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Publicado el 2 junio, 2021

Eleonora Urrutia: ¿Qué tienen en común el origen del Covid y el secuestro de Román Protasevich?

Puesto que los comunistas no reconocen límites morales o legales a su voluntad de mantenerse en el poder a toda costa, “lo único necesario para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada”.

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Jean François Revel comenzaba su libro “El Conocimiento Inútil” con una frase terrorífica: “La primera de las fuerzas que mueve al mundo es la mentira”. Siendo el punto esencial de la reflexión reveliana el totalitarismo comunista y su devastadora influencia en el siglo XX, podría pensarse que las cosas habrían cambiado tras la caída del Muro y el colapso de la Unión Soviética. No es así. El mantenimiento del comunismo en China, Cuba y otras dictaduras marxistas-leninistas y el renacimiento de guerrillas comunistas en América, no permiten mucho optimismo respecto del aserto reveliano de los ´80. Al contrario, la obscena recuperación en Occidente del prestigio académico e intelectual del comunismo ratifican su análisis: no importa lo que sabemos del mundo cuando nos negamos a aceptar la verdad.

Orígenes del Covid

El miércoles pasado el Presidente Biden ordenó a la inteligencia de Estados Unidos que profundice sobre los orígenes de Covid-19. Está tratando de encubrir el vergonzoso cierre de la investigación anterior que él mismo ordenara, porque el dique finalmente se rompió y la evidencia de que el virus pudo haber escapado del Instituto de Virología de Wuhan (WIV) se ha derramado. Siempre fue razonable preguntar si el virus provenía de un laboratorio cercano que maneja virus peligrosos. Después de todo, ¿qué probabilidad hay de que, de todas las ciudades del planeta, aparezca este coronavirus precisamente en donde hay un laboratorio con problemas de seguridad que lleva años jugando con ese mismo tipo de coronavirus, sin que haya provenido de ese laboratorio? Y si esta probabilidad es remota, aún más baja es la siguiente: ¿Qué probabilidad hay de que un régimen comunista diga la verdad?

El 6 de febrero de 2020, Botao Xiao de la Universidad de Tecnología del Sur de China publicó un artículo en el que concluía que el virus “probablemente se originó en un laboratorio en Wuhan”. Pero el gobierno chino controla estrictamente la investigación sobre los orígenes de Covid-19, y el investigador de biomecánica molecular debió retirar su publicación. Ante la insistencia de la administración de Trump sobre esta teoría, el Partido Comunista se ofendió, y su embajador en Washington declaró que las teorías de filtraciones de laboratorio eran “absolutamente locas” y podrían “avivar la discriminación racial y la xenofobia”. Los medios optaron por la negación y el clero de salud pública también estableció límites para la discusión permisible: el 19 de febrero de 2020, The Lancet publicó una declaración de científicos condenando las “teorías de conspiración que sugieren que Covid-19 no tiene un origen natural”. Aunque algunos académicos discreparon, el documento se promovió como prueba de que la posibilidad del laboratorio estaba desacreditada, a pesar que la declaración de Lancet fue organizada por Peter Daszak, cuya organización ha financiado investigaciones en la WIV. En mayo de 2020, el Dr. Fauci también descartó la teoría del laboratorio en una entrevista con National Geographic, aún cuando su instituto también había financiado el WIV.

El actual escrutinio debió haber comenzado hace un año, pero el partidismo de los medios y de “expertos” que hicieron cálculos políticos descarriló la discusión. La cuestión de los orígenes de Covid, con la tremenda importancia que reviste para futuras pandemias, no solo permanece abierta; con toda probabilidad desafiará la resolución final a menos que, y hasta que, el gobierno chino presente sus propios registros, lo que parece bastante improbable. Pero aún cuando finalmente se pudiera conocer el verdadero origen del virus, esto no exculparía al gobierno chino de la liviandad con que tratan un laboratorio de extrema peligrosidad, así como del ocultamiento que hicieron del tema, y de las amenazas y encarcelamientos a quienes pretenden investigar en un sentido distinto al que promueve la cúpula dirigente.

El secuestro de Roman Protasévich

El domingo 23 de mayo pasado despegó de Atenas el vuelo FR4978 de la aerolínea de bajo costo Ryanair con destino final Vilna, capital lituana. Entre los 171 pasajeros se encontraba el joven periodista bielorruso Román Protasévich, de 26 años. Pero también se encontraban cuatro agentes del servicio secreto de Bielorusia sentados unas pocas filas atrás, que habían estado siguiendo a Román los días previos. A las 9:30 el avión ingresó, como es habitual, al espacio aéreo de Bielorrusia y exactamente a las 9.46, cuando faltaban pocos minutos para ingresar al espacio aéreo de Lituania, los agentes abandonaron sus asientos y alertaron a la tripulación sobre la existencia de una bomba a bordo, supuesta autoría del grupo terrorista Hamas, por lo que resultaba vital aterrizar el avión.­

Alertada la torre de control, se le exigió al piloto desviarse al aeropuerto de Minsk. Por las ventanas del avión se lograba ver un jet MiG-29 de las Fuerzas Aéreas bielorrusas que escoltaba al avión de Ryanair hacia el interior del país. Aunque la mayoría temía por la bomba, Román comenzó a temblar por otra cosa. A las 10:16 am aterrizaron y el joven dijo a la tripulación, resignado, “es mi sentencia de muerte”. En el aeropuerto un grupo de policías ingresaron al avión con perros con la excusa de buscar la bomba pero fueron directo a buscar a Román que intentó, vanamente, explicar el engaño. De nada sirvió, los hombres del dictador más antiguo de Europa ya habían secuestrado a Protasévich.­ Por supuesto que no existía ninguna bomba. Los pasajeros publicaron videos del ardid y Hamas desmintió dicha acción. A las 17:47 el avión despegó de Minsk, pero sin Román ni los agentes del servicio secreto. ­

La tiranía de Aleksandr Grigórievich Lukashenko tiene ya 27 años. Su dictador, el antiguo miembro de las tropas de frontera soviéticas, fue el único miembro del Soviet Supremo bielorruso que votó en contra de la disolución de la URSS. Maneja Bielorrusia como manejaba el gulag en el que hizo carrera hasta hacerse con el ejecutivo del país. Tiene profundas relaciones con Cuba, Venezuela, Siria e Irán y ha aumentado la cooperación con la República Popular China. Lukashenko sigue ejerciendo el mando como si la URSS no hubiera caído.­

¿Qué hizo la comunidad internacional hasta ahora con estos antecedentes? Casi nada, porque el mundo ha perdido el músculo para enfrentar dictadores y la diplomacia supranacional cuando no es inútil, es peligrosa. La Unión Europea prohibió a Bielorrusia sobrevolar el espacio aéreo comunitario y aterrizar en sus aeropuertos además de “pedir” a las aerolíneas europeas evitar el espacio aéreo de esta ex república soviética, sanciones que son casi una broma considerando la escasa actividad aérea del país. Peor aún, Bruselas tiene designado un paquete de ayuda de tres mil millones de euros para Minsk. Esto significa que, después de saberse que una de las dictaduras más largas y feroces que quedan estaba encarcelando a decenas de miles de manifestantes que desde Agosto pasado protestan activamente contra el dictador, la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, le iba a regalar millones de euros. Si el mundo está en manos de asesinos como los dictadores venezolano o bielorruso, también lo está en la de sus sirvientes, como von der Leyen.­

En la larga historia de la humanidad no ha existido ideología más tiránica ni más criminal que el comunismo, que encarceló a mil millones de personas en sus propios países y asesinó a más de 100 millones de seres humanos, cinco veces más que el horror del genocida Hitler y su nacionalsocialismo (Rummel, 1987; Courtois et al, 1997). De hecho, tras un siglo de experimentos comunistas en docenas de países de cuatro continentes no encontramos un solo ejemplo en que el comunismo no haya sido sinónimo de represión, tortura, corrupción, destrucción de la libertad y muerte, pobreza para el pueblo y lujo para sus dirigentes. Tanto es así que los estados comunistas tuvieron que levantar muros y alambradas en las fronteras no para evitar que entraran los de fuera, sino para evitar que salieran los de dentro, deseosos de huir del infierno comunista. Fue la primera vez en la Historia que ocurría algo así.

En tiempos más recientes se ha desarrollado en Hispanoamérica un comunismo de corte bolivariano apoyado por la vieja dictadura comunista de Cuba y cuyo mayor exponente ha sido la Venezuela de Chávez y Maduro, tiranía admirada por los comunistas chilenos, que en tan sólo veinte años ha destruido por completo un país rico, propietario de las mayores reservas de petróleo del planeta, llevando al exilio a 17% de su población y provocando el mismo resultado de siempre: represión, tortura, enorme corrupción, muerte, hambre y lujo para sus dirigentes.

Pues bien, a pesar de su sucesión histórica de colosales fracasos, la izquierda radical se llama a sí misma “progresista” y se le otorga dispensa de toda culpa, como vimos en los dos casos anteriores. Los partidos de derecha carecen de derechos para defender sus ideas y se les tilda enseguida de extrema derecha, radicales o fascistas, mientras que los de izquierda tienen carta blanca y nunca son extremistas sino, como mucho, “populistas”, ese anodino adjetivo que no distingue a Trump de los admiradores de los asesinos en masa. El doble rasero incluye la corrupción: en la derecha resulta imperdonable y en la izquierda se hace la vista gorda. Puesto que los comunistas no reconocen límites morales o legales a su voluntad de mantenerse en el poder a toda costa, “lo único necesario para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada”, como decía Burke. Ojalá Chile tenga en cuenta estos hechos en momentos en que se apresta a iniciar un proceso de refundación, y quienes entiendan cómo funciona el comunismo y tengan responsabilidad en la materia, estén dispuestos a encararlo con ánimo resuelto y moral de victoria.

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