Las imágenes de las revueltas de Sri Lanka están dando vueltas al mundo. El sábado pasado, miles de manifestantes asaltaron el palacio presidencial. Mientras nadaban en su piscina, se recostaban en su cama, comían en el pasto y le prendían fuego, el Presidente era llevado a un barco naval frente a la costa del país, producto de una crisis de proporciones que no tendría que haber sucedido.

Sri Lanka se había estado reconstruyendo gradualmente, después de décadas de guerra civil y autoritarismo.  

Esta revuelta no es solo una acusación contra los gobernantes del país al sureste de la India y sus graves errores de juicio. También es una acusación hacia lo que las élites globales predican en general con el alarmismo del cambio climático y, más recientemente, con el autoritarismo sin precedentes que se vivió como consecuencia del Covid.

Sri Lanka es, en efecto, el testimonio de una rebelión no solo contra funcionarios gubernamentales corruptos, sino también contra esa particular visión del mundo de las élites que imponen su ideología y que está peligrosamente desconectada de la realidad.

La crisis económica de Sri Lanka es tremenda. La nación está en bancarrota. La inflación es galopante. Los precios de los alimentos han subido 80% el último año. Sólo en junio la bencina aumentó 24% y el diésel 38%. Por eso a fin de ese mes el gobierno prohibió su venta excepto para los servicios esenciales, lo que básicamente hizo que conducir fuera ilegal.

La gente no llega a fin de mes. Durante el año pasado, medio millón de habitantes volvió a caer en la pobreza; la propia ONU tiene dicho que más de las tres cuartas partes de la población ha reducido su consumo de alimentos debido a la grave escasez. En este contexto no es de extrañar que haya habido meses de rebelión y gran tumulto político, que culminaran con la huida del presidente el fin de semana pasado.

Sin dudas la crisis en Sri Lanka tiene múltiples facetas, pero hay dos factores que destacan. En primer lugar está el impacto de los bloqueos globales de Covid. Destrozaron la industria turística, que en 2018 había recaudado el 5,6 % del PIB. Más importante aún, los cierres y las restricciones en la producción y el comercio, también afectaron los suministros de alimentos y artículos esenciales.

Como dice un informe de la ONU, la “turbulencia económica y la miseria humana” en Sri Lanka se deben en parte a las “consecuencias económicas de la pandemia de Covid-19”. Aunque de eso no se hable, la drástica desaceleración de la producción económica mundial ha implicado terribles consecuencias para las regiones más pobres del mundo.

FAO estima que el número de personas afectadas por el hambre ha aumentado en 150 millones desde el comienzo de la pandemia debido al letargo económico autoimpuesto de la humanidad durante la pandemia, arrastrando a decenas de millones de personas en todo el mundo nuevamente a la pobreza. 

La otra faceta de la crisis de Sri Lanka es el papel que juega la eco-ideología. Es incuestionable que su sufrimiento se ha exacerbado por su determinación de convertirse en una nación bien evaluada en términos de “ESG”, que se refiere a inversiones realizadas siguiendo criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza supuestamente más elevados. Sri Lanka  tiene una puntuación ESG casi perfecta  de 98, más alta que Suecia (96) y Estados Unidos (51).

Alcanzar tal clasificación implicó que, en abril del año pasado, el gobierno de Sri Lanka prohibiera el uso y la importación de fertilizantes y pesticidas químicos para fomentar la agricultura “ecológica”. Fue una decisión psicótica ya que el 90% de los agricultores del país usan fertilizantes. Ellos mismos predijeron, con razón, que el rendimiento de sus cultivos disminuiría en ausencia de estas sustancias.

Las consecuencias de semejante insensatez no se hicieron esperar. En 2019, Sri Lanka produjo 3.500 millones de kgs de arroz. En 2021, tras la prohibición de los fertilizantes, la producción cayó 43%, en un país en el que el 70% de la población vive, directa o indirectamente, de la agricultura. Y aunque la prohibición de usar fertilizantes se revocó en noviembre, cuando se hizo evidente su terrible impacto, para entonces ya era demasiado tarde. 

Como señala Michael Shellenberger, fue el propio Foro Económico Mundial el que promovió las políticas verdes en Sri Lanka junto a muchos otros activistas de Occidente que abogaron porque el país pasara a ser libre de fertilizantes, algunos de ellos apoyados por fondos de corporaciones como Google, Disney y JPMorgan. 

Sri Lanka muestra, así, lo que pasa cuando la política se configura de acuerdo con los deseos y prejuicios de las élites en lugar de las necesidades de la gente común. El confinamiento puede haber sido una bendición para quienes cuentan con laptops y trabajan en oficinas con aire acondicionado, pero fue increíblemente dañino para la clase trabajadora.

Del mismo modo, la ideología verde puede proporcionar a las nuevas élites un sentido de propósito pero golpea los bolsillos de los trabajadores en Occidente. En lugar de preguntarse qué necesita la gente para prosperar y volverse más rica, los políticos y tecnócratas atacan el corazón de lo que ha sido el progreso para la humanidad en los últimos 200 años.  

Desde los camioneros canadienses que se rebelaron contra las reglas de Covid que destruyen los medios de subsistencia hasta los agricultores holandeses que se rebelaron contra las políticas verdes de su gobierno, desde los taxistas italianos y franceses que protestaron contra el aumento de los precios del combustible hasta las protestas masivas en Albania contra el aumento de los precios de los alimentos y el combustible después del encierro y la guerra en Ucrania, las protestas populares están estallando en todo el mundo.

Algunos no tienen líder. Las demandas no siempre son claras. Pero es obvio por lo que la gente está enojada por las decisiones irracionales de una nueva clase de gobernantes, políticos, artistas, empresarios de alta tecnología y otros miembros de la élite reinante, que exigen medidas drásticas y demostraciones de virtud en lugar de emprender la difícil tarea de descubrir cómo mejorar materialmente la vida de las personas.

Esto no es el riesgoso populismo contra el que despotrican los ilustrados. Es gente común pidiendo a los políticos lo que Diógenes le pedía a Alejandro: que no le hagan sombra. 

*Eleonora Urrutia es abogada y máster en Economía y Ciencias Políticas.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta