneficio de la libertad, poniendo de ejemplo los frutos de la libertad política y económica:

“La amplia libertad de las asociaciones comerciales ha sido el aliento más fecundo de la prosperidad material de las naciones, como la amplia libertad de las asociaciones políticas ha sido la más firme columna de las libertades públicas”.

Estas fueron las principales banderas del intelectual y político, que fueron promovidas y defendidas con múltiples armas cruciales de aquel periodo: periódicos, asociaciones políticas, instituciones educativas, agrupaciones religiosas y culturales y organizaciones benéficas. Dentro de ese amplio espectro, siempre se debe destacar el diario El Independiente, la Sociedad de Amigos del País, la Universidad Católica y los Círculos de Obreros. Cada uno de estos esfuerzos permitieron a Cifuentes plasmar sus ideales y dar espacio para el desarrollo de su doctrina política y la activación del mundo conservador nacional. Por ello se destaca la fundación de la Universidad Católica, que respondió de forma notable a dos grandes adversarios de Abdón: el Estado docente y el ateísmo liberal.

La síntesis conservadora de Cifuentes

Todas estas batallas forman parte de un corpus de doctrina cuyo valor trasciende a nuestra época. Cifuentes logró dotar de forma y contenido el discurso del Partido Conservador, que es su propio discurso al fin y al cabo. En su discurso en la Convención Conservadora de 1878 el mismo ofrece un resumen completo y preciso: 

“Los conservadores queremos mantener los principios fundamentales de las sociedades civilizadas, como la religión, la familia, la propiedad; en una palabra, todo lo que asegura la vida moral del individuo, que une a los hombres entre sí y los liga a un orden superior; lo que sirve para el desenvolvimiento y perfección de la criatura humana”.

Otra de las fórmulas que nos ofrece para sintetizar su proyecto político es todavía más simple, pero controversial: catolicismo y libertad.

El esfuerzo de comprender el planteamiento de Cifuentes debe comenzar por asumir su complejidad e íntima relación con el contexto en que se desarrolla. Abdón es ante todo un católico militante, un hombre de fe que aspiraba a instaurar todas las cosas en Cristo. Por eso mismo vio con malos ojos el avance del liberalismo agnóstico en la educación, la prensa y el poder político. Más aún cuando la mayoría de la población en Chile y las naciones occidentales profesaba la fe cristiana.

Ese instaurar todas las cosas en Cristo tenía un significado especial. No era un planteamiento místico, mucho menos antojadizo. Cifuentes identificaba que en el catolicismo están las raíces de un orden político de libertades. Cómo él dijo muchas veces, la libertad viene del Calvario. En sus palabras contra los parlamentarios liberales que se oponían a financiar el viaje de la delegación de obispos chilenos al Concilio Vaticano I:

“El catolicismo es el que ha restaurado la personalidad humana, anonadada por el despotismo pagano, ante el cual la sociedad era todo, y el individuo nada. El catolicismo es el que, restableciendo la dignidad humana, aseguró la autonomía legítima del individuo y de la familia absorbida por el paganismo”.

Más adelante, en el mismo discurso, pronuncia palabras que en ese entonces deben haber sido objeto de grandes disputas, y hoy también:

“Sí, el sentimiento del individualismo, el sentimiento de la dignidad y de la independencia personal, base de la democracia moderna, se deben al catolicismo y nada más que al catolicismo”.

Es desde esa base que se configura la doctrina de Cifuentes y su proyecto político: la primacía de lo espiritual, la independencia de la Iglesia, el orden republicano, la libertad de asociación y la libertad de enseñanza. Incluso hay líneas de proyección que él mismo inspiró, como el trabajo con los sectores más pobres, la organización y formación de los obreros y la búsqueda de soluciones a urgencias sociales, como se lee en sus discursos “Recuerdos de una tarde en Santiago” (1863) y “Mortalidad de Santiago” (1871).

Novedad y actualidad

Ya en los años 1920 y 1930 la síntesis de Abdón se encontró en cuestionamiento. La crítica elaborada por la filosofía católica al liberalismo y la democracia por pensadores como Jaime Eyzaguirre u Osvaldo Lira a nivel nacional, llevó a postular alternativas como el corporativismo o el tradicionalismo. Recién en la década de los 80, con impulso desde el mundo anglosajón con Ronald Reagan y en el contexto de la Guerra Fría, se genera un nuevo “fusionismo” conservador, hoy denominado -a veces peyorativamente- “Chicago-gremialismo”. Lo interesante es que este proyecto, iniciado por Jaime Guzmán, no se funda en la síntesis de Cifuentes, pero coincide en múltiples de sus líneas.

Si la síntesis de Cifuentes ofrece una respuesta correcta o no es un asunto que merece ríos de tinta. Sí podemos tener una certeza: ofrece sentido y se asienta en convicciones fuertes. Ante los males que hoy se levantan con fuerza en nuestro país como los ataques a la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos, la tentación de suprimir la autonomía de cuerpos intermedios o forzar la afiliación gremial o sindical, la negación de la tradición constitucional, la persecución a instituciones con ideario cristiano y la imposición del materialismo y el nihilismo en el mundo de la cultura es que la figura de Abdón inspira y mueve a izar las banderas, porque:

“¡Hay honra y gloria hasta en ser vencido cuando se cae envuelto en su propia bandera!”

*Jaime Tagle D., Fundación ChileSiempre.

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