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Publicado el 17 de marzo, 2020

Enrique Subercaseaux: Lecciones de Hiroshima

Director Fundación Voz Nacional Enrique Subercaseaux

Guardando las proporciones, muchos en Chile sintieron que el 18-O fue como que cayera una bomba atómica en el país. Resulta interesante entonces ver cómo la cultura japonesa fue infinitamente flexible para abrazar el shock del presente y dotar de un nuevo sentido la existencia de una sociedad que emergió del trance de la Segunda Guerra Mundial con heridas lacerantes, tanto físicas como mentales.

Enrique Subercaseaux Director Fundación Voz Nacional

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La bomba atómica ha sido utilizada en solo dos ocasiones: Hiroshima y Nagasaki. El 6 y 9 de agosto de 1945. Su finalidad era poner término a la Segunda Guerra Mundial. Y así fue.

Puso término a una guerra, pero también puso término a una estructura de ordenamiento social. No ha vuelto a ser usada por sus efectos devastadores. Quemando y aniquilando todo en su radio de acción. Derritiendo la medula de los huesos, hasta convertirla en la miel del mayor oprobio.

La lección fue aprendida por Japón, quien no solo firmó su rendición incondicional a los pocos días, sino que fue, como sociedad, capaz de efectuar un giro copernicano en su manera de funcionar y de desenvolverse. Fue el horror a un castigo nuevo, y terminantemente disuasivo. Pero también fue un catalizador para dotar al individuo japonés de una renovada llama para afianzar su voluntad en una nueva libertad, libre de las ataduras de un pasado que aún conservaba mucho de vestigio feudal.

La cultura japonesa, como es el caso de las culturas del Asia en general, fue infinitamente flexible para abrazar el shock del presente y dotar de un nuevo sentido la existencia de una sociedad que emergió del trance de la Segunda Guerra Mundial con heridas lacerantes, tanto físicas como mentales. Sirvió no solo el pasado histórico, rico en detalles e incidencias, pero un tanto provinciano (era entonces Japón un país muy cerrado al exterior, muy insular hasta mediados de 1860), sino una serie de códigos culturales que se cultivan y mantienen hasta el día de hoy. Acompañado todo este proceso de renacimiento con algunos iconos de la cultura viva, como el cineasta Akira Kurosawa y el escritor Yukio Mishima, dos personalidades de fuerte contraste, pero que supieron comprender los cambios enormes que enfrentó Japón al ser derrotado en 1945.

Este marco referencial de interpretación (menciono dos, pero hay una constelación mucho mayor de artistas) permitieron encauzar una época de cambios profundos, a la vez que sutiles (y de allí su flexibilidad), que permitieron transformar la desgracia en una fuente de oportunidades. Se alejaron sus tesis interpretativas del panfleto y se hundieron en el pasado de la cultura japonesa común, de la memoria atávica compartida. De ella emergieron las renovadas fuerzas para moldear el nuevo espíritu japonés, que privilegia la acción colectiva por sobre lo individual. Pero que, simultáneamente, se asienta en la memoria del individuo, y lo que éste hace con ella como fuerza transformadora, que fue marcando el camino, senda estrecha primero, para un renacer y una hegemonía cultural muy potente.

Japón ha dado al mundo su cultura, sus artistas, pero también sus iconos de consumo, como el Sony-Walkman o el sushi (pero sin queso crema). Ha sido capaz de expandir su soft-power de manera impresionante, en donde ha logrado englobar tanto su pasado como su presente. Su cultura y sus códigos, con sus productos y su “arte visual”: peculiar y colorida manifestación de un mundo en un cambio perpetuo, donde fantasía y realidad se confunden en un crisol multicromo, multidimensional y muy palpable.

A pesar de su caza de ballenas, es un país de enorme respeto del medio ambiente, y donde la contaminación física, atmosférica y acústica están claramente controladas o casi inexistentes. Ello se debe, según se puede observar, a un claro marco regulatorio colectivo, donde la colección de individuos (el colectivo) hacen suya la legislación, la implementan y la promueven. Obviamente las leyes están bien hechas.

Hiroshima hoy es una mezcla de dinamismo y paz. Es claro que la procesión va por dentro y la lección fue duramente aprendida. El desborde de la voluntad, aunque fuera la del supremo líder, produce un estallido y todo vuelve lentamente a su cauce natural. Con un sentido de progresión y de cambio, como el multicolor espectáculo de hojas en otoño.

El shock atómico removió los cimientos del individuo y tuvo como resultado ordenar sus piezas. Prioridades fueron reordenadas y el acervo cultural, la biblioteca de Kafka podríamos decir, inspiró nuevas posibilidades en la vida y creencias de cada cual.

Evidentemente hay que partir de una materia prima rica y sustanciosa. Un acervo compartido, y no individual, que distingue los elementos comunes y los unifica, como un dragón chino de mil piernas, sinuoso, flexible y fuerte a la vez. Es otra mirada a la resiliencia que debe existir en toda sociedad que busque su proyección y progreso. Sin una base fuerte en común, es muy fácil pulverizar sus cimientos y que esta descienda al caos. A que su propia médula se derrita como miel de amargura insondable.

Así como anochece, amanece. El silencio y respeto envuelven al visitante y al vecino. Hay una comunión que permite compartir códigos culturales que (solo) parecen universales.

Hiroshima, hoy, es claramente una muestra viva de posibilidad de cambio, después de pasar sus horas más oscuras, iluminadas solo por el relámpago de la destrucción.

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