Todos gozamos de un espacio interior en el cual atesoramos el secreto de nuestra personalidad de un modo libre y soberano, gracias al cual podemos cultivar la propia intimidad. Filósofos de la antigüedad, entre los cuales destaca San Agustín, denominan este espacio de la intimidad  humana “cubiculum cordis”, que significa la habitación del corazón, es decir aquel lugar íntimo en que nos interrogamos por el sentido de la propia existencia. Para los  antiguos filósofos, el cubiculum cordis designa la identidad personal del ser humano, el  núcleo de su ser, en el cual concibe sus pensamientos, voliciones y anhelos más profundos. El corazón concierne a la dimensión espiritual de la persona, incluyendo su inteligencia, su voluntad y sus afectos. 

Desde la modernidad hasta nuestros días, esta habitación del corazón ha cambiado de manera radical, ya que el centro del ser humano se ha desplazado del corazón a la razón, reducida a su capacidad técnica. Por otra parte, la palabra corazón ha sido vaciada de su verdadero significado al referirse tan sólo a la esfera de las emociones irracionales del ser humano.

En  efecto, vivimos insertos en una cultura que prioriza la razón técnica por encima del corazón. La causa de este gran aprecio a la razón técnica estriba en que ella es la principal  fuente del  progreso científico-tecnológico, cuyo efecto principal es el aumento significativo del bienestar y la considerable mejoría en la calidad de vida de las personas, tales como la eliminación de ciertas enfermedades, la creación de ciudades cada vez más equipadas de tecnologías avanzadas y en la superación de ciertas formas de pobreza. Sin duda que el desarrollo de la razón técnica origina múltiples bondades para la sociedad, sin embargo, no es la única capacidad que contempla la inteligencia humana, ni es tampoco una facultad que por sí misma pueda abordar la complejidad de la existencia humana, ni menos responder al deseo de sentido anclado en el corazón de cada persona. 

En el caso particular de  nuestro país, esta sobrevalorización de la razón técnica se aprecia particularmente en el ámbito de la educación. Nuestro sistema educativo tiende a considerar la tarea del docente como un conjunto de técnicas, razón por la cual la mayoría de las veces los profesores se ven obligados a destinar mucho de su tiempo a la adquisición de cursos y entrenamientos sobre diversas técnicas pedagógicas, que poco o nada aportan en el quehacer esencial del acto educativo. En efecto, educar es el arte que consiste en guiar, ayudar a dar a luz la intimidad del educando. Pero este arte no se adquiere a través de un método externo, sino que requiere especialmente de esa mirada amorosa del maestro, que sabe cómo iluminar la belleza singular de su alumno, muchas veces desapercibida por los demás. Esa mirada amorosa pone en marcha una verdad antropológica, que consiste en afirmar que todo ser humano aprende desde su propia intimidad y se anima a conocer una realidad cuando resuena dentro de su alma.

Confrontemos esta verdad con nuestra propia historia de vida. Tratemos de recordar cuántos de nosotros experimentamos una transformación personal por la sola presencia de un profesor que supo reconocer en nosotros todas esas posibilidades que disponíamos y que, a causa de su mirada, nosotros pudimos desplegar los talentos, a través, de los cuales, hoy, nos perfeccionamos y mejoramos considerablemente  la vida de los demás.

Son abundantes los testimonios de personas que lograron sobresalir en la vida debido a la dedicación amorosa de un profesor, incluso con serias dificultades de aprendizajes o pocas oportunidades. Unos de estos testimonios corresponde al del  afroamericano Ben Carson, que de la pobreza y de ser tildado el tonto del curso, se convirtió en el destacado neurocirujano, que logró separar a unos siameses unidos por el cráneo y que fue la historia que inspiró la película Manos milagrosa. Aunque el talento brotó del corazón de Ben, sin la  ayuda de un profesor de ciencia , tal vez no hubiera dado el salto de remover dentro de sí mismo su pasión y su capacidad por la ciencia. Ustedes podrán pensar que sólo unos pocos llegarán a cultivar una genialidad como la de aquel neurocirujano, pero lo cierto es que todos llevamos inscritos en nuestra humanidad una grandeza, que muchas veces no reparamos ni sabemos cuán lejos nos puede llevar. 

El sistema educativo en Chile debería poner su principal interés en crear espacios más humanos, que animen a los profesores no sólo a transmitir  conocimientos específicos exigidos por un programa, sino también a que le den importancia al mundo interior de sus alumnos, a partir de preguntas inteligentes e ingeniosas que estimulen la creatividad y el amor al aprendizaje de aquellos, en todos las áreas del conocimiento humano. Este cambio de perspectiva en la educación chilena podría incluso revertir la baja valoración social que se le asigna a la docencia  e  incluso atraería a los más talentosos en las  diversas áreas del saber a querer desempeñarse como docente, ya que enseñar tendría como objetivo principal potenciar e incrementar los talentos de las personas, los cuales constituyen el capital más importante de la economía y progreso de un país. 

¡Cuánta esperanza encontraríamos para el Chile de hoy, marcado por graves problemas económicos y de violencia, si comprendiéramos el verdadero sentido de la educación! En efecto, una persona educada no es centralmente aquella que acumula conocimientos, sino aquella persona que reordena su interior, sabe gestionar sus afectos para elegir lo que es más valioso y significativo en la vida  y lo más importante   anhela ensanchar su mundo para ofrecer hospitalidad a otros seres humanos.  

Finalmente, no olvidemos que economía procede de la palabra griega oikonomía, la cual significa dirección o administración de los asuntos de la casa. Pues bien, ¿qué necesitamos esencialmente para administrar bien los asuntos de nuestra casa nacional? Simplemente educarnos, es decir reordenar nuestras prioridades, determinar nuestro centro y desde allí  acrecentar las posibilidades con la que disponemos y desechar todo aquello superfluo que sólo nos acumulan deudas y no impide invertir en lo que de verdad vale la pena. Principalmente, deberíamos invertir más en humanizarnos, en cultivar nuestro corazón, tal como lo comprendieron los antiguos pensadores, pues sólo de ese modo construiremos una sociedad más plena  y más apta para ofrecer esa paz que tanto anhelamos. 

Deja un comentario

Cancelar la respuesta