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Publicado el 18 septiembre, 2020

Eleonora Urrutia: Violencia en Estados Unidos, o cómo Trump está reduciendo la brecha

El electorado que todavía está en juego tiene casi dos meses para decidir qué guerra es más inquietante, la de las calles o la del propio Trump. Pero a medida que pasan los días y de seguirse confirmando que la izquierda demócrata se ha vuelto ciertamente loca, los votantes estarían cada vez más cerca de darse cuenta y actuar en consecuencia.

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Pareciera que fue ayer cuando los conservadores en los Estados Unidos concluían, después de una larga batalla, que habían perdido la guerra cultural, abrumados como estaban por campus universitarios y medios de comunicación que imponían como la nueva normalidad la preocupación excluyente por la identidad, la raza y el género. Nadie puso a votación esta imposición, pero las guerras se ganan, no se debaten.

Hace cuatro años, durante la anterior campaña presidencial, Hillary Clinton cometió el error táctico de identificar a los perdedores de esa guerra cultural como “deplorables”, lo que provocó la agitación de muchos de ellos que se movilizaron para llevar a Donald Trump a la presidencia. Esta elección y esta campaña, sin embargo, no iban a pivotar alrededor de la cultura; hace poco más de tres meses, se trataba de un solo planteamiento: Trump. Los demócratas querían que el presidente fuera el principal tema de votación, y ese es el enfoque que el propio Trump prefiere, cayendo siempre en su trampa.

Pero luego vino el desafortunado episodio de George Floyd en una perdida calle de Minneapolis, y como secuela el tema se ha trasladado, increíblemente, hasta Portland. En efecto, el desastre de Portland se ha convertido en un proxy para casi cien días de marchas callejeras, disturbios, monumentos históricos destruidos, incendios, saqueos, tiroteos, el surgimiento del movimiento racista Black Lives Matter y policías asediados en varias ciudades que soportan una lluvia de rocas y hostigamientos. Trump ha calificado al alcalde de la ciudad, Ted Wheeler, como “un tonto que no hace nada”, aunque quizás haría mejor en nombrarlo presidente honorario de su campaña de reelección.

De hecho, una encuesta de Monmouth realizada esta semana encontró que el 65% de los encuestados dice que “mantener la ley y el orden” es un gran problema. Las afiliaciones partidarias auto identificadas de la encuesta son 28% republicanas, 41% independientes y 31% demócratas. He aquí la bomba de tiempo de estas elecciones: entre los negros “no republicanos” y otras minorías, más del 60% está de acuerdo en que el desorden civil se ha convertido en un gran problema, mientras que solo el 46% de los blancos no republicanos lo ve así. Parece que el lugar donde uno vive explica mucho sobre la cosmovisión demócrata.

Hace tiempo que se desvanecieron las obsesiones diarias de los principales medios de comunicación sobre la colusión de Rusia, la investigación de Mueller, las audiencias y el juicio político de Adam Schiff. La pandemia del coronavirus, por otra parte y por sí sola, habría sido suficiente tema como para que los votantes se debatieran sobre las opciones posibles. Pero la lista de problemas de votación 2020 ahora incluye temas como el orden civil y si la policía lo protege o lo impide, el significado de crimen, interpretaciones novedosas de la historia fundacional de Estados Unidos, el patriotismo, la libertad de expresión como un derecho versus la cancelación de la cultura como una necesidad social, e incluso el derecho de la Segunda Enmienda a portar armas en situaciones extremas, como cuando incendian el negocio de toda una vida. Ciertamente, los violentos han jugado un papel clave en este último sentido, pero mucho más impactante ha sido el espectáculo brindado por la policía y las autoridades políticas en todo Estados Unidos que se enfrentan noche tras noche al comportamiento delictivo dirigido a las vidas y los medios de subsistencia de ciudadanos inocentes y respetuosos de la ley, sin hacer absolutamente nada. Las ventas récord de armas para 2020 también pueden tener implicaciones en los estados indecisos o swing states cuando se vote el próximo 3 de noviembre. Solo en Pensilvania, la National Shooting Sports Foundation calcula que este año hay 276.648 propietarios de armas por primera vez. Para poner esto en perspectiva, en 2016 Donald Trump ganó el estado por solo 44.292 votos.

Joe Biden y la mayoría de los demócratas no hubieran elegido este camino para la elección, pero la izquierda ama la guerra cultural así es que han visto en esto la oportunidad de insistir con la imposición a la fuerza y con violencia de lo que ellos consideran son los valores que deben reinar en una sociedad. Los estadounidenses normalmente son lentos para alterar las lealtades políticas, pero lo que parece estar inclinando la balanza es la demostración diaria de los gobiernos progresistas de las principales ciudades estadounidenses – Filadelfia, San Francisco, Chicago, Boston, Dallas, San Antonio, Seattle, Orlando, Florida, St. Louis, el distrito de Queens de la ciudad de Nueva York y otros tantos – de ser totalmente incompetentes frente al escenario caótico que sus propios partidarios presentan.

Es sabido que en los Estados Unidos primero se vota contra la violencia en las calles, contra las protestas que generan disturbios y contra la delincuencia; sólo si estos temas están tranquilos se dedican a elucubrar sobre otras aspiraciones. Y sucede que en solo tres meses los funcionarios demócratas de una ciudad tras otra se han mostrado incapaces de ejecutar las más mínimas responsabilidades de gobierno en este sentido. Algunos ni siquiera parecen interesados en resolver los problemas que los aquejan, como el alcalde Bill de Blasio de la ciudad de Nueva York. De hecho esta semana 160 de los principales líderes empresariales de la ciudad le enviaron una carta titulada Alianza por New York declarando que “Necesitamos enviar un mensaje fuerte y consistente de que nuestros empleados, clientes y visitantes regresarán a un ambiente de trabajo seguro y saludable. La gente no regresará a menos que sus preocupaciones sobre la seguridad y la habitabilidad de nuestras comunidades se aborden rápidamente, con respeto y justicia”. Eso es decirlo con suavidad. Los dos mandatos del Sr. De Blasio han sido un lento descenso al desastre que los neoyorquinos experimentan a diario, desde el aumento de la vagancia y el uso público de drogas hasta el mal funcionamiento del metro, escándalos en el programa de vivienda pública y escuelas estatales que fracasan en masa. El prolongado bloqueo económico de la ciudad, la nueva ley estadual de fianzas que dificulta la detención de sospechosos después de un arresto y un recorte de mil millones de dólares al presupuesto de la policía han magnificado el creciente desorden.

Hasta que este nuevo escenario irrumpiera, la izquierda existía en mentes de algunos como la política de prohibición de combustibles fósiles o como la cancelación de oradores conservadores en las universidades, e incluso el socialismo de Bernie Sanders podía minimizarse como un proyecto de reorganización económica quizás interesante pero difícil de lograr. Hoy en día, en cambio, la ruina de grandes franjas de ciudades estadounidenses es real y, peor aún, resulta justificada a diario por la izquierda demócrata como la revolución social que los Estados Unidos necesitan.

La campaña de Trump vio las implicancias políticas de estos eventos y armó una  impresionante Convención Nacional Republicana que terminara hace un par de semanas pivoteando sobre la idea de volver a lo básico, con discursos sustantivos y bien escritos de gente común, incluidos estadounidenses negros que disienten de la sabiduría ahora convencional de los demócratas sobre Black Lives Matter. La izquierda canceló a Francis Scott Key, autor del himno norteamericano y los republicanos respondieron cantando a viva voz Star Spangled Banner.

Antes de esto, la guerra cultural se había perdido efectivamente porque la izquierda, con el apoyo de las plataformas de formación de opinión, obtuvo la aquiescencia a sus puntos de vista de parte de muchas instituciones importantes. Sin embargo, no hay institución más importante que la Ciudad Americana, y la izquierda demócrata ha dejado que la vida civilizada se degrade en ella sin pensar en poner límites al desorden. Es precisamente debido a estos eventos perturbadores y a las ideas que les dan fuerza que pareciera que algunos independientes, habitantes de los suburbios y demócratas centristas anti-Trump estarían reconsiderando en dónde están sus propios intereses. No se trata de exagerar la desventaja demócrata, porque si bien Trump tiene a Ted Wheeler, Joe Biden tiene a Trump. 

El electorado que todavía está en juego tiene casi dos meses para decidir qué guerra es más inquietante, la de las calles o la del propio Trump. Pero a medida que pasan los días y de seguirse confirmando que la izquierda demócrata se ha vuelto ciertamente loca -si definimos comportamiento irracional como una negativa a reconocer el daño causado, principalmente a los vecindarios negros e hispanos por la violencia catastrófica, calificaría- los votantes estarían cada vez más cerca de darse cuenta y actuar en consecuencia.

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