La poeta chilena Gabriela Mistral nos describe con pasión y ternura en su poema, Tierra Chilena, el modo como la belleza natural de Chile, con sus verdes huertos, con sus rojas  viñas, ofrece una tierra capaz de  acoger a su gente, de ser para ellas esa cálida  morada  que les permite  vivir en libertad y celebrar la vida misma. Se trata de una tierra propicia para cultivar la danza, esa actividad recreativa que permite a su gente unirse, abrazarse, expresar corporalmente lo que aman entrañablemente y que da razón plena de todas sus luchas, victorias, llantos, alegrías  y  en fin de toda su existencia. 

¿De qué manera hacemos de Chile esa cálida morada a la cual todos añoramos habitar y  regresar cuando nos ausentamos? En la medida en que nosotros cultivamos un tipo de arte, ya sea un baile, un canto o música que recree la vida de nuestras ciudades, un deporte que nos reúna, tendremos siempre la esperanza de hacer de nuestro país un verdadero refugio, al cual siempre queremos regresar porque es en el arte donde expresamos y esculpimos nuestra propia identidad nacional.

Habitualmente asociamos el arte con una actividad restringida a los artistas profesionales, ya sean actores, músicos, poetas, deportistas famosos que sobresalen por su gran talento artístico, pero raras veces pensamos que todo ser humano, cualquiera sea su condición social y cultural, es potencialmente un artista, es decir, alguien capaz de transformar y de dar forma al mundo  desde su propia intimidad. Ahora bien, decir que todos somos potencialmente unos artistas no significa que lleguemos a serlo de manera espontánea, sino que necesitamos desarrollar un hábito artístico que requiere, ciertamente, del estímulo de la educación familiar y escolar. Sin embargo, esta disposición al arte es una realidad que se encuentra de forma ya naciente en nuestra humanidad y la cultura no es más que el proceso mediante el cual la  dimensión artística se expresa en el mundo y lo transfigura. 

¿Por qué la expresión artística adquiere, en las circunstancias actuales que vive Chile, una mayor preponderancia que el desarrollo científico-tecnológico? La razón más de fondo reside en que Chile necesita reconstruir de sí mismo una historia resiliente que le permita descubrir en las circunstancias difíciles sus verdaderas oportunidades de crecimiento y su valor único como nación. Ciertamente, para que cultivemos esta capacidad de sobreponernos a la adversidad necesitamos desarrollar una actividad que despierte nuestra sensibilidad, que libere todos esos afectos dolorosos que en la vida ordinaria jamás confesamos, ya sea por vergüenza o culpa. No obstante, si lo expresamos a través de un canto, de un poema, o a través de cualquier gesto que estimule la imaginación creativa, esos sentimientos angustiantes tenderán a disiparse y adquirirán para nosotros un sentido reparador. 

En efecto, la experiencia artística involucra toda nuestra humanidad y nos une más con la vida misma que la actividad científica-tecnológica, ya que esta última exige, principalmente, la participación de la razón lógica, que se preocupa de medir, calcular, cuantificar, pero es impotente para comprender el carácter inesperado de las decisiones históricas que configuran a un  pueblo.

El arte tiene la capacidad de sanar los sufrimientos y traumas de las personas en su raíz, mientras que la actividad científica-tecnológica sólo puede controlar hasta cierto límite los síntomas de estos males, pero por sí misma no alcanza a consolar a quien sufre. En cambio, el arte nos regala esa posibilidad de consuelo, ese poder de reconciliarnos con esa parte herida de nuestra historia que rechazamos y que no podemos extirpar, pero si la integramos en una creación artística nos salvamos a nosotros mismos y también a los demás.

¡Quién puede dudar de la necesidad del arte en nuestra educación si comprendemos que nuestros resentimientos podrían sanarse, en gran parte, a través de gestos y actos que representen con belleza esas angustias ocultas nuestras! No se trata de una representación banal que busca refregar en la cara nuestras vilezas, envidias, mezquindades, sino que se trata de empatizar a través de ella la herida de amor que todos llevamos y que solemos siempre negar y ocultar.

Finalmente, ¿cómo el arte  nos ayuda a ser resilientes? El arte no sólo enriquece nuestra sensibilidad, sino que también enriquece la dimensión espiritual de nuestro ser y nos permite educar sentimientos como el amor, la ternura, el agradecimiento, la empatía, la humildad y cualquier afecto que nos liga a la belleza y la trascendencia. En definitiva toda experiencia artística nos embellece por dentro, nos vincula con nuestro origen, con nuestra identidad y nos aproxima  hacia esa realidad que añoramos  y que tal vez en nuestra vida ordinaria nos hace mucha falta. Un signo de que estamos ante  la presencia de una creación artística reside en que ella es capaz de conmovernos hasta las entrañas. Esta capacidad de conmovernos hasta las entrañas  es la manera original del arte para subsanar nuestras heridas afectivas más profundas. 

*María de los Ángeles Astaburuaga es Doctora en Filosofía.

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