El 4 de agosto de 1871 nació Enrique Molina Garmendia, hijo de Telésforo y Mercedes. La Serena fue la tierra donde llegó al mundo y en la cual vivió sus primeros años, aprendió a leer y a escribir, hizo amigos y comenzó a pensar en su futuro. Su madre falleció cuando él apenas tenía tres años, pero fue muy cercano a su padre. En la ciudad tuvo amigos y celebró el regreso de las tropas victoriosas en la Guerra del Pacífico, durante la cual se vivieron días de inquietud, pero sobre todo un “entusiasmo patriótico y marcial”, como narra en su texto “Infancia y adolescencia (1871-1889)”, que forma parte de su libro Lo que ha sido el vivir (Concepción, Imprenta Universidad de Concepción, 1974).

En su formación de niño tuvo una educación que recordaba de calidad mediana y poco profunda, con profesores de escasa vocación y que aplicaban castigos absurdos. Respecto de los estudios de humanidades –lo que sería la enseñanza secundaria–, dijo que tenían poco de ello, pues no enseñaban “nada de griego ni de latín”. Por su parte él había seguido los cursos de francés, inglés y alemán, pero sin la profundidad que le pudiera permitir realizar traducciones. Algunas lecturas dejaron especial huella en su espíritu: Don Quijote, novelas de Walter Scott, El Conde de Montecristo y Los tres mosqueteros, y ciertamente Martín Rivas de Alberto Blest Gana.

Destacó por ser un buen alumno, e incluso hizo las humanidades en cinco años en vez de los tradicionales seis. No pudo disfrutar del amor de su madre y, en otro plano, terminó sus estudios “con dudas acerca de Dios”. En ocasiones tenía sensaciones de vacío y “soledad en el alma”. En unas páginas dramáticas de sus recuerdos, señala con dolor: “Mi conciencia ha sido sin cesar campo de esfuerzos, conflictos y luchas interiores contra inclinaciones e impulsos adversos al fin de alcanzar el equilibrio”. Incluso en alguna ocasión el conflicto lo llevó a considerar “la idea de suicidio como único término posible a mi profundo malestar”, lo que felizmente no pasó de ser solo una idea.

Después de concluir sus estudios de humanidades se trasladó a vivir a Santiago, para realizar su enseñanza universitaria. Primero ingresó a Leyes en la Universidad de Chile, donde recordaba haber tenido profesores de gran calidad e influencia pública. Sin embargo, no desarrollaría una vida en el foro ni en la política.

La vocación del profesor

Enrique Molina tuvo un tardío y algo interesado deseo por estudiar Pedagogía, si bien posteriormente se consagraría con cuerpo y alma a la educación. La circunstancia se produjo mientras estudiaba Leyes en la Universidad de Chile, y se acercó a él Matías Ríos González, quien le habló sobre el nuevo establecimiento que se había creado en 1889, el Instituto Pedagógico, que buscaba atraer alumnos para que ejercieran las importantes funciones educacionales.

Entre los beneficios para los nuevos estudiantes había una pensión en un buen internado, a lo que se sumaban $25 mensuales para el bolsillo, sin tener que abandonar sus estudios de Derecho. Molina resumiría su decisión de la siguiente manera: “Tentado en un principio quizás únicamente por las ventajas materiales, a los pocos días fui alumno del Instituto Pedagógico”. Sin embargo, de inmediato agregaba: “En esta forma casual se me abrieron el destino y la vocación de mi vida”. En efecto, Enrique Molina sería con el tiempo uno de los grandes educadores de Chile en el siglo XX.

La formación en el Instituto le permitió contar con los profesores alemanes que iniciaron ese importante proyecto educativo: Federico Johow (director), Juan Steffens, Federico Hansen, Rodolfo Lenz y otros. La preparación y sabiduría de los maestros contrastaba muchas veces con el desinterés y pereza de los estudiantes, pero el joven serenense reconocería que era justo dejar estampado que debía mucho al Instituto: “empecé a salir del marasmo en que nos mantenían envueltos los vicios contraídos en el Liceo, aprendí a trabajar, a estudiar, y comencé a sentir el seguro resorte de una disciplina interior” (en “Adolescencia y Juventud (1889-1905)”).

Cuando egresó del Pedagógico, Enrique Molina comenzó de inmediato su carrera docente. Primero se trasladó al Liceo de Chillán, por entonces uno de los más prestigiosos del país. Sin embargo, solo alcanzó a estar un breve tiempo ahí, ya que pronto le ofrecieron ser director del Liceo de Talca, hacia donde se trasladó con decisión y con el interés de realizar cambios en los métodos pedagógicos y procurar un mejoramiento de la enseñanza. Después de unos años se trasladó a dirigir el Liceo de Concepción, ciudad donde se consagraría como una figura de relevancia nacional.

Su paso por el Instituto Pedagógico fue decisivo en otro plano, que describe de la siguiente manera: “Arraigó en mí la idea de que Chile necesitaba más profesores que abogados y educar se me presentó como una misión social. Fue la iniciación en la busca (sic) de un sentido pleno de la vida”. Esa sería una convicción que lo acompañaría por el resto de su existencia, en la realización de sus clases, en los cargos directivos que ejerció y en su reflexión como filósofo y educador.

Entre los amigos y condiscípulos figuraba Alejandro Venegas, con quien compartió labores magisteriales en Chillán y en Talca. Venegas llegaría a ser una malograda figura, después de la publicación de un libro amargo que apareció en el año del Centenario: Sinceridad. Chile íntimo en 1910, que firmó con el apelativo de Doctor Valdés Cange. Esto le granjeó problemas laborales y enemistades, pero no con Enrique Molina, quien escribiría tiempo después un breve pero sentido libro: Alejandro Venegas (Dr. Valdés Cange). Estudios y recuerdos (Santiago, Editorial Nascimento, 1939). En su análisis calificaba a su amigo como un “alma de gran patriota, eximio educador y escritor eminente”.

También conoció a muchas otras personas durante su trayectoria docente. Un destacado alumno de Molina fue Juvenal Hernández, quien le llamó la atención “por su inteligencia, su amor al estudio y su simpatía”. Lo nombró inspector y profesor del Liceo de Concepción, y –más importante aún– con el tiempo llegaría a ser rector de la Universidad de Chile entre 1933 y 1953, por lo cual coincidiría con su maestro en el ejercicio del gobierno de dos prestigiosas casas de estudio. También tuvo la oportunidad de conocer y hacer amistad con Gabriela Mistral, también educadora y futura Premio Nobel de Literatura en 1945.

Molina tuvo muchos reconocimientos. Ejerció como rector del Liceo penquista hasta 1935, en paralelo a su labor en la Universidad de la ciudad. Fue invitado habitual en diversas casas de estudios superiores en América Latina, Estados Unidos y Europa, lo que permitió consolidar su calidad de experto en el tema universitario, además de procurar elevar la calidad de su propia institución y de la enseñanza superior chilena, hacia estándares que se compartían en los países más desarrollados. Paralelamente desarrolló su propia tarea como filósofo y pensador, exponiendo sus reflexiones en numerosas publicaciones.

En el ámbito específicamente político, era de talante liberal, si bien no tenía participación directa en la cosa pública. Sin perjuicio de ello, en agosto de 1947 Enrique Molina asumió como ministro de Educación, en un momento de grandes convulsiones políticas en el país, especialmente por el choque entre el presidente Gabriel González Videla (Partido Radical) y el Partido Comunista, que lo había apoyado para llegar a La Moneda. Entonces se produjo un importante debate sobre si otorgar o no facultades extraordinarias para el Presidente de la República. Durante la discusión, el senador socialista Salvador Allende se refirió a Molina como “uno de los valores morales que no han sido discutidos en la República”, cuya Universidad de Concepción tenía en un aula de conferencias el lema “Por el libre desarrollo del espíritu”, contradictorio con la ley que se discutía. Aprovechó la oportunidad para reclamar que cientos de miles de niños no asistían a las escuelas y liceos, y muchos de ellos vivían en la miseria. En la ocasión, el rector Molina reconoció que tenía presentes a todos esos niños, así como conocía la “miseria” que vivía el profesorado. Sobre el lema universitario, precisaba que se complementaba con otro: “Sin verdad y esfuerzo, no hay progreso”. Esto implicaba que, si “la libertad es para el espíritu lo que el aire para el cuerpo”, también era cierto que “la libertad incontrolada, no sujeta a normas, es desquiciadora, infructífera e inconveniente”. Por lo mismo, veía en el proyecto la posibilidad de dar vida a un ambiente que fuera favorable para “salvar la República, con sacrificio y abnegación” (ambos discursos en la sesión 27ª del Senado, Legislatura Ordinaria, 21 de agosto de 1947).

En un ámbito más cercano a sus intereses y reflexiones, el polifacético educador sostuvo a mediados de siglo: “necesitamos una filosofía que, sin optimismos ingenuos, sea sustentadora de la vida, sea luz y camino para mejor vida” (“Trigésimo aniversario de la Universidad de Concepción”, 9 de mayo de 1951). Aseguraba que esa idea estaba presente en el corazón de su propia casa de estudios superiores, a la que dedicó sus mejores años.

La Universidad de Concepción

La Universidad de Concepción surgió en mayo de 1919, nacida de la iniciativa de la comunidad penquista y no desde el Estado. Un par de años antes habían comenzado las tareas de promoción de la nueva casa de estudios, de la que formó parte Enrique Molina, quien luego sería el primer rector de la Universidad. “A principios de 1917 –señalaba en unas páginas de sus recuerdos– le propuse al Presidente de la República don Juan Luis Sanfuentes que fundara una Universidad… Se excusó de hacerlo con la falta de recursos fiscales y las eternas dificultades financieras”. El resultado fue que, conocida la noticia de la negativa, “fue como una chispa caída en terreno sembrado de pólvora”: rápidamente se formó en el sur el Comité Pro-Universidad y Hospital Clínico de Concepción. Algunos de los documentos han sido recogidos en un trabajo notablemente editado y bien investigado por Sergio Carrasco y Armando Cartes, Actas fundacionales Universidad de Concepción (1917-1937) (Concepción, Editorial de la Universidad de Concepción, 2017, 2 tomos).

Antes de que se pusiera en marcha la casa de estudios, Molina realizó una labor muy notable, al visitar universidades de los Estados Unidos, muchas de las cuales también habían surgido de la iniciativa particular, y que se extendían a lo largo y ancho de ese desarrollado país. Publicó dos libros con sus recuerdos y estudios en dichas instituciones, titulados Por las dos Américas y De California a Harvard. Finalmente, en 1919 asumió como el primer rector de la Universidad de Concepción, cargo que desempeñó hasta 1956.

Uno de sus legados más notables de su labor cultural fue la revista Atenea, que continúa vigente. La publicación tenía una definición hermosa y ambiciosa: “Esta revista, como la Universidad que la sostiene, tratará de servir los intereses de la cultura en todas sus dimensiones. Desde los fundamentales de la industria y de la producción material, hasta los superiores del espíritu y de los valores morales. Desde los de la región, hasta los de la patria toda” (Atenea, Año I, Núm. 1, abril de 1924).

La Universidad comenzó a funcionar con solo 123 alumnos, que pertenecían a las carreras de Dentística, Farmacia, Química Industrial y Pedagogía en Inglés, como recordaría Enrique Molina en su discurso “Los primeros diez años”, del 29 de mayo de 1929. Al cumplir veinte años destacaba que los académicos de la Universidad de Concepción acudían a diversos congresos académicos: el Congreso Internacional de Medicina en 1934; el Primer Congreso de Urbanismo en 1938; las Conferencias Interamericanas de Educación de 1934, entre otros (ver “En el vigésimo aniversario”, pronunciado el 30 de abril de 1939; ambos textos incluidos en Discursos universitarios, Editorial Nascimento, 1956, Tercera edición).

En un ensayo sobre “La crisis universitaria y las funciones de la Universidad”, el rector Molina se jactaba que su institución había puesto la necesidad de hacer de los estudiantes buenos profesionales y hombres cultos antes que el español José Ortega y Gasset mencionara esos fines en su Misión de la Universidad, un libro clásico sobre el tema. En realidad, con el paso del tiempo no cabe duda de que el esfuerzo había valido la pena y que la Universidad de Concepción había logrado consolidarse como una institución prestigiosa, compleja y con un valor que excedía los límites provinciales.

“Durante 40 años, la Universidad de Concepción fue don Enrique Molina y don Enrique fue la Universidad”, resumió en una ocasión Ignacio González Ginouvés, rector de la casa de estudios penquista entre 1962 y 1968 (en “Concepción, don Enrique Molina y la Universidad”, 1974). Precisamente durante su periodo en la dirección institucional falleció el “rector Molina”, el 6 de marzo de 1964. Para entonces, su impacto se había extendido a la ciudad y al país en su conjunto. Han pasado 150 años desde el nacimiento de Enrique Molina Garmendia, un educador y filósofo de gran relevancia pública en Chile.

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