Muchas cosas sorprendentes hay en nuestra discusión sobre la eutanasia.

La primera es que la lógica que subyace a la defensa de la eutanasia es similar a la que está detrás del retiro de los fondos de pensiones: “si usted tiene un problema, es cosa suya, nosotros le permitimos resolverlo de una manera que usted pague los costos y no nos incomode a los demás”. Los partidarios de la eutanasia, como los que proponen el retiro del 10%, nos plantean situaciones dramáticas y reales, pero nos hacen pensar que la suya es la única salida. Y no es así. Muchos reconocen que la medicina paliativa es efectivamente una solución para abordar el problema, pero, como puede ser cara, prefieren reservarla a los ricos. En vez de eliminar el dolor, se elimina al paciente.

Todavía más sorprendente es que se impulse a nombre de la autonomía y se presente como una bandera liberal. Si ha existido en la historia un autor liberal que haya reflexionado sobre la autonomía, ese es Kant. Para él, no es autónoma una decisión que se toma apoyada en el mero querer individual. Solo es autónoma aquella que obedece a la máxima de que la humanidad propia o ajena nunca debe ser empleada como mero medio para el logro de objetivos ulteriores, sino que debe considerarse siempre, al mismo tiempo, como un fin. Por eso Kant se opone tajantemente al suicidio. Además, ¿de qué autonomía hablamos? Luca Valera nos ha recordado cómo, de las personas que han intentado suicidarse en los EE.UU., solo el 8,5% de ellas persevera en su propósito: en muchos casos, el resultado de una angustia temporal no corresponde a lo que la persona querría si pudiera decidir libre de presiones. No es casual que en las clínicas suizas que proveen de ayuda al suicidio se haga ingerir a los “pacientes” un fármaco que impide que puedan vomitar el veneno que han tragado. No sea que alguien quiera arrepentirse.

Por último, cuando se habla de un derecho a la eutanasia se olvida que los derechos engendran responsabilidades. Si hay eutanasia y usted es un anciano o un enfermo terminal, no le pida a su seguro que le financie su tratamiento. No faltará mucho para que le suceda lo mismo que a Randy Stroup, un norteamericano enfermo de cáncer al que Oregon Health Plan se negó a financiarle una quimioterapia, pero le indicó que sí cubrirían los costos de un suicidio médicamente asistido. La legalización de la eutanasia lleva a que ancianos y enfermos graves tengan que justificar el hecho de que decidan seguir con vida; se sentirán como una carga inútil para sus familias y la sociedad. Si deciden vivir, pasarán a ser vistos como unos egoístas que ponen sobre nosotros, los sanos, un peso que una simple inyección nos podrá ahorrar. Ahora bien, ¿qué tipo de sociedad es esa? La eutanasia tampoco significa que el Estado impone a ciertas personas la carga de vivir. Para que fuera una imposición, el Estado debería tener la facultad de otorgar el permiso para la muerte que se le solicita. Pero si no tiene esa facultad (porque la vida no es un bien disponible en el mercado o en el espacio público), entonces no hay imposición alguna.

Lo anterior no significa apoyar el “encarnizamiento terapéutico”, donde se mantiene vivas a las personas con medios desproporcionados, lejos de sus familias y en condiciones inhumanas. Una cosa es aceptar resignados que una enfermedad siga su curso y otra distinta es dar la muerte de manera directa. No es lo mismo dejar morir que matar.

*Lee aquí el reportaje «3 razones a favor y 3 razones en contra de la eutanasia».

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