Durante los últimos años la obra de Mario Góngora -según muchos, el historiador chileno más importante de la segunda mitad del siglo XX- ha experimentado una significativa revaloración. Notas en prensa, jornadas de estudio, la publicación de obras inéditas como su Diario (2013) y su Tesis (2016), y el año 2017 la aparición del libro Mario Góngora: el diálogo continúa…once reflexiones sobre su obra –recopilación de ensayos que reúne a diversos historiadores y filósofos en torno a su pensamiento– dan cuenta de este vivo interés por el historiador.

Con ocasión, ahora, del cumplimiento de los 40 años de la publicación de su más célebre escrito, el Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX,  vuelve a ser pertinente entre nosotros una recapitulación de la actualidad de su obra y su figura.

Nacido en 1915, ante el inminente estallido de la Revolución Rusa, y fallecido en 1985, a pocos años de la caída del bloque soviético, su vida estuvo marcada por la experiencia de la revolución, por el siglo de la revolución: los fascismos, la Segunda Guerra Mundial, el avance de los bloques imperialistas, la Guerra Fría, las dictaduras hispanoamericanas, las guerras de independencia entre los países del Tercer Mundo, la aparición en el escenario mundial de los Estados árabes y africanos, el avance planetario de la técnica, la democracia de masas, la economía capitalista, el totalitarismo, el individualismo norteamericano, el fin de la idea de persona con el colectivismo soviético, la amenaza del materialismo práctico, capitalista o comunista, el reflorecimiento y defensa de tradiciones y nacionalidades como resistencia ante la modernización industrial de alcance mundial… su tiempo fue el tiempo de las grandes transformaciones, las grandes amenazas y también el de los grandes temores.

Ante dicho escenario, donde abundaron optimismos y utopismos progresistas de todo tipo, Góngora mantuvo siempre el gesto incómodo del conservador, del escéptico. No del que vive en el ensueño de un pasado ideal, tampoco del que imagina sus pies en algo ido pero que parece más seguro, sino del que se ha puesto sobre el fondo abisal, del que ha asumido plenamente, y a su pesar, la condición de moderno. Es la figura del que ha hecho suya la modernidad a través de una querella contra la misma; un desesperado, sin nada a qué aferrarse más que a su desenfado frente al mundo que le tocó vivir. Es lo que Antoine Compagnon llamara un antimoderno.

Su obra ensayística, y lo que de ella se desliza alusivamente en la historiográfica, corresponde a aquel esfuerzo por comprender de qué trata el fondo universal de los acontecimientos. En tal perspectiva, hace propia la tradición de los grandes filósofos de la historia, desde San Agustín a Hegel, pasando por Vico, Kant y el idealismo alemán. Pero más aún, la tradición de los filósofos de la cultura –de los diagnosticadores, como a él le gustaba llamarles– desde Herder a Spengler, pasando por Burckhardt y Nietzsche.

Su esfuerzo es el de comprender su época sin dejarse arrastrar cándidamente por el espíritu del siglo. Su ánimo, el de relacionarse con las tendencias epocales desde la sospecha. El historiador, el pensador agudo, diagnosticará una época en crisis, de consumación de lo que Spengler llamara Zivilitation, la extinción del principio vital que anima a la Kultur, esas unidades históricas y espirituales singulares, que expresan un símbolo, un alma con sus propias posibilidades irrepetibles. El diagnóstico gongoriano de la civilización occidental se acerca al del fin de la historia, pero ya no como horizonte utópico, sino como época de disolución, post-histórica si se quiere, si se comprende que la Historia sería, en su idea, la manifestación de lo espiritual en el tiempo.

Lo que Góngora ve aproximarse con la sociedad de masas –y que diagnostica en su Ensayo histórico–, es el “Estado Mundial”: aquel dominio tecno-económico que se abalanza sobre todas las dimensiones de lo humano mediante diversos esfuerzos de ingeniería social, lo que él mismo llamaría “planificaciones globales”, dirigidas a la estandarización planetaria (y que no deja de guardar cierta correspondencia con la crítica al hombre unidimensional de un marxista heterodoxo como Marcuse).

Y si para don Mario lo anterior correspondió a un vaticinio y una distopía, hoy, entre nosotros, parece profecía, la representación por adelantado de lo que temió como el peor de los mundos posibles: la época del nihilismo, post-industrial, del consumo y la información, que ahora figura como una obviedad presta cada vez más a la naturalización. En su comprensión espiritualista del fenómeno humano, esta es la época donde se ha perdido toda referencia trascendente y sagrada del mundo, toda influencia de lo espiritual en las directrices del proceso histórico, abandonado a la pura especulación intelectual, al racionalismo y el materialismo, última negación de la revelación como principio que guía el devenir de los pueblos.

El diagnóstico gongoriano de una civilización mundial y el respectivo dominio de una “ilustración de masas” le llevará a reconocer en la cultura, entendida como lo “anímicamente posible”, un campo de lucha, o al menos de resistencia, si bien silencioso –como él mismo lo era– tanto más valioso y efectivo, pues a diferencia de Spengler –y por sobre todo juicio de pesimista que recaiga sobre nuestro historiador– siempre subrayó que la historia está animada por una fuerza sobrenatural imprevisible, y que “el espíritu sopla donde quiera”, de modo que siempre habrá espacio para la libertad interior, para el “ser-sí-mismo” de “la individualidad espiritual, de un hombre o de una cultura”, y que “ese salto de lo imposible en el mundo humano a lo posible en la trascendencia divina”, es lo inanticipable que se cifra en la verdadera “esperanza”.

El ideario de don Mario corresponde, en este sentido, a un conjunto de ideas cuyo fundamento ha de hallarse, justamente, en la cultura, fase creativa de la existencia de un pueblo, y que para nuestro autor consiste en la tradición. Será la tradición misma la que contiene y despliega estos fundamentos, imágenes que conducen y otorgan cualidad a una comunidad histórica. Y será esto, también, lo que sustraiga a Góngora de una noción de progreso ilimitado y permanente, utópico, pues allí donde una cultura, un pueblo, o una tradición, ha forjado su propia idea-fuerza a realizar, no se trata de progresar hacia un futuro ilimitadamente mejor, sino de preservar primero y de actualizar después, aunque como un mismo movimiento, esta imagen ordenadora.

*Juan Carlos Vergara, profesor de Historia y doctor (c) en Filosofía.

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