Marine Le Pen no vencerá este domingo, pero logrará obtener una votación que superará con creces todo lo alcanzado anteriormente: más del cuarenta por ciento de los sufragios. Ella presenta la elección próxima no solo como una confrontación entre proyectos opuestos de sociedad, sino entre visiones de la civilización enfrentadas: el globalismo liberal defendido por las élites que atenta contra la comunidad nacional se enfrentaría a la reivindicación popular de la nación como proyecto social, político e identitario liderado por un Estado fuerte que la protege.

Como se lee en su manifiesto electoral: 

“Aquello que hoy está en juego, en la situación en que se encuentra nuestro país, ya no es una elección de sociedad sino, lisa y llanamente, un desafío de civilización.”

Jordan Bardella, presidente del partido de Marine Le Pen, Reagrupación Nacional, lo explicó de esta manera en una entrevista recientemente publicada en El País (18/4/2022): 

“Es una elección de civilización, en realidad. O bien la nación que protege, o la mundialización, la desregulación, la desaparición de las fronteras. Es la división entre los localistas y los globalistas.” 

Los grandes enemigos de este proyecto civilizatorio de reconstrucción nacional son la globalización (o “mundialización” como dicen en Francia), la Unión Europea, la inmigración y las ideas liberales. La globalización y la Unión Europea estarían destruyendo a Francia como nación independiente, la inmigración estaría cambiando radicalmente su demografía y su identidad, y el liberalismo cosmopolita estaría minando su cohesión y sentido de comunidad unida por un fuerte “Estado estratega”.

Estas ideas no son exclusivas de Francia, sino muy por el contrario. Parafraseando las célebres palabras del Manifiesto Comunista podríamos decir: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del nacionalismo identitario, antiglobalista y antiliberal”.

Las líneas que siguen son un intento de entender la razón de ser y la fuerza de este “fantasma” que hoy ya gobierna algunos países europeos, como Hungría y Polonia, y cuyo vigor está aún muy lejos de agotarse. 

La globalización y la crisis del demos

Diversos autores han relacionado la compleja situación actual de la democracia a nivel global y el surgimiento de una fuerte resaca populista y nacionalista con una serie de fenómenos relacionados con el proceso de globalización y las transformaciones que el mismo está produciendo en la estructura social de, en particular, los antiguos países industrializados. En esta perspectiva, la raíz más profunda de los problemas que aquejan a las democracias occidentales se encuentra en lo que podríamos definir como crisis del “demos” o “pueblo”. 

Como se sabe, tanto el concepto como la existencia misma de la democracia alude a la existencia de un demos, es decir, un pueblo que se concibe a sí mismo como una comunidad distinta y distintiva de otras comunidades humanas, unida por lazos históricos y culturales, así como por un sentimiento de solidaridad y destino compartido. Puede que se trate de una “comunidad imaginada”, para usar la célebre expresión de Benedict Anderson, pero la existencia de la misma tiene una presencia decisiva para que estemos en presencia de una polis o comunidad política. En la época moderna, esta comunidad ha asumido la forma de y en gran parte ha sido formada por los Estados-nación que han dado origen a la mayoría de los países que hoy conocemos. 

Es sobre esta entidad política que la acelerada globalización actualmente en marcha está ejerciendo una presión disruptiva cada vez mayor. La comunidad nacional, el demos, tiende a disgregarse y es evidente el debilitamiento progresivo de la capacidad de las naciones y sus Estados para controlar los procesos que se desarrollan en su seno, así como para formar a “su pueblo” de acuerdo a ciertas pautas compartidas. Vivimos en un mundo donde la fuerza creciente del “espacio de los flujos” globales o transnacionales está erosionando el predominio y la soberanía del “espacio de los lugares” locales, regionales o nacionales, para usar la interesante terminología de Manuel Castells. 

Una de las reacciones más significativas y preocupantes ante este proceso es la fuerte ola de populismo nacionalista que vemos extenderse desde Estado Unidos hasta Europa. Su telón de fondo es la tensión social creada por las fuerzas combinadas de la globalización, las migraciones y la revolución informática. Frente a ellas, la nación, como conjunto de instituciones regulatorias de la vida social, y lo nacional, como sentimiento de solidaridad mutua y futuro compartido, se debilitan a ojos vista. Distintos sectores de la población enfrentan estos profundos cambios de una manera muy diversa, dependiendo de sus posibilidades de salir airosos ante los nuevos desafíos. 

La rebelión de las élites

Simplificando las cosas, podemos decir que para algunos, especialmente los jóvenes con mayores niveles de educación que abundan en las grandes urbes, se abre, literalmente, un mundo de oportunidades; mientras que para otros, en particular los sectores menos educados de una población adulta ligada a pequeñas o medianas ciudades industriales en decadencia, se abre un abismo que puede o que ya está tragándose sus fuentes de sustento y minando los pilares comunitarios e identitarios de sus vidas.   

Esta divergencia de oportunidades y destino fue tempranamente prevista por el ex ministro del Trabajo de Estados Unidos Robert Reich, en su libro El trabajo de las naciones de 1991, al hablar de sectores más móviles, capaces no solamente de reconvertirse y adaptarse, sino de sacar significativas ventajas de la globalización, y de aquellos más inmóviles, cuyas vidas están atadas, sin muchas alternativas ni capacidad de reciclarse exitosamente, a una cierta localidad, industria o tipo de trabajo, y por ello están expuestos a ser los perdedores del nuevo orden mundial. En todo caso, lo que queda claro para Reich es que: 

“Los estadounidenses ya no suben o caen juntos, como en una gran embarcación nacional. Viajamos, cada vez más, en embarcaciones diferentes y más pequeñas (…) una que se hunde rápidamente, otra que se hunde más lentamente, y una tercera que se eleva de manera constante”.

Esta divergencia ha sido luego constatada por una larga serie de autores. Un buen ejemplo de ello es la obra del destacado cientista político estadounidense Charles Murray que lleva el significativo título de Coming Apart (“Separándonos”). A su juicio, estaríamos presenciando “el surgimiento de clases diferentes a todo lo que el país había conocido antes, tanto en cuanto a su tipo como al grado de separación entre las mismas”. Este mismo fenómeno constituye el tema de Nuestros hijos: El sueño americano en crisis del afamado politólogo de la Universidad de Harvard Robert Putnam.

Sin embargo, la obra más señera acerca de las consecuencias de la disgregación del demos es La rebelión de las élites y la traición a la democracia de Christopher Lasch, publicada hace ya más de veinticinco años. A su juicio, la gran amenaza contra la comunidad nacional y la democracia que ella sostiene ya no proviene, como alguna vez se pensó, de “la rebelión de las masas” (usando el título de la célebre obra de Ortega y Gasset), sino de “las élites” o los ganadores de la globalización, como hoy diríamos, que se desentienden de las mismas y de su destino, encandilándose con las luces del globalismo cosmopolita y desertando su rol de líderes de la nación y portadores de una determinada tradición cultural. 

De esta manera, las élites pasan a formar un estrato transnacional, que encuentra sus pares en cualquier parte del mundo y se comporta como si fuesen turistas en su propio país (y en cualquiera en que se encuentren), siempre de paso, profundamente ajenos a los avatares y sentimientos del resto de la nación. Para ellos, el pueblo, representado en este caso por la “América media” (“Middle America”), forma una masa despreciable de gente atrasada, prejuiciosa y provinciana, idiotizada por la televisión y encandilada por el consumismo de los grandes centros comerciales, que no entiende las maravillas del multiculturalismo, ni aprecia las posibilidades que abre el nuevo mundo feliz de la globalización. 

Para las nuevas élites, esa gente común y su mundo industrial decadente no son más que un estorbo, el peso muerto de un pasado y de una comunidad nacional de la cual se sienten cada vez más ajenos. Hoy sabemos que a la rebelión de las élites de que hablaba Lasch le ha sucedido una verdadera rebelión de las masas, de esa despreciada “América media” que finalmente encontró su paladín en Donald Trump y su desprecio por las instituciones y formas de una democracia que para muchos había sido capturada por la élite transnacional simbolizada por Washington y Wall Street.

La gente de cualquier lugar y la gente de algún lugar

Elaboraciones más recientes sobre este tema son las del sicólogo Jonathan Haidt, que usa las categorías de “globalistas” y “nacionalistas” para analizarlo. También podríamos hablar de cosmopolitas-universalistas contra localistas-particularistas. Los primeros, como dice Haidt en un ensayo publicado en The American Interest en julio de 2016, entonan el clásico “himno globalista” de John Lennon: “Imagine there’s no countries”. Para los nacionalistas, ello no es sino “ingenuidad, sacrilegio y traición”.  

En este contexto, el escritor británico David Goodhart publicó en 2017 un sugerente ensayo en The Financial Times titulado Por qué abandoné mi tribu liberal de Londres. Allí, quien se declara “postliberal y orgulloso”, trabaja con las categorías de “somewhere” y “anywhere” a fin de captar el eje fundamental de diferenciación de la comunidad nacional y el debilitamiento de la democracia que él ve detrás de fenómenos como el Brexit o el triunfo de Donald Trump. Si bien hay mucha gente que vive entremedio, la gran divisoria actual se produciría, siguiendo los análisis de Robert Reich y Cristopher Lasch, entre aquellos enclavados en “algún lugar” y aquellos que fluyen por el mundo y pertenecen a “cualquier lugar”. 

Los primeros definen su cultura e identidad de forma particularista, es decir, como algo distintivo y único, atado a cierta historia, entorno físico y formas específicas de vida, que deben ser preservadas ya que su seguridad existencial depende de ellas. En esto reside, a su juicio, el sentido y misión de la nación. Los segundos, se definen por su pertenencia a una especie de cultura universal, que los hace sentirse en casa en cualquier parte donde encuentren a sus pares, es decir, a miembros de la clase media altamente educada, móvil, bien retribuida y cosmopolita. Para esta “gente de cualquier lugar”, la “gente de algún lugar” son seres atrasados y retrógrados, que se quedaron en el pasado y el provincialismo, destinados finalmente a desaparecer barridos por la “destrucción creativa” schumpeteriana. Los desprecian, así como desprecian su nacionalismo tribal y la contumacia de no querer formar parte, aunque exija sacrificios, del futuro.

La rebelión de las masas francesas

La reacción de la “gente de algún lugar” no se ha dejado esperar y ha remecido todo el escenario político europeo y estadounidense. A la rebelión de las élites le ha seguido una potente “rebelión de las masas”. Esto quedó plenamente claro ya en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa de mayo de 2017, en la que Emmanuel Macron derrotó a Marine Le Pen, y poca duda cabe que esa tendencia se verá fuertemente ratificada este domingo.

Los estudios del voto por Marine La Pen en la segunda vuelta de 2017 muestran que se trata de un voto mayoritariamente popular, que crece en la medida en que nos alejamos de los sectores con más ingresos y más educación de la sociedad francesa. Los principales resultados de la encuesta de Ipsos/Sopra Steria, realizada los días precedentes a la segunda vuelta, nos brindan la siguiente información: El voto más fuerte por Le Pen se da entre los sectores obreros, superando largamente a Emmanuel Macron con 56 por ciento contra 44 por ciento. Lo inverso ocurre con los cuadros profesionales de alto nivel, donde la ventaja de Macron es aplastante (82 por ciento contra 18 por ciento). En cuanto a la educación, la votación más fuerte (45 por ciento) de Le Pen se da entre aquellas personas que solo han alcanzado los niveles educacionales más bajos, pero pierde apabullantemente en los sectores con más alta educación (Macron obtiene el 81 por ciento en esos sectores). Mirando los ingresos de los votantes, Marine Le Pen recibe su más alta votación entre los más pobres (45 por ciento entre quienes tienen una renta mensual inferior a 1.250 euros) y la más baja entre quienes reciben los mayores ingresos (25 por ciento entre quienes disponen de más de 3.000 euros al mes). 

Los análisis sociológicos de los resultados de la primera vuelta de la elección actual, celebrada el domingo 10 de abril recién pasado, confirman y amplifican estas tendencias. Según la misma encuestadora, Ipsos/Sopra Steria, el voto por Le Pen entre los obreros y los empleados duplica el de Macron y supera largamente el de todos los demás candidatos. Entre los cesantes su voto es 2,5 veces el de Macron. A su vez, el voto por Macron prácticamente triplica el de Le Pen entre los cuadros profesionales y directivos de más alto rango. Lo mismo ocurre con la educación, ganando Marine Le Pen entre quienes no tienen educación superior y perdiendo entre quienes la tienen. En cuanto a los ingresos, mientras más bajos sean más se inclina el elector hacia Le Pen. Entre los más pobres, aquellos que reciben menos de 1.250 euros al mes, Marine Le Pen más que duplica el voto de Macron, superando también al candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon.

En fin, todo confirma que el populismo francés de corte nacionalista se ha transformado en el partido popular por excelencia. Es el partido de “la gente de algún lugar” que se siente intimidada por la globalización y la inmigración, que busca la protección del Estado y ve la opción liberal que representa Macron y quienes lo apoyan como una amenaza letal. 

La elección de este domingo tal vez no sea una elección, como pretende Marine Le Pen, entre dos civilizaciones, pero sí lo será entre dos mundos y dos formas de ver el mundo cada vez más alejadas la una de la otra. En todo caso, el demos francés ya no existe más que como un recuerdo o un mito.

*Mauricio Rojas es profesor-investigador de la Universidad del Desarrollo.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta