La Primera Guerra Mundial propició un profundo cambio político en Europa: se disolvieron imperios seculares, el comunismo triunfó en Rusia y los regímenes liberales parlamentarios entraron en crisis. Con el paso del tiempo se vería el nacimiento de los estados totalitarios, toda una novedad política y social del siglo XX, cuyas manifestaciones más claras sería los regímenes comunista, fascista y nacionalsocialista.

La situación que vivió Italia fue extraordinariamente compleja después de la Guerra. Por mencionar dos ejemplos ilustrativos: en ese país se formó el Partido Comunista en 1919 –el de Palmiro Togliatti y Antonio Gramsci– y, más relevante aún, ese mismo año surgieron los Fasci di Combattimento, que darían vida al fascismo, liderado por Benito Mussolini. Con ello, la historia cambiaría para siempre, no solo en la península sino en toda Europa. 

Precisamente hace un siglo, a fines de octubre de 1922, Mussolini fue llamado a formar gobierno en Italia, lo que marcaría el comienzo de una época dura, compleja, caracterizada por la violencia y la crisis de la democracia en las naciones del Viejo Continente. En buena medida, el líder fascista apeló a la historia remota y reciente, así como a ciertas lógicas nacionales para afirmar su postura, pero también representaba una gran ruptura con el pasado. Después de todo, como afirmaría el gran teórico del fascismo, Giovanni Gentile, el camino al poder había significado una reacción “contra todas las ideologías del siglo anterior: la democracia, el socialismo, el positivismo y el racionalismo; fue la vindicación de la filosofía idealista”.

Sin duda, una reacción y una revolución, que cambiarían la historia.

Mussolini antes del poder

Benito Mussolini nació en Predappio, el 29 de julio de 1883. Tuvo una formación en gran medida autodidacta, y se fue acercando a los sectores de la izquierda de su país y del continente. De hecho, se incorporó al Partido Socialista Italiano, donde alcanzó posiciones de liderazgo entre 1912 y 1914, que lo llevó a la dirección del periódico Avanti. En alguna ocasión había considerado que Marx era el “maestro inmortal de todos nosotros”. También miró con atención a Lenin, el líder bolchevique: las respectivas trayectorias y convicciones, así como las vidas paralelas que desarrollaron el líder bolchevique y el fascista, se pueden revisar en el trabajo de Emilio Gentile, Mussolini contra Lenin (Madrid, Alianza, 2019).

Después se produjo un alejamiento entre el joven y su agrupación, principalmente por las posturas que tenían respecto de la Primera Guerra Mundial, que mostraron una contradicción muy clara entre la neutralidad promovida por el Partido Socialista Italiano y una posición más activa internacionalmente, como la que sostenía el popular redactor de Avanti. Como consecuencia de esta división, Mussolini fue expulsado del partido. Desde ahí en adelante, asumiría una posición nacionalista, que definiría su forma de ver la vida y la política durante el resto de su trayectoria. Esta noción se iría sumando a otras, que se consolidarían tras el término de la guerra: anticomunismo, antiliberalismo y exaltación del Estado.

Sin embargo, sería un error suponer que el proyecto que levantaría Mussolini se basaba en una ideología. Así lo ha sostenido Emilio Gentile, probablemente el mayor estudioso del tema en el mundo: “deseo puntualizar que mi interpretación del fascismo como ‘vía italiana al totalitarismo’ no deriva del estudio de la ideología sino del análisis de su concreta acción de partido y de régimen”. En otras palabras, se trata de un proceso en el cual coexisten –de acuerdo con la “premisa metodológica” del autor– los aspectos propios del ámbito de las ideas con aquellos de carácter organizativo, los culturales con los institucionales, en una “recíproca conexión en la realidad histórica concreta” (Emilio Gentile, La vía italiana al totalitarismo. Partido y Estado en el régimen fascista, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005).

Gran parte del éxito del fascismo está asociado a la capacidad de Benito Mussolini para organizar sus huestes y transmitir sus ideales. Durante la Guerra logró difundir sus posiciones favorables al conflicto a través de un nuevo medio, Il Popolo d’Italia, lo cual le permitió ganar popularidad en algunos sectores. El 23 de marzo de 1919 dio vida a los Fasci di Combattimento, que serían el comienzo del proyecto político que encabezaría durante casi un cuarto de siglo. El nacimiento del futuro fascismo se produjo en la Plaza del Santo Sepulcro, en Milán, con la presencia de apenas unas decenas de personas. Esa es, precisamente, la imagen que marca los inicios del movimiento, como queda registrado en el comienzo de la celebrada novela de Antonio Scurati: M. El hijo del siglo (Barcelona, Alfaguara, 2020), que se refiere precisamente al camino de Mussolini hacia el poder, entre 1919 y 1922: “Nos asomamos a piazza del Santo Sepolcro. Cien personas escasas, todos hombres de esos que casi no cuentan. Somos pocos y estamos muertos. Esperan que yo hable, pero no tengo nada que decir… El realismo que sigue a cada aluvión me ha abierto los ojos: Europa es a estas alturas un escenario sin personajes”.

Posteriormente la situación cambiaría. Mussolini fue capaz de organizar grandes marchas y concentraciones de los fascistas, que le ayudaba a tener un control de las calles superior al efectivo apoyo electoral de su agrupación. Como solía ocurrir en el mundo entreguerras por parte de las fuerzas antidemocráticas, llevó a cabo una doble estrategia, que le permitía utilizar la violencia en muchas ocasiones o respetar la legalidad en otras. Finalmente, pudo unir numerosas posturas negativas que existían en Italia: antiliberales, antisocialistas, anticatólicos, los opositores al Parlamento, a los bolcheviques y a los sindicatos, todos los cuales tenían alguna razón para acercarse a sus posiciones. 

En alguna oportunidad el líder fascista aseguró, con ambigüedad pero sin sentimiento de culpa: “Nos permitimos el lujo de ser aristocráticos y democráticos; conservadores y progresistas; reaccionarios y revolucionarios; legalistas y antilegalistas, según las circunstancias de tiempo, de lugar, de ambiente, en una palabra, de Historia, en las cuales estamos obligados a vivir y obrar” (Benito Mussolini, El espíritu de la revolución fascista, Buenos Aires, Editorial Temas Contemporáneos, 1984).

El programa de los Fasci di Combattimento también podía mostrar algunas contradicciones o integración de posturas ideológicas diversas: promoción del derecho a sufragio de la mujer; rebajar el derecho a voto a los 18 años; abolir la Cámara Alta; ciertas ideas de corporativismo; salario mínimo; jornada laboral de ocho horas; nacionalización de la industria armamentista; impuestos a los más ricos y confiscación de las propiedades de la Iglesia. Sin embargo, con los resultados electorales de 1919 y 1921, Mussolini comprendió que era necesario pasar de ser un movimiento a transformarse en un verdadero partido político: “Es necesario formar un partido bien organizado y disciplinado que sea capaz, cuando se precise, de transformarse en un ejército capaz de utilizar la violencia defensiva u ofensivamente. Este partido ha de tener un pensamiento, es decir, un programa. Hay que revisar, ampliar y, de ser necesario, abandonar nuestros supuestos teóricos y prácticos”. Durante su participación en el Parlamento en 1921, su liderazgo ascendente mostró una evidente ambigüedad y apertura para atraer partidarios o no espantar eventuales aliados, alterando algunas de las posiciones expresadas Declaró que en economía sería liberal y no socialista: “queremos privar al Estado de todos sus poderes económicos”, llegó a decir el 20 de septiembre de 1922. También hizo las paces con la Iglesia Católica, la monarquía y los industriales. “El fascismo no predica el anticlericalismo”, aclaró interesadamente el 21 de junio de 1921. Esa flexibilidad táctica le permitía seguir creciendo en distintos sectores de la población. Como resume Stanley Payne, el fascismo tenía “dificultades” para dar vida a una “teoría política clara”, por lo que sus normas e ideales variaban “revelando una plasticidad considerable, en los primeros años” (en “Fascismo y racismo”, en Terence Ball y Richard Bellamy, eds., Historia del pensamiento político del siglo XX, Madrid, Akal, 2013).

Para entonces, el objetivo era claro, como resumiría el propio Mussolini en 1921 con total seguridad, aunque muchos no lo tomaran en serio: quería “gobernar la Nación… para asegurar la grandeza moral y material del pueblo italiano”. Para lograr ese objetivo utilizaría tanto la violencia como se aprovecharía de la debilidad de las instituciones democráticas. El camino estaba abierto, y la crisis política italiana le mostraba el camino en un tiempo mucho más breve que el esperado.

La Marcha sobre Roma y la hora del poder

En 1921, Mussolini encabezó algunas marchas de lo que serían sus famosas “camisas negras”, que enfatizaría su carácter anticomunista. La violencia no paraba de crecer en las calles y una buena parte se debía a las escuadras formadas precisamente por los fascistas para enfrentarse a sus adversarios. Ese año los fasci pasaron a llamarse Partido Nacional Fascista, que al año siguiente dirigiría su camino al poder. 

Hasta entonces no había lo que podríamos llamar una verdadera amenaza fascista en Italia. Lo que sí existía era una crisis política y una modificación de las mayorías políticas. Los socialistas habían crecido después de la guerra, mientras los liberales y los católicos habían disminuido su representación en las elecciones de 1919. Dos años después, el Partido Nacional Fascista y el Bloque Nacional (que incluía a numerosos fascistas) logró más de cien representantes en la Cámara de Diputados; los socialistas experimentaron un descenso, si bien se mantuvieron como la principal fuerza política; en tanto el Partido Popular (católico) fue la tercera fuerza que superó los cien diputados, de un total de 535. Cerca de diez partidos más eran el reflejo de una gran fragmentación política y de las dificultades para formar un gobierno estable. “Los mayores avances del fascismo –resume Sassoon– se produjeron donde la izquierda había tenido mayor apoyo, en las zonas en las que los choques entre izquierda y derecha habían sido más feroces” (en Mussolini y el ascenso del fascismo).

Mussolini comenzó entonces a apelar a “un Gobierno fuerte”. Las distintas agrupaciones políticas, por diferentes razones, no lograban conformar una alternativa de gobierno estable. En 1922 el liberal Luigi Facta quería dejar el poder; por su parte, a mediados de octubre de 1922 Mussolini realizó una histórica amenaza desde Napolés: “O nos entregan el Gobierno o lo tomaremos nosotros mismos avanzando sobre Roma”. Ante la posibilidad de incorporarse a un gobierno de Antonio Salandra, el líder fascista respondió sin ambigüedades: “El Gobierno ha de ser inequívocamente fascista”. Parece que la historia no tendrá vuelta atrás, e incluso la posibilidad de declarar el estado de sitio para controlar la agitación no había prosperado, ante la falta de voluntad y la imposibilidad de medios para aplicarlo. Mientras Mussolini mostraba determinación y ansias de poder, el sistema político transparentaba debilidad e incapacidad de resistir una amenaza como la que se presentaba. Sassoon lo explica muy bien: “Aunque en realidad no se produjo una ‘marcha sobre Roma’, ni una ‘revolución fascista’ en el sentido en que hubo una revolución rusa, la combinación de violencia fascista desatada y un sentimiento general de aplacamiento entre los miembros del establishment genero un clima psicológico que hubiera hecho difícil que los fascistas fueran aplastados militarmente”.

De esta manera, el 29 de octubre de 1922 el rey Víctor Manuel III encargó a Benito Mussolini que formara gobierno, ante la aceptación general de la clase política y la prensa liberal, y el rechazo comunista y socialista, si bien no hubo una movilización de masas en contra. Quizá operó en esa oportunidad el mismo síntoma y solución que se había dado en otras ocasiones de la historia: frente a casi una década de guerra, violencia, crisis económica y agitación social, los italianos parecían estar dispuestos a resignarse a lograr la tranquilidad a cualquier precio. Al día siguiente los fascistas, que acampaban a las afueras de Roma, entraron a la ciudad histórica, donde Mussolini pronunciaría su discurso inaugural, el 16 de noviembre:

“Caballeros, lo que celebro hoy en esta Cámara es un acto formal de respeto, pero no exijo a cambio especial reconocimiento. Así como en mayo de 1915 las opiniones fueron ignoradas, hoy, en octubre de 1922, ha nacido un Gobierno sin la aprobación del Parlamento. Debo advertirles que estoy aquí para defender y expandir la revolución de los camisas negras, que se convertirán en una fuerza para el desarrollo, el progreso y la reputación de la nación. Podría haber ganado arrolladoramente, pero me impuse límites a mí mismo… Con 300.000 jóvenes armados, listos para cualquier cosa y espiritualmente a mis órdenes, podría haber castigado a todos los que han hablado mal del fascismo e intentado arrastrarlo por el fango. Podría haber transformado esta Cámara gris y sombría en un campamento para mis pelotones… Podría haber clausurado el Parlamento y formado un Gobierno exclusivamente fascista. Podría haberlo hecho, pero al menos hasta el momento, no he querido hacerlo” (Citado por Donald Sasoon, Mussolini y el ascenso del fascismo, pp. 153-154). 

Sin duda, se trata de palabras históricas, definitivas y con advertencias premonitorias. El “mito” llegaba al gobierno.

Hacia el poder totalitario

Con el paso del tiempo, Benito Mussolini estableció una dictadura, clausuró el Parlamento y progresivamente fue conculcando las libertades políticas y sociales. Sin perjuicio de ello, en las elecciones parlamentarias de 1924 obtuvo un sorprendente 65% de los votos, que le permitió elegir 375 diputados, si bien hubo violencia e irregularidades. Una nueva clase política llegaba al poder, así como también una nueva generación. Tenía todo el futuro por delante.

El tema, mirado retrospectivamente, parece muy claro, como sintetiza Emilio Gentile: “El fascismo fue el primer partido milicia que conquistó el poder en una democracia liberal europea, con la declarada intención de destruirla”. Adicionalmente, se trataba de una fórmula para la cual la política era la actividad más importante, a la cual se debían subordinar la vida privada y la social, la cultura y otras dimensiones de la vida humana, en el contexto de un Estado con partido único (en La vía italiana al totalitarismo).

La crisis de la democracia italiana la sintetizó con gran nitidez Antonio Gramsci, el intelectual comunista, al advertir las adhesiones políticas al interior de la Italia de la posguerra: “Las fuerzas sociales eficaces del país se alinean cada vez más o con los fascistas o con nosotros; los partidos intermedios mueren lentamente. La crisis los afecta a todos” (carta a Julia Schucht, Roma, 1 de junio de 1925, en Antonio Gramsci, Antología, Madrid, Akal, 2013, edición de Manuel Sacristán). Para entonces, un problema similar comenzaban a vivir sociedades como la alemana y otras que entrarían en la dicotomía fascismo-comunismo, con una de sus consecuencias más interesantes y peligrosas: amplios grupos se sumarían a una u otra fuerza totalitaria, precisamente para combatir a la otra. El resultado sería, en efecto, el crecimiento importante y decisivo de ambas ideologías, al precio de la destrucción o debilitamiento de las democracias europeas, que se vieron incapaces de procesar la tensión, dejando expuesta su fragilidad.

Conviene concluir con una reflexión del propio Mussolini, confesión expresa de la revolución que había operado en el poder y que desnuda la pereza o torpeza del régimen liberal parlamentario que le entregó las llaves para terminar con la democracia en Italia: “Hemos sepultado el viejo Estado democrático, liberal, agnóstico y paralítico, el viejo Estado que en homenaje a los inmortales principios deja que la lucha de clases se convierta en una catástrofe social. A este viejo Estado que enterramos con funerales de tercera, lo hemos sustituido por el Estado corporativo y fascista, el Estado de la sociedad nacional, el Estado que une y disciplina, que armoniza y guía los intereses de todas las clases, igualmente tuteladas. Y mientras antes, en la época del régimen demoliberal, la masa laboriosa miraba con desconfianza al Estado, y estaba fuera de él, en contra de él, considerándolo cada día y cada hora como un enemigo, hoy no existe un sólo trabajador italiano que no busque su sitio en las Corporaciones, en las Federaciones, que no quiera ser una molécula viva de ese grande, inmenso organismo que es el Estado nacional corporativo fascista” (Benito Mussolini, “Al pueblo de Roma”, en el 28 de octubre de 1926, en El Espíritu de la Revolución Fascista).

Si en noviembre de 1922 advirtió retóricamente que nadie le podría impedir que clausurara el Parlamento o que proclamara una dictadura, el paso del tiempo solo confirmaría que, en ese ámbito, Benito Mussolini tenía razón, para desgracia de quienes lo minusvaloraron, no le creyeron o confiaron excesivamente en la fortaleza de un régimen moribundo. “Todo en el Estado, todo por el Estado, nada fuera del Estado” sería una de las máximas que resumiría el proyecto político propio del régimen totalitario.

*Alejandro San Francisco es académico Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Director de Formación Instituto Res Pública.

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