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Publicado el 30 octubre, 2020

Eleonora Urrutia: Trump vs Biden: EE.UU. (y el mundo) se la juegan

Estamos ante la jugada final, la mente de la mayoría está decidida y más de 57 millones han votado ya. Es claro el liderazgo de Biden en todo el país y la ventaja más pequeña pero consistente en la mayoría de los estados pendulares, por lo que el resultado parece irreversible. Aun así, hay poco aire de derrota entre los partidarios de Trump y ningún triunfalismo entre los demócratas. Y eso huele raro.

 

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A cuatro días de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el ex vicepresidente Joe Biden, y candidato del Partido Demócrata, está muy por delante del republicano Donald Trump en los estados clave de la elección, llamados “estados pendulares”.

Estado pendular o bisagra (swing state) o estado en disputa​ (battleground state) son expresiones mediáticas para referirse a estados que no tienen un candidato claro en las encuestas y por ello suelen ser los objetivos primordiales de los partidos en las presidenciales; quien gane en éstos tiene mayores posibilidades de ganar las elecciones. Los estados no pendulares (non-swings states) suelen llamarse también estados seguros (safe states) ya que se sabe, a través de encuestas o por tradición de voto, el candidato a ser elegido e incluye a los tres estados más poblados: California, New York y Texas.

La existencia de estados pendulares y de estados seguros se debe a que el presidente de Estados Unidos no se elige por voto directo, sino a través del Colegio Electoral, siendo necesarios 270 (sobre 538) votos para asegurar la Casa Blanca. Salvo en Maine y Nebraska, todos los electores de un estado se asignan al partido que obtuvo más votos en ese estado. Un estado se considera seguro si las encuestas dan gran ventaja a un candidato, y en caso contrario se lo considera pendular. Como consecuencia de este escenario, la campaña se centra en los estados pendulares, donde ambos partidos consideran que tienen oportunidades de ganar.

Las encuestas 2020

Así las cosas, en Michigan y Pensilvania, donde Trump ganó por márgenes muy estrechos en 2016, Biden lidera en más de cinco puntos porcentuales. La carrera está más cerca en el crucial estado de Florida, pero con margen a favor del candidato demócrata, cuando en el 2016 figuraba empate. Algunas de las contiendas más reñidas, incluso, se dan en estados que Trump ganó de manera contundente en 2016: en Wisconsin están separados por menos de medio punto porcentual; Carolina del Norte y Georgia han votado a los republicanos en nueve de las últimas diez elecciones presidenciales, pero están en duda este año. De manera similar, existen carreras disputadas en Ohio e Iowa, ambos estados en los que Barack Obama ganó en 2012 pero donde Trump venció a Clinton en 2016.

Otros estados con problemas para el actual presidente incluyen Arizona, un estado en el que solo un candidato presidencial demócrata ha ganado en los últimos 70 años, y Texas, donde la ventaja electoral de Trump se ha mantenido por debajo de cinco puntos porcentuales durante gran parte del verano y, comparado con las proyecciones 2016, ha caído considerablemente en las chances de ganar, situación que empeora porque se trata de estados más bien tradicionalmente republicanos.

En el agregado nacional, las encuestas muestran que Biden tiene una ventaja significativa. La cohorte masculina de la tercera edad en particular, grupo que ayudó a impulsar a Trump a la victoria en 2016, ha mostrado signos de desaprobación hacia el manejo de la pandemia del Presidente. Por su parte, si bien Biden tiene una ventaja sustancial entre los votantes latinos, un grupo demográfico en crecimiento en estados indecisos como Arizona y Florida, algunas encuestas sugieren que es menos popular que Barack Obama en 2012 o Hillary Clinton en 2016. Pero ha mantenido una enorme ventaja de recaudación de fondos sobre Trump, lo que le da la capacidad de publicar anuncios de pared a pared en esos estados clave.

La última encuesta de seguimiento de las elecciones presidenciales de IBD/TIPP 2020, encuestadora que más cerca estuviera en el 2016 de pronosticar el triunfo del actual presidente, sugiere un cambio en la carrera a favor de Trump –aunque sin darle el triunfo- después de que la ventaja de Biden se estabilizara cerca de siete puntos durante los tres días anteriores al debate final y habiendo registrando su ventaja más amplia -de 8,6 puntos- el 13 de octubre. El apoyo del 46,3% de Trump es un nuevo récord en la encuesta presidencial IBD/TIPP, superando su participación de votos del 46,1% en 2016. Sin embargo, Biden se mantiene 2,5 puntos por delante del porcentaje de votos de Hillary Clinton en 2016, siempre de acuerdo a esta encuesta.

En medio de los altibajos en las encuestas Biden vs. Trump, algunas características clave que favorecen al demócrata se han mantenido consistentes: Trump está perdiendo una pequeña pero significativa parte de sus votantes de 2016 y Biden tiene una sólida ventaja en los suburbios y una amplia ventaja entre quienes votaron por un tercero o no votaron en 2016.

Biden lidera cómodo, y sin embargo…

Estamos ante la jugada final, la mente de la mayoría está decidida y más de 57 millones han votado ya. Es claro el liderazgo de Biden en todo el país y la ventaja más pequeña pero consistente en la mayoría de los estados pendulares, por lo que el resultado parece irreversible. Aun así, hay poco aire de derrota entre los partidarios de Trump y ningún triunfalismo entre los demócratas. Y eso huele raro.

Mientras que los partidarios de Trump creen que ganará debido a su magia especial, sus enemigos temen que gane debido a su magia oscura, y los encuestadores y expertos miran los datos y se preguntan cómo cuantificar esa supuesta magia insondable. Es notable que todos, partidarios y detractores, valoren tanto los poderes del presidente o esa capacidad para sacar un conejo de la galera. Sin embargo, la lógica lleva a pensar que Trump no es mago y que se enfrenta a una gran pérdida, y por la forma en que actúa en general en estos últimos tiempos, él también lo piensa.

Pero hay algunos puntos que contradicen esa imagen de la derrota. Uno es el porcentaje de votantes registrados que, preguntados por Gallup en su tradicional encuesta elaborada desde 1984 si están mejor personalmente que hace cuatro años, contestaron que sí. ¡Cincuenta y seis por ciento, en una pandemia, después de protestas, disturbios y recesión están mejor! Es solo una encuesta, pero después de Gallup, otra encuesta del New York Times/Siena hizo la misma pregunta, y el 49% respondió en igual sentido. Sin embargo, lo interesante es que cuando Siena preguntó a los encuestados si el país estaba mejor que hace cuatro años, solo el 39% dijo que sí. No se sabe con certeza qué significa esto; si la encuesta es más o menos correcta, la pregunta que sigue es si votará la gente en base a sus propias circunstancias o por lo que perciben como las del país.

El segundo dato tiene que ver con las imágenes y hacen referencia a los actos de campaña de Trump: grandes, bulliciosos y frecuentes. Ha estado en Michigan, Carolina del Norte, Ohio, Wisconsin y New Hampshire en poco menos de dos semanas. “El Aeropuerto Municipal de Gastonia estaba lleno, hombro con hombro, el miércoles por la noche cuando aparecieron decenas de miles de personas”, se lee en un informe de noticias local de Carolina del Norte. Biden no parece atraer mucho a nadie y, además, no lo intenta. No tiene mítines, y apenas hace apariciones en este momento. Es posible pensar, siguiendo a las encuestas, que lo que se está viendo en las convocatorias de Trump sea un movimiento político en agonía. Pero de ser así parece muy animado. También se podría decir que los demócratas no están organizando mítines porque tienen más cuidado con el virus. Es justo pensar así, pero la experiencia en política muestra claramente que las multitudes no se alejan de alguien que aman; vienen y se acercan a su líder tanto si se quiere como si no; se darán cuenta de sus movimientos y se pararán al costado de la calle para vitorear mientras pasa la caravana. Es curioso no ver nada de esto del candidato demócrata ganador este año y aunque es cierto que no se puede negar una estrategia que está funcionando, no se siente bien. Biden debería hablar todos los días al país que desea liderar en lugar de estar sentado en una cómoda poltrona esperando que le pasen la corona. Estados Unidos es una democracia, no una monarquía.

Por qué es clave el resultado para nuestros países

El presidente de Estados Unidos no es solo el líder de su país, es probablemente la persona más poderosa del mundo. Lo que hace durante su mandato influye en la vida de todos nosotros. Para la democracia y la libertad en Latinoamérica, sometidas al ataque de las dictaduras de Cuba y Venezuela y de la izquierda latinoamericana agrupada en el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, quien gane el próximo 3 de noviembre no es irrelevante. De ganar Joe Biden, su gobierno estaría hipotecado a la izquierda procubana y socialista del Partido Demócrata: Warren, Ocasio-Cortez y, por supuesto, Bernie Sanders, los combativos dentro de ese movimiento. Desde luego tienen gente sensata, pero en este momento están silenciados. De hecho, la principal victoria de Trump ha sido enfrentarse a la tiranía de la corrección política, desenmascarando a los enemigos de la libertad. El impudoroso sesgo de la mayoría de los medios, ajenos ya a cualquier pretensión de objetividad o respeto a la verdad, el escandaloso doble rasero de las redes sociales y los inquietantes tejemanejes del Deep State han quedado a la vista de todos. Aún así, la cruzada contra Trump de los progresistas y anti demócratas de todo el mundo -que muchas veces son los mismos- no cesa.

Quizás no haya momento más elocuente respecto de la importancia de los valores que están en juego en esta elección que aquel cuando Trump pronunciara su discurso junto al monumento al Levantamiento de Varsovia contra nazis y comunistas. Dijo, entre otras, estas palabras: “Occidente no es grande por su burocracia y sus regulaciones sino porque la gente fue libre de perseguir sus sueños y de buscar su propio destino. Juntos tenemos que enfrentarnos a las fuerzas que amenazan con minar esos valores y romper los lazos de cultura, de fe y de tradición que nos hacen quienes somos. Si no las detenemos, socavarán nuestro valor, secarán nuestro espíritu y debilitarán nuestra voluntad de defensa. Nosotros ponemos la dignidad de la vida humana por encima de todo y compartimos la esperanza de todas las almas de vivir en libertad. El mundo no ha conocido nunca nada parecido a la comunidad de naciones de Occidente. Escribimos sinfonías. Buscamos la innovación. Celebramos a nuestros antiguos héroes. Abrazamos nuestras tradiciones y costumbres atemporales, y siempre buscamos explorar y descubrir nuevas fronteras. Recompensamos la brillantez. Nos esforzamos por la excelencia. Valoramos el imperio de la ley y protegemos la libertad de palabra y de expresión. Damos poder a las mujeres como pilar de nuestra sociedad y del éxito. Lo discutimos todo. Lo desafiamos todo. Y ponemos la fe y la familia, no el gobierno y la burocracia, en el centro de nuestras vidas. Acogeremos con gusto a nuevos ciudadanos que compartan nuestros valores, pero nuestras fronteras estarán siempre cerradas al terrorismo y el extremismo de cualquier tipo”.

Este discurso -y vayan mis excusas a los fanáticos anti trumpistas- dibuja colosalmente los valores atemporales de la democracia tal como se la pensara en la lejana Atenas. Dicho además en lugares míticos como Varsovia, ante gente que ha padecido enormes desgracias y que necesita un cierto y confortable reconocimiento de que sus sacrificios sirvieron para algo, funciona como una relativa recompensa. Es un discurso en favor de Occidente, y una proclama ardorosa de fe en la libertad, que es, justamente, aquello que en estos momentos necesita más que nunca Latinoamérica.

  1. Juan Enrique Gatica dice:

    muy buena columna y un maravilloso discurso . Trump el ultimo bastion de occidente.
    felicitaciones

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