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Publicado el 11 de enero, 2019

Eleonora Urrutia: Reflexiones sobre el populismo de derecha

Lo que no es razonable es que, una vez en el gobierno, la derecha se apodere de las banderas de la izquierda, dispare los impuestos y el gasto y, peor aún, se hipnotice con el discurso mentiroso de la izquierda y no ose salir de él, despreciando a los que se lo juegan todo por decir las cosas claras. A esta derecha sí que le cabe el nombre de populista. Pero, ¿sigue siendo derecha?

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El uso del lenguaje en política es de la máxima importancia. Lo sabían bien comunistas y fascistas, quienes compartían como mecanismo de sometimiento de la población su manipulación mediante eufemismos que escondían calificativos del bien o el mal para sus amigos o enemigos. El ex presidente de la desaparecida Checoeslovaquia, Vaclav Havel, en un discurso a la comunidad cubana de Miami en el 2003 explicaba las trampas de esas expresiones comunistas descalificativas para sus rivales políticos: “Uno de los instrumentos más diabólicos del avasallamiento de los unos y del embelesamiento de los otros es el especial lenguaje comunista. Está lleno de señuelos, esquemas ideológicos, flores retóricas y estereotipos idiomáticos; un lenguaje capaz, por una parte, de maravillar enormemente a las personas que no hayan descubierto su falsedad o a las que no hayan tenido que vivir en ese mundo manipulado por ese lenguaje y, al mismo tiempo, un lenguaje capaz de despertar en otras personas el miedo y el terror, obligándoles a disimular permanentemente”.

En nuestra hora, uno de los términos que la izquierda ha impuesto para denostar al oponente es populismo de derecha. Resulta personificado en Trump, el Brexit y Bolsonaro.

La plebe sugestionada es fácilmente manipulable. El político sin escrúpulos lo sabe y lo explota para perpetuarse en el poder.

Populismo es un término con distintas aristas. Originado en la Grecia clásica, en su aspecto político remite a la demagogia del tirano que no pretende ganar a los ciudadanos con argumentos empíricos ni con la razón, sino excitando sus instintos más bajos, explotando sus pasiones y esperanzas y ganando su corazón para asaltar su voluntad sin oposición y reinar a sus anchas sin respetar el orden instituido, esto es, por encima de las instituciones. La plebe sugestionada es fácilmente manipulable. El político sin escrúpulos lo sabe y lo explota para perpetuarse en el poder. Los griegos, que en política ya lo habían inventado todo hace veinticinco siglos, temían a la demagogia más que a la hidra de Lerna. No parece ser este el caso de los candidatos de derecha que se tildan de populistas, los que se comunican directamente con los ciudadanos mediante los medios tecnológicos del siglo XXI como Twitter o Instagram, pero que de ninguna manera bypasean instituciones políticas. Pero sí podemos nombrar varios de la izquierda eternizados en el poder y no han dejado viva una sola institución, empezando por las reformas constitucionales para perpetuarse en el poder. Sólo en estas latitudes: Chávez, Maduro, Correa, el clan Castro.

Aplicar la ley y usar las instituciones para detener a quienes atentan contra la vida, la libertad o la propiedad de los ciudadanos no es dejar de respetar las instituciones. Por el contrario, es cumplir con el rol mínimo para el que fue creado el estado: evitar que tengamos que defendernos los unos de los otros como en los viejos estadíos tribales. Esto así, aun cuando el discurso de la izquierda caviar haya convertido el rol de la seguridad y justicia propio del estado de derecho en un vicio de la democracia.

El populismo tiene también un aspecto económico caracterizado por esgrimir supuestos derechos y evadir responsabilidades, los que llevan implícitos un gasto presente a cambio de deuda futura. El populista excita la ambición del pueblo para atraerlo a su causa y llegar a ser el líder único y supremo. Hay en los populistas algo despreciable, muy obsceno. A sabiendas de que lo que prometen no es económicamente posible, lo garantizan para atraer a su causa al mayor número posible de incautos. Decididamente este no es el caso de los ejemplos de populistas de derecha, encargados siempre de los recortes de gasto y, en el caso de la reforma tributaria de Trump, que ha logrado un desempleo en mínimo histórico especialmente para negros e hispanos, salarios en alza y PIB en aumento.

El nacionalismo xenófobo del que son acusados los candidatos de la derecha no es más que la respuesta racional a la disonancia entre el tan anunciado final feliz de la inmigración en masa y el choque que se produce en las sociedades receptoras.

Es cierto que en materia de acuerdos comerciales la apertura unilateral como realizara Chile en los ochenta es la mejor opción en términos económicos para los ciudadanos. De todos modos esto no significa que un país no pueda negociar igualdad de condiciones para sus productos. Cuando Trump ofrece a la Unión Europea rebajar aranceles a la par y ésta se niega, no se lo puede acusar de aislacionista.

Por otra parte, el nacionalismo xenófobo del que son acusados los candidatos de la derecha no es más que la respuesta racional a la disonancia entre el tan anunciado final feliz de la inmigración en masa y el choque que se produce en las sociedades receptoras. Pero además, ¿por qué nadie ha tildado nunca de populista a una nación como Canadá, país que hace décadas impone rigurosísimos controles a la circulación de trabajadores poco cualificados a través de sus fronteras y sí es populista Trump que está haciendo cumplir los procedimientos que el propio Congreso tiene aprobados? Que senadores y diputados Demócratas declaren el libre tránsito de personas, consigan los votos y se acaba el problema. Pero si está prohibido inmigrar sino bajo ciertas reglas, hacerlas cumplir no es más que imponer la ley. Nada más miserable, delirante y hasta suicida que equiparar el control de las fronteras y la tolerancia cero hacia la inmigración ilegal con la xenofobia y el racismo, entre otras cosas porque nada banaliza y contribuye más a cebar las filas de los movimientos ultras que el calificar de fascista a quien considera, con toda la razón, que el “papeles para todos” es un desastre para todos, incluidos sus supuestos beneficiarios. Así actúa siempre la extrema izquierda sin vergüenza, que busca votos en inmigrantes económicos, refugiados y exiliados sin inmutarse frente a los regímenes despóticos, colectivistas y tercermundistas que provocan auténticos éxodos en los países que subyugan y que sigue empecinada en arrojar a la hoguera del fascismo a quienes consideran que la solución no radica en acoger a todo el mundo.

Si de verdad creen en el libre comercio, los políticos de la Unión Europea debieran aceptar el voto popular y pactar libremente con el Reino Unido en su nueva condición.

Dentro del populismo de derecha se incluye a Brexit como un fenómeno también xenófobo y aislacionista. Lo que no entienden quienes así connotan es que a partir de la fusión entre la Comunidad Europea y la recién creada Unión Europea en 1993, este mercado se ha deslizado desde el libre comercio hacia el capitalismo prebendario y el proteccionismo, todo rociado por la burocracia todopoderosa de Bruselas que añade inercia a un proceso político ya esclerótico y que está más preocupada en regular el comercio que en expandirlo. Sus reglas burocráticas colisionan, incluso, con excentricidades culturales inofensivas. Bruselas es opaca, difícil de hacer responsable por sus decisiones y no deja de emitir regulaciones interminables sobre todos los temas, desde las horas laborales permitidas hasta el almacenamiento del aceite de oliva. Los eurocráticos que dirigen Bruselas parecen desconocer que las instituciones políticas y legales del Reino Unido han evolucionado de manera muy distinta de las europeas continentales, encajando mal en el rompecabezas de la Europa del continente. Si de verdad creen en el libre comercio, los políticos de la Unión Europea debieran aceptar el voto popular y pactar libremente con el Reino Unido en su nueva condición.

En las democracias modernas se ha visto mucho populismo monopolizado por la izquierda. Es verdad que la derecha ha apoyado habitualmente sus medidas demagógicas e insensatas que disparan los déficits fiscales; pero en general esto ha ocurrido cuando es oposición y, por lo mismo, ha sido en parte disculpable. Lo que no es razonable es que, una vez en el gobierno, la derecha se apodere de las banderas de la izquierda, dispare los impuestos y el gasto y, peor aún, se hipnotice con el discurso mentiroso de la izquierda y no ose salir de él, despreciando a los que se lo juegan todo por decir las cosas claras. A esta derecha sí que le cabe el nombre de populista. Pero, ¿sigue siendo derecha?

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