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Publicado el 02 de noviembre, 2018

Eleonora Urrutia: Triunfo de Bolsonaro, ¿fin del Foro de Sao Paulo?

Quizás no sea casual que Bolsonaro haya surgido en Brasil. El PT ha dedicado más de dos décadas a cultivar, organizar y coordinar a diversos sectores de la extrema izquierda de América Latina.

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La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil enfrentó el pasado domingo a Jair Bolsonaro, ex capitán del ejército representante del estado de Río de Janeiro por 27 años en el Congreso, contra Fernando Haddad, ex alcalde de la ciudad de São Paulo. Con el 55% contra 45% de los votos, Bolsonaro superó fácilmente al Sr. Haddad y se convirtió en el 38° presidente del país.

 

Mucho ruido se hizo durante la campaña acerca de los groseros comentarios del Sr. Bolsonaro sobre mujeres y minorías, y sobre su promesa de usar puño de hierro para combatir el crimen en los barrios más pobres. Fue calificado de racista, misógino, homófobo, fascista, defensor de la tortura y aspirante a dictador. Los medios internacionales “progresistas” lo declararon una amenaza para el medio ambiente y la democracia. Por ello resulta ahora legítimo preguntarse cómo se las arregló para ganar por tan amplio margen, más de diez millones de votos, ya que tales descréditos deberían haber sido suficientes para hacer desaparecer su candidatura.

 

Bolsonaro era uno de los pocos candidatos con algo de experiencia política, no envuelto en ningún escándalo, que nunca fue miembro de un partido político y uno de los pocos que apoyaba la lucha institucional que fiscales y jueces están librando contra la corrupción.

 

Es cierto que los brasileños están en medio de un escenario de corrupción política generalizada. Después de trece años de administración del Partido de los Trabajadores (PT), alrededor de cien de sus líderes están presos tras los escándalos del Mensalão en el 2005 y del Petrolão, cuando la operación Lava Jato llevó al ex presidente y principal líder del partido, Lula da Silva, a una celda en Curitiba. Adicionalmente muchos de los otros partidos y líderes políticos fueron también golpeados por la corrupción, incluyendo a Eduardo Cunha, ex presidente de la Cámara Baja del Brasil y miembro del MDB, partido de Michel Temer, el actual presidente. En tal caótico escenario, Bolsonaro era uno de los pocos candidatos con algo de experiencia política, no envuelto en ningún escándalo, que nunca fue miembro de un partido político y uno de los pocos que apoyaba la lucha institucional que fiscales y jueces están librando contra la corrupción.

 

Sin embargo, pareciera es un error pensar que su victoria refleja sólo un rechazo multitudinario a la corrupción del PT. Es el discurso de una parte de la izquierda que intenta salvar su dañina ideología aduciendo como único problema la corrupción. Si así fuese, el ganador habría sido cualquier otro de los candidatos de tal bando.

 

Bolsonaro logró un triunfo por un amplio margen teniendo en su contra muchos factores. No tuvo dinero para competir de forma efectiva, ya que mientras Haddad gastó en su campaña 31 millones de reales, Bolsonaro gastó sólo 1 millón y va de suyo que no tuvo apoyo de la administración pública, de modo que toda su campaña se fundamentó en grupos de voluntarios y campañas espontáneas en redes sociales. No suavizó su discurso para llegar al poder y como dijimos fue objeto de un ataque sistémico de la prensa local e internacional. Y si bien es un conservador social, el voto tradicional por sí solo no pudo haber impulsado semejante triunfo. Estas circunstancias sugerirían que los brasileños están en medio de un despertar en el que el socialismo ha sido llevado a juicio. La contundente victoria de Romeu Zema, el candidato liberal clásico ganador del Partido Novo para la gobernación en el gran estado de Minas Gerais confirmaría esa teoría.

 

Lo ocurrido en Brasil no se replica en el resto de la región donde la izquierda ha perdido el poder.

 

En clave económica, y ya durante su campaña, Bolsonaro eligió como ministro de Hacienda a Paulo Guedes, economista graduado de la Universidad de Chicago, un hombre muy cercano a quienes realizaron las exitosas reformas económicas de Chile en época de Augusto Pinochet. Por lo mismo no sorprende que su programa de gobierno refleje claramente los postulados económicos de la escuela que lideró Milton Friedman. En él afirmaba que “las economías de mercado han sido históricamente el mejor instrumento de generación de ingresos, empleo, prosperidad e inclusión social. Gracias al liberalismo, la pobreza a nivel mundial se ha reducido en miles de millones de personas”. Algo similar declaró en sus discursos de campaña insistiendo en que el socialismo es la causa de la miseria que sufren tantos brasileños. Por el contrario, Haddad buscaba rechazar las pocas reformas implementadas por Temer y aumentar el nivel de gasto e impuestos del gobierno, lo que lo asemejaba a la política de Rousseff, ampliamente rechazada.

 

Bolsonaro también se declaró abiertamente a favor de la ley y el orden en un país en que la violencia ha aumentado en los últimos años y el índice de asesinatos de 29/100.000 es uno de los más altos del mundo. Apeló en campaña a una política dura contra el crimen, prometiendo cambiar las leyes que hoy permiten a los criminales quedar libres con un sexto de su condena, mientras que Haddad era visto como alguien blando, especialmente porque sus amigos más cercanos se podían beneficiar de su política de disminuir las penas. El slogan de “Haddad es Lula” aumentó la sensación de impunidad en el electorado y dado que liberar a Lula era una propuesta clave del PT, aumentó la sensación de impunidad en el electorado.

 

Lo ocurrido en Brasil no se replica en el resto de la región donde la izquierda ha perdido el poder. Algunos líderes hablan de liberalismo económico en ciertos aspectos, pero no se acercan al compromiso demostrado por Guedes o Bolsonaro. En la Argentina, Chile o Colombia los actuales presidentes sostienen discursos tibios con elementos liberales pero no defienden abiertamente las libertades. En estos países, la victoria de la derecha bebe, en gran parte, de la división de la izquierda.

 

Quizás no sea casual que Bolsonaro haya surgido en Brasil. El PT ha dedicado más de dos décadas a cultivar, organizar y coordinar a diversos sectores de la extrema izquierda de América Latina. Es el fundador del Foro de Sao Paulo, un conglomerado de nacionalistas, socialistas y comunistas de la región que, habiendo visto caerse el Muro de Berlín, se ha agrupado a trabajar por el renacer de sus ideales totalitarios. A lo largo de los años los compañeros de ruta han incluido a Cuba, al grupo terrorista colombiano FARC, al venezolano Hugo Chávez y posterior sucesor Maduro y trabajaron entre bambalinas para elegir a Humala en el Perú.

 

Descubrir este accionar del PT enfureció al electorado. Reveló una insensible elite política que se unió para enriquecerse a sí mismos y al partido a costa del público, pero peor aún para subsidiar las dictaduras militares en Cuba, Venezuela y adláteres, que matan de hambre al pueblo y les impiden las libertades más básicas como transitar y expresarse libremente. Lula es, después de todo, miembro fundador del Foro de São Paulo, donde los socialistas latinoamericanos se reunieron por primera vez en 1990 para llorar la caída del Muro de Berlín.

 

Los resultados no le vendrán fácil a Bolsonaro. De poder modernizar a Brasil y lograr aun parcialmente un Banco Central independiente, algunas privatizaciones y regulaciones, la reconciliación de cuentas fiscales, el respeto a los derechos de propiedad, la apertura de la economía y la modernización de la política industrial, los brasileños serán ganadores. Es de esperar que entonces se produzca un efecto regional y que los latinoamericanos comiencen a demandar lo mismo. Por el momento el triunfo electoral del ex militar deja en claro que sí se puede hablar abiertamente de libertad y de capitalismo y convencer a millones de personas sobre la dignidad de tal propuesta.

 

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