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Publicado el 11 de marzo, 2015

Élites y gobernabilidad en Chile

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner
El oficialismo ha cultivado una cultura de élite confrontacional, iluminada, refundacional, con un discurso de sospecha y rechazo hacia los acuerdos.
José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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Dinero (negocios) y política es la forma periodística de referirse a las relaciones entre dos esferas de valor dentro de la sociedad moderna, como las llamó Max Weber, uno de los autores clásicos de la sociología alemana del siglo XX. Más precisamente, entre la élite de la riqueza, los controladores del poder económico y la élite política, los controladores del Estado. Contemporáneamente, en las sociedades capitalistas -tanto democráticas (Brasil, Argentina, España, Francia y un largo etcétera) como no-democráticas (Venezuela, Cuba, China, Rusia, Kazajistán y otro largo etcétera)- dichas relaciones experimentan fuertes tensiones. Es también el caso de Chile.

Pero antes de adentrarnos en territorio nacional, abramos aquí un paréntesis para dar cabida al enfoque sociológico que emplearemos en nuestro análisis del caso chileno. Se trata, claro está, de mostrar apenas el esqueleto de dicho enfoque.

Weber, a quien invocábamos hace un momento, y sus seguidores, conciben a las sociedades modernas como un conjunto diferenciado de subsistemas, cada uno orientado hacia específicos valores (poder en el caso de la política, lucro en la economía, verdad en las ciencias, amor en la esfera de la intimidad y así por delante). A su vez, los diferentes actores se constituyen y funcionan, por así decir, en torno al valor fundamental de cada una de esas esferas. Su acción adquiere sentido en referencia a ese valor: el poder para los políticos, la ganancia para los empresarios, la verdad metodológicamente verificada para los científicos.

La suma de estos universos de sentido, sostenía nuestro sociólogo, cada uno funcionando sobre su propio eje axiológico, confería a las sociedades modernas su carácter policéntrico; es decir, agregamos nosotros, de esferas autónomas presididas por una pluralidad de élites.

Así, la modernidad trajo consigo el politeísmo de los mundos de vida con su pluralismo de valores: mundos de la política y la economía en primer lugar, <ya lo vimos>, pero una pluralidad de mundos adicionales: religioso, científico, artístico, militar, educacional, periodístico o mediático, del derecho, el deporte, las relaciones íntimas, en fin, una lista en permanente cambio y expansión. Cada vez más mundos y actores especializados buscando definir su territorio autónomo, su propia lógica de acción y su principio axiológico. Las tribus del tiempo moderno; nuestro politeísmo.

Solo que la autonomía de las esferas o subsistemas prevista por el análisis weberiano no se sostuvo más allá del despuntar de la modernidad. Si bien las bases de la división del trabajo sistémico subsisten hasta hoy -en el sentido que cada esfera se especializa en la provisión de servicios y valores propios-, la autonomía y lo que algunos autores llaman autoreferencia de esas esferas han dado paso a un densa red de interacciones, entrecruzamientos, desbordes, intercambios, efectos transfronteras, flujos y reflujos que crean un orden social más dinámico a la vez que más tenso y contradictorio.

Efectivamente, el dinero y la política se entremezclan de mil maneras inesperadas, la ciencia penetra en todas las demás esferas con sus fuerzas racionalizadoras, el Estado panóptico y las tecnologías intrusivas supervisan minuciosamente la intimidad de las personas, el subsistema mediático y de las redes sociales se entromete en los universos de la educación y la intimidad, etc.

En el trasfondo ocurren tres procesos principales que transforman la faz diferenciada de la modernidad temprana (cuando las esferas de valor se autonomizaron del poder omnicomprensivo de la religión) y producen el verdadero collage en que se ha convertido la modernidad tardía o posmodernidad.

Primero, el incesante avance de la economía y los mercados que “colonizan” y mercantilizan a las demás esferas poniéndole un precio a todo, al punto que algunos pensadores buscan establecer What money can’t buy (lo que el dinero no puede/debe comprar).

Segundo, la secularización o racionalización y cientificación de la cultura, que lleva a su “desencantamiento”, pérdida de misterio o aura, muerte de los dioses, destrucción de las tradiciones y conversión del entorno en ambientes artificiales, racionalmente diseñados, organizados y administrados.

Y, tercero, la individuación de los sujetos y las sociedades como producto de la comodificación del trabajo humano (su conversión en una commodity o mercancía), la libre elección de valores y la contractualizaciónn de las relaciones humanas.

Debemos terminar aquí con este excursus sociológico. Baste señalar, para cerrar el paréntesis, que cada uno de los tres procesos antes descritos da lugar a fenómenos de resistencia, reacción y contramarcha. Así podemos observarlo, por ejemplo, (i) a propósito de los procesos de descomodificación o desmercantilización que tienen lugar en las esferas de la educación y la salud; (ii) del resurgimiento de las religiones -bajo la forma de sectas, movimientos espirituales, iglesias, ejércitos y Estados- y de diversas formas de reencantamiento del mundo (ecología profunda, panteísmo, chamanismo); y (iii) de la reivindicación comunitaria bajo nuevas formas de solidaridad, fraternidad, redes sociales, éticas de la donación, economías de la reciprocidad.

Cerrado el paréntesis regresemos a Chile y a la situación de sus élites envueltas en la desdiferenciación (o deconstrucción) de las modernas esferas de valor y en los procesos de trasfondo y las reacciones que ellos desencadenan. Dicho telegráficamente, a la manera de bullet points:

  • Efectivamente, las élites dentro de las diversas esferas de valor o subsistemas están siendo golpeadas por el oleaje de los procesos estructurales que acabamos de describir y como alguna vez dijo Erik Hobsbawm, el historiador inglés, sienten ahora cimbrar el piso bajo sus pies.
  • Buscan trabajosamente adaptarse a los cambios de sentido y crisis de valores de sus respectivos mundos: corrupción en las esferas de poder, vicios de gobierno corporativo de las empresas, pérdida de legitimidad de los agentes políticos, comercialización de las actividades de conocimiento, disgregación de la institución familiar, pedofilia en las iglesias, pérdida de autoridad en el mundo educacional, trvialización de la imagen del mundo en el ámbito de la comunicación masiva, etc.
  • Esto genera un momento de debilidad y readaptación generalizada de nuestas élites, que coincide con fenómenos de renovación generacional, cambios de carácter ideológico-cultural, impacto de la globalización y transformaciones del vínculo de las diversas élites con los componentes no-élite de sus respectivos universos y, en general, con la sociedad civil, la gente, las masas, la calle.
  • Lo anterior puede apreciarse en la desorientación que manifiestan contemporáneamente las diferentes élites, particularmente en el campo de la política (gobierno, parlamento, partidos), la conducción empresarial, las iglesias, la educación, algunas disciplinas y profesiones como la economía y el derecho, y la academia ligada a la deliberación pública.
  • Asimismo, se manifiesta en las zonas de turbulencia creadas en los puntos de entrecruzamiento de las diversas esferas de valor: política y negocios, educación y lucro, salud y mercados, tecnoburocracia y movimientos sociales, política y
  • En estas condiciones se acentúa el papel de los medios de comunicación y las redes sociales como activos espacios de escándalos, los que manifiestan una nueva relación de poder entre la élite mediática y las demás élites ahora sometidas a un constante escrutinio, vigilancia y régimen de transparencia activa (que los media sin embargo no aplican a sí mismos).
  • Las élites, a su vez, contribuyen poderosamente a su propio debilitamiento al adoptar -como se ha vuelto moda- un discurso entre plañidero, de culpabilidad, estancamiento y reconocimiento de la crisis en que se hallarían envueltas, que ellas mismas se encargan además de calificar como grave, trascendente, epocal.

Entonces la pregunta que cabe plantearse a la hora de concluir es si acaso en el cuadro descrito se halla garantizada la gobernabilidad de la sociedad o bien podrían estarse generando condiciones para un desbordamiento, una suerte de desorden en el vértice de la sociedad.

La respuesta, desde el punto de vista que hemos explorado aquí, radica esencialmente en la capacidad de las élites de ordenarse, retomar sus responsabilidades de conducción y abrir paso a un proceso de renovación de sus vínculos con las subélites y no-élites de sus respectivos campos y con la sociedad en su conjunto.

El papel de pivote debe ejercerlo la élite política y, más precisamente, el gobierno como encargado en última instancia de abordar, administrar y superar las crisis sistémicas; es decir, que afectan al conjunto de las élites a cargo de las diferentes (entremezcladas) esferas de valor o campos especializados de conducción social.

Corresponde al gobierno Bachelet, y no solo a la Presidenta, rearticular el cuadro de conducción del país, convocar a las diferentes élites a participar en un esfuerzo común y construir soluciones -o vías de superación- que comprometan la participación y el apoyo de la gente.

¿Podrá hacerlo?

Difícil saberlo. La Presidenta y el gobierno han dado señales y puesto en marcha un proceso en la dirección descrita. Pero el liderazgo presidencial ha perdido vigor y el gobierno no ha probado aún tener capacidades de gestión política a la altura de las exigencias del momento. Los partidos de la Nueva Mayoría oscilan entre cabezas ordenadas, que captan el cuadro entero (el big picture) y cabezas desordenadas, que se pierden en medio de los síntomas de superficie y de su propia confusión. El bloque oficialista entero ha cultivado hasta ahora una cultura de élite confrontacional, iluminada, refundacional, con un discurso de sospecha y rechazo hacia los acuerdos y la articulación de diversos intereses y visiones. Ahora necesitaría ir en la dirección contraria. Veamos si de la necesidad hace una virtud.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

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