Cuando el 9 de noviembre de 1989 miles de ciudadanos berlineses con martillos, chuzos y cualquier herramienta que encontraron comenzaron a derribar el “Muro de Protección Antifascista” que dividía en dos la capital alemana, el mundo fue testigo del hecho que marcaría el principio del fin de la Unión Soviética y de la Guerra Fría. El bloque de concreto y alambres que dividió Berlín por más de 25 años fue el perfecto símbolo de la realidad europea en la segunda mitad del siglo XX. La mitad del continente estuvo bajo la opresión del régimen totalitario bolchevique, ya como estado de la URSS o en su defecto como satélite, que era el caso de la República Federal Alemana.

A más de 30 años de la destrucción del Muro de la Vergüenza, pareciera que la lucha contra los totalitarismos no es más que una cuestión de la generación de nuestros padres y abuelos. Los que nacimos después del año 89 vemos con distancia los sucesos de la Guerra Fría, una historia real pero que no nos afecta y que no nos convoca. Y es que la realidad política del siglo XXI se muestra muy diferente: los problemas que afectan al mundo y el conjunto de soluciones en disputa no responden a la lógica polarizada de capitalismo versus comunismo, democracia versus dictadura o Estados Unidos versus Rusia. Por supuesto que existen conflictos globales, equilibrios de poder delicados y temor a la destrucción masiva -la guerra de Ucrania lo confirma-, pero mediados por actores y herramientas diversas a las que protagonizaron el período entre 1945 y 1990.

¿Qué nos queda a nosotros entonces? El Muro fue derribado y la Unión Soviética se desmoronó ¿nos importa? Sí, y mucho. El fin del comunismo soviético y su órbita de influencia no fue una cuestión al azar. Tampoco es suficiente dejarlo en las múltiples estrategias geopolíticas y militares desplegadas por las fuerzas en combate. Los sucesos del 9 de noviembre de 1989 también exigen recordar el compromiso y la opción política y ética por la dignidad y la libertad de grandes líderes y millones de ciudadanos. Hoy parece ser fácil juzgar críticamente las decisiones políticas y tácticas de aquellos que comandaron el enfrentamiento con la gran potencia comunista pasando por alto la máxima gravedad del momento histórico, donde la amenaza era permanente y extremadamente perjudicial para las naciones. Basta con ver a los países que en este momento siguen bajo el dominio de partidos totalitarios como Cuba, Corea del Norte o Venezuela para dimensionar los horrores de un régimen que aniquila las libertades de las personas.

Los peligros del totalitarismo nos interpelan. La destrucción del Muro fue posible porque las personas quisieron resguardar sus libertades más preciadas. ¿Queremos eso hoy? La hegemonía liberal que siguió al fin del comunismo parece en crisis y desplazada por una agenda progresista -y una populista- donde los pilares del consenso ya no son la democracia y la economía de mercado, sino que el propio interés material, las aspiraciones de colectivos y el subsidio estatal a gran escala de estas necesidades. ¿Estamos libres del totalitarismo? Para ello es necesario volver a ver su naturaleza más íntima.

La respuesta está quizás en aquellos que sufrieron en carne propia las atrocidades del régimen soviético y que, de ese modo, comprendieron en profundidad la esencia perversa de las ideologías totalitarias. Un primer ejemplo es Karol Wojtyla, el sacerdote polaco que años después sería Juan Pablo II. En su encíclica Centesimus Annus (CA), con motivo de los 100 años de la famosa Rerum Novarum, Wojtyla aprovecha la oportunidad de reflexionar sobre el pasado reciente de Europa y su futuro tras el fin de la URSS. Su caracterización del totalitarismo es especialmente valiosa. Occidente hasta el día de hoy describe los regímenes totalitarios en virtud de sus elementos materiales: el partido único, la ideología oficial, el control económico total, etc. Juan Pablo II no niega ello y si bien su punto de partida es la oposición frontal de esas tiranías en virtud de la supresión del imperio del Derecho, a ello complementa:

“A esto hay que añadir que el totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. (…) Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. Entonces el hombre es respetado solamente en la medida en que es posible instrumentalizarlo para que se afirme en su egoísmo” (CA, 44).

El totalitarismo, en cualquier signo, no es solo un sistema político, económico y social. Tiene una concepción de la realidad y de la persona que desecha lo verdadero y lo bueno. Por sobre los derechos fundamentales de la persona se impone la brutalidad del poder total y sus intereses, precisamente porque donde no hay verdad ni bien, no hay justicia y solo prima aquel que es más fuerte. Por ello el Estado totalitario aspira a controlarlo todo, a absorberlo todo.

Sin embargo, el totalitarismo no se agota en los mecanismos que conocimos en el siglo XX. Y en esto Juan Pablo II dejó advertencias claras para todos los tiempos:

“A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (46).

Cuando un modelo, sistema o esquema institucional pretenda fundarse en una imposible neutralidad que esconde la necesaria pregunta humana por la bondad tendrá una potencial deriva totalitaria. El propio sistema democrático está en ese riesgo cuando pretende definir por mayorías circunstanciales cuestiones que involucran a bienes indisponibles de las personas. Cuando el Papa polaco dice que la historia lo demuestra se refiere tanto al totalitarismo visible que fue posible en Europa por las crisis democráticas como al encubierto que avanzaba ya en su minuto y que para nosotros es cada vez más notorio: el aborto, las negaciones a la libertad religiosa y de enseñanza, entre otros.

Un testimonio más crudo lo ofrece Aleksandr Solzhenitsyn. Ruso, historiador y escritor, estuvo preso en un Gulag 10 años. Su comprensión de la perversidad del totalitarismo fue particularmente dura, especialmente interpelando al mundo occidental. En su discurso en la Universidad de Harvard de 1978, Solzhenitsyn comienza aclarando la realidad del conflicto en la guerra fría donde la “división es mucho más profunda y más alienante; la ruptura es mayor de lo que puede parecer a primera vista”. Dirige una denuncia especialmente grave contra los dirigentes occidentales:

“El régimen comunista en el Este ha podido perdurar y crecer gracias al entusiasta apoyo de un enorme número de intelectuales occidentales quienes (¡sintiendo el parentesco!) se negaron a ver los crímenes de los comunistas y, cuando ya no pudieron seguir negándolos, intentaron justificarlos” (Discurso en Harvard, 1978).

Lo que sucede en Occidente, en los ojos del escritor ruso, es la extensión de un control totalitario disimulado, sin la dominación de un Estado omnipotente pero si con “una selección impuesta por la moda y por la necesidad de acomodarse a las normas masivas” que lleva a los intelectuales del mundo occidental a permanecer inmóviles ante las atrocidades que ocurren en Europa del Este y querer conservar un status quo donde todo está estático. O lo que es peor, no son pocos los occidentales que en su insatisfacción material “empuja a muchos a inclinarse por el socialismo, lo cual es una falsa y peligrosa tendencia”.

¿Cómo es posible que los ciudadanos de naciones libres, con conocimiento de los horrores del comunismo, puedan considerar su implantación como una alternativa razonable o hasta necesaria? Solzhenitsyn encuentra la respuesta en la crisis espiritual de Occidente. La génesis de todo esto nos lleva al Renacimiento y la Ilustración que instaló una forma de ver el mundo que distorsiona lo humano:

“La nueva forma humanística del pensamiento, que había sido proclamada nuestra guía, no admitía la existencia de una maldad intrínseca en el ser humano, ni entreveía una misión más elevada que el logro de la felicidad terrenal. Dio inicio a la civilización occidental con una peligrosa tendencia a idolatrar al hombre y a sus necesidades materiales. Todo lo que estaba más allá del bienestar físico y de la acumulación de bienes materiales; todas las demás necesidades y características humanas de una naturaleza superior y más sutil, quedaron fuera del área de atención de los sistemas sociales y estatales, como si la vida humana no tuviese un significado superior. Eso proporcionó su acceso al Mal, que en nuestros días fluye libre y constante” (Discurso en Harvard, 1978).

Volvemos a lo mismo: cuando se niega la verdad, el orden social queda a merced del afán de poder y dominación. La modernidad con sus herramientas técnicas y deseo de progreso logró satisfacer a Occidente por un tiempo, pero cuando no fue suficiente, el salto del liberalismo al totalitarismo se volvió inevitable. “Hemos puesto demasiadas esperanzas en la política y en las reformas sociales” decía Solzhenitsyn “sólo para descubrir que terminamos despojados de nuestra posesión más preciada: nuestra vida espiritual, que está siendo pisoteada por la jauría partidaria en el Este y por la jauría comercial en Occidente”. 

El giro totalitario es una consecuencia lógica de una escala de valores irracional -que encuentra su inspiración en la exaltación de la razón y la decisión de las mayorías- donde el poder y el bienestar llenan al individuo. Eso es lo que justifica aplastar la subjetividad e intimidad de la persona, barrer con las familias y absorber con la iniciativa libre de los ciudadanos. Nuestra generación no está enfrentada a un imperio político totalitario, pero no puede dejar pasar estas advertencias. Los grandes europeos orientales que conocieron el comunismo ya nos dejaron claras señales de aquello que debemos combatir para no dejar avanzar las ideologías del mal aunque sea en versiones incipientes. No hay que ser alarmistas, pero tampoco cómodos o ciegos.

Jaime Tagle D. es ayudante de investigación Instituto Res Publica

Deja un comentario

Cancelar la respuesta