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Publicado el 11 marzo, 2021

Eleonora Urrutia: Meghan y Harry: La nueva aristocracia

De lo que se trata, en realidad, es de un choque cultural. Un conflicto entre el culto contemporáneo a la victimización y a las políticas de identidad, representado por los duques de Sussex, y los viejos ideales del deber, el autosacrificio y el estoicismo representados por la corona.

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Allí estaban, reunidos en los verdes jardines de una mansión californiana de ensueño, víctimas de un sistema irremediablemente injusto: el sexto en la línea de sucesión al trono del Reino Unido, su esposa -una actriz regular que, sin embargo, amasó una considerable fortuna incluso antes de unirse a la familia real- y una de las celebridades de la televisión más exitosas del planeta, lamentando las injusticias de las que han sido víctimas en una sociedad sistemáticamente cruel. En un país donde cuarenta millones de personas perdieron sus trabajos como resultado de los confinamientos, Harry y Meghan, a los que se les paga millones por hacer podcasts de dudoso valor agregado, se dan el lujo de quejarse ante la multimillonaria Oprah Winfrey sobre su opresión por parte del establishment.

Incluso al más creativo novelista le costaría encontrar una metáfora mejor para una de las narrativas dominantes de nuestra época: nuestras élites exhibiendo sus quejas y preocupaciones, exigiendo simpatía hacia sus personas y haciendo un llamado a la gente común para que reconozca sus propios pecados y cambie de acuerdo al credo que ellos predican, para evitar así la injusticia endémica de la que son víctimas.

Pese a la pandemia y sus consecuencias, en particular para los más pobres, nos vemos obligados a escuchar cómo directores de grandes empresas, académicos, celebridades de Hollywood y, ahora, un príncipe y su esposa nos sermonean sobre lo que se supone que son los verdaderos defectos de nuestra sociedad: el terrible legado de la historia colonizadora de occidente; sexismo, racismo y “transfobia”; y el flujo interminable de microagresiones causadas por una palabra aislada, un escritor polémico o las ilustraciones de algún viejo libro infantil. Cuando se está al lado de las personas que controlan la mayoría de las corporaciones, las salas de redacción, las universidades, Hollywood y el gobierno federal, ¿se puede realmente estar tan oprimido?

De lo que se trata, en realidad, es de un choque cultural. Un conflicto entre el culto contemporáneo a la victimización y a las políticas de identidad, representado por los duques de Sussex, y los viejos ideales del deber, el autosacrificio y el estoicismo representados por la corona. Ya Lady Diana, con todo mucho más tradicionalista y aristocrática, fue tomada como imagen de la Nueva Bretaña, una que estaba más en contacto con sus sentimientos y que adoraba el altar del yo en lugar de doblar la rodilla ante la llamada del deber público. Pues bien, Meghan y Harry aspiran a encarnar el poder cultural que las nuevas élites impostaron en Diana, pero de forma recargada. En esta nueva aristocracia no habrá sólo culto a la victimización y el emocionalismo, también habrá políticas de identidad. Su confeso sufrimiento y deslumbrante misión de “generar compasión en todo el mundo” los habilita para instruir moralmente, junto a Facebook, Netflix y Oprah sobre cómo vivir, cómo viajar y cuántos hijos tener. La victimización es la tribuna desde la que las nuevas élites, ya sean políticos o celebridades, presumen de instruir a la sociedad en general sobre la forma correcta de pensar, emocionar, sentir y ser.

Hasta desde la más férrea defensa del paradigma republicano se puede ver que no hay nada de progresista en el descargo de la pareja contra el palacio. Que no hay nada que celebrar en el cambio de un mundo de autocontrol y estoicismo a uno de incesante y agotante autorrevelación, y de una era democrática en la que el poder se ha trasladado a un nuevo feudalismo “despierto” en el que un unos pocos elegidos ejercen una influencia cultural extraordinaria sobre el resto de nosotros. Estos desarrollos dañan la libertad de la mente y nuestro sentido de autonomía moral y reducen el espacio para el debate democrático. Harry y Meghan no están luchando contra el sistema; ellos son el nuevo sistema.

  1. Juan Enrique Gatica dice:

    Felicitaciones , muy buena columna, todo lo dicho muy cierto .Aun que lo peor son los necios que compran cualquier lloriqueo ficticio.

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