El crecimiento de un país depende esencialmente del modo como su gente valora y dota de significado a las circunstancias que enfrenta en el transcurso de su historia. Esta verdad sencilla nos enseña que la responsabilidad de hacer surgir un país próspero no es delegable a nadie más que a su propia gente, concretamente, a las capacidad de ellas para descubrir en conjunto un sentido valioso, que las inspire a formar una verdadera comunidad

Sin embargo, ¿por qué nos resulta tan difícil creer que el auge de Chile es consecuencia del modo como miramos e interpretamos la vida? ¿Por qué nos cuesta pensar que una economía sólida no es la causa del crecimiento del país, sino la consecuencia del tipo de valores en los que cree su gente y del modo como ellas se relacionan entre sí? A mi juicio, la razón de que seamos pasivos con respecto al surgimiento de nuestro país reside, precisamente, en el modo como hemos elegido vincularnos. Progresivamente nos hemos habituado a forjar relaciones cada vez más impersonales en la que no comprometemos nuestros anhelos más profundos como seres humanos, sino que a través de ellas buscamos conseguir los intereses que cada uno ansía individualmente. Ciertamente formar sociedades, tales como empresas, grupos deportivos, universidades, escuelas, y otras de diversas índole social, con el objetivo de obtener metas y beneficios resulta algo absolutamente legítimo y necesario para estructurar nuestra sociedad. Ahora bien, si estas asociaciones humanas para perseguir sus metas priorizan criterios de rendimiento y eficiencia por sobre el valor intrínseco de las personas, cooperarán gradualmente a que en el país aumenten los colectivos o grupos de individuos carentes de una sólida unidad.

La  ausencia de ideales trascendentes -como el valor de la amistad y la justicia- explica la razón de por qué estos grupos no ofrecen ninguna resistencia a corrientes ideológicas que propenden a destruir toda comunidad humana, en la cual se forjan lazos profundos y verdaderos entre los seres humanos . En efecto, el peligro más grande de la proliferación de estos colectivos está en que las personas se encuentran cada vez más expuestas a una forma especial de manipulación, distinta de aquella que agrade a través de la violencia física o por medio de la  tortura. Se trata más bien de una manipulación de carácter espiritual cuyo propósito consiste en invadir la intimidad de la persona con pensamientos rígidos que se adueñan de su inteligencia, voluntad y sentimientos, sin que ella apenas perciba el daño al que somete y sin que ella comprenda como tales pensamientos la encaminan hacia posturas extremas, que son de suyo irreconciliables.  

La manipulación ha existido siempre, no obstante, la cultura nuestra ha hecho de la manipulación una verdadera profesión. Las redes sociales contribuyen lamentablemente a esta mentalidad manipuladora a través de falsas noticias,  transmitiendo, sin pausa alguna, una vasta información, que muchas veces no contrasta con la realidad, o si contrasta está mezclada con rumores y con interpretaciones que buscan confirmar las opiniones e intereses de sus usuarios. Desde luego, el hecho que las redes sociales ratifican los puntos de vistas y las motivaciones de sus usuarios genera un círculo vicioso que atrapa la inteligencia de las personas en un mundo de prejuicios que las inhibe acceder a lo real desde toda su riqueza y complejidad. 

Pese a que una parte de la población advierte el poder adictivo de estas redes, muchas de ellas siguen aferradas a este mundo de medias verdades, de meras sombras, porque su capacidad de juzgar y de discernir la realidad se ha adormecido. Esta ausencia de discernimiento causa una verdadera patología de la verdad, que es sencillamente una crisis de sentido y de proyecto vital. 

¿Somos conscientes que estos medios facilitadores de la comunicación humana pueden transformarse en una caverna moderna, análoga a la que describe Platón en el diálogo de la República? ¿Estamos vigilantes de cómo estos medios vulneran nuestra capacidad de discernimiento? ¿Estamos preocupados de desarrollar una educación en nuestro país dedicada exclusivamente a proteger la mente de nuestra gente  de esta potente manipulación?  

 Otro daño aún más severo de esta manipulación espiritual y en el que menos personas reparan, debido a que exige un discernimiento más sutil, está en el tipo de lenguaje que utiliza para conquistar las mentes de las personas. Se trata de un lenguaje con un gran poder subversivo, que da cuerpo a un conjunto de pensamientos, de ideas y creencias colectivas denominadas ideologías. Las ideologías tienen en común la capacidad de estrechar la concepción del mundo, a partir de conceptos pobres expresados en un lenguaje que reduce la riqueza de las palabras más ricas en contenidos -como la palabra libertad y justicia, a sus significados menos importantes. En efecto, las ideologías imperantes de hoy como la ideología de género, la ideología del aborto, la ideología de la eutanasia, la creación de un estado plurinacional y todas aquellas que cooperan al surgimiento de un estado totalitario abogan por ampliar la libertad de las personas y  de los pueblos, sin que nadie ponga en tela de juicio el uso que aquellas le asignan a la palabra libertad.

¿Qué uso le asignan a la palabra libertad todas esas ideologías antes nombradas? Para estas ideologías libertad significa únicamente liberación total de límites, ausencia de cualquier represión que atente contra los deseos de los sujetos e incluso de aquellos que atentan contra el bien objetivo de las personas. Evidentemente, estas ideologías hablan de libertad con un tono fascinante, con un lenguaje seductor  que da la impresión de progreso, cambio, todas ellas, por supuesto, fascinantes por sí mismas, pero silencian la otra cara de la libertad, llamada responsabilidad. Lo cierto es que una vez que las mentes se dejan embaucar por estas corrientes ideológicas, la sociedad se encamina progresivamente hacia un estado totalmente opuesto a esa liberación que ellas mismas prometen. Lo dramático está en que algunas sociedades, como la nuestra, tardan bastante tiempo en sopesar los efectos perversos que subyacen en esta concepción ilusoria de libertad. Un síntoma que nos indica que estamos topando a fondo con esta mentalidad progresista reside en que muchos de nosotros con angustia nos preguntamos, ¿hacia qué sentido nos encaminamos como país? ¿Podemos escribir una constitución sólida que dé estructura a nuestro país sin ideales éticos? La esperanza de Chile no está necesariamente en rehacer una y otra vez la constitución, sino en despertar y hacer justicia  a la realidad y en conducir nuestra libertad hacia la elección de lo más valioso. 

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