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Publicado el 13 noviembre, 2020

Eleonora Urrutia: Más allá del triunfo de Biden

Esta elección ha dejado en claro, otra vez, que el progreso en general parece despertar muy poco interés en las personas que se califican a sí mismas de progresistas. Lo que les interesa es denunciar fracasos sociales y acusar a otros de cometer pecados. Lo más interesante entonces ha sido verificar que se rechazaran proposiciones absurdas de adoctrinamiento y empobrecimiento de parte de votantes que se veían a sí mismos como estadounidenses, no como víctimas.

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Seamos realistas. Goliat no iba a dejar que David lo derrotara una vez más con su honda. Al pueblo americano, para el que el presidente Trump es un instrumento y no un fin en sí mismo, no le iba a ser fácil ganar las elecciones 2020 contra el poder acumulado del Partido Demócrata, los lobistas que viven del gobierno (93% de Washington DC votó a favor de Biden), los medios de comunicación y sus aliadas, las encuestadoras, las Big Tech, los multimillonarios y Hollywood, todos unidos para acabar con el bárbaro emperador naranja.

Los demócratas esperaban una victoria decisiva y temprana, basándose en su sólida ventaja en las encuestas en estados clave y en otros tradicionalmente republicanos. Pero quedó claro que Donald Trump era más competitivo de lo que se había anticipado y que esa mayoría abrumadora con la que contaban los demócratas para reclamar un mandato que les permitiera impulsar una transformación radical del país fue visceralmente rechazada, a pesar de cuatro años de ataques continuos desde casi todos los medios de comunicación y con los demócratas movilizados como nunca antes, multiplicando los fondos de campaña.

Las calles se llenaron el sábado de partidarios que celebraban el resultado democrático que querían. Con Joe Biden camino a la Casa Blanca, los manifestantes no saquearon ni incendiaron ciudades. Los partidarios de Trump, en cambio, se quedaron en casa, sin duda decepcionados, incluso enojados. Pero, quizás, también aceptando los resultados como el precio a pagar por vivir en una república democrática. ¿Habría sido lo mismo si Donald Trump hubiera ganado? Ya sabemos la respuesta. Las protestas habrían sido brutales, y los medios de comunicación y muchos políticos demócratas los habrían animado, o al menos no se habrían opuesto, como tampoco se opusieron este verano. Más aún, habrían culpado del desorden a Trump. Esto revela hasta qué punto los disturbios de este año fueron parte de una estrategia política. Es posible que hayan comenzado como una protesta contra la muerte de George Floyd, pero a medida que avanzaban, el objetivo fue mostrar que el país se había vuelto ingobernable. El punto era decirles a los estadounidenses que poner fin a los disturbios requería un cambio de gobierno, que se trataba de un preludio violento para lograr la salvación.

Todavía se está discutiendo quién ocupará la Oficina Oval, aunque casi sin dudas será Biden. Lo que no se discute, en cambio, es el veredicto contrario del pueblo de los Estados Unidos a la propuesta de ruptura de las normas progresistas, que también fueron a elección este año. Los perdedores más claros fueron la presidenta Nancy Pelosi y el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, rostros públicos de la izquierda radicalizada. Si Washington ha sido un circo estos últimos cuatro años, es en gran parte debido a ellos y a los demócratas en el Congreso. Los estadounidenses eligen legisladores para aprobar presupuestos, confirmar jueces y desarrollar legislación sensata. Sin embargo, la era Pelosi-Schumer ha puesto en escena, día tras otro, falsos escándalos, audiencias pueriles, acusaciones sin fundamentos, proyectos de ley de fantasía regresistas y promesas de desmantelar las instituciones que dieron lugar a esa república. Eso es teatro, no gobernanza.

Los cientos de millones gastados en retomar el Senado quedaron en la nada: los principales objetivos, el líder de la mayoría Mitch McConnell y la senadora Lindsey Graham, sobrevivieron fácilmente, por lo que los republicanos parecen haber logrado lo que hace unas semanas parecía casi imposible, y hasta es probable que mantengan su mayoría, sobreviviendo a la enorme avalancha de dinero demócrata. Habrá que esperar a Georgia el 5 de enero próximo, cuando sus dos escaños se diriman en segunda vuelta, aunque es probable que el senador republicano Perdue logre mantener la banca y con ello garantice la mayoría republicana en el Senado. Por su parte, los fatales errores de cálculo de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, al negarse cínicamente a negociar el último proyecto de ley de estímulo por la pandemia, también le han costado caro a los demócratas en la Cámara Baja, donde han retrocedido al menos cinco escaños.

Así las cosas, los demócratas no podrán ampliar el número de miembros de la Corte Suprema, abolir el Colegio Electoral o hacer estados a Puerto Rico o Washington DC, lo que tanto les gustaría dada la casi totalidad de votos que logran en ese distrito, todos ellos de empleados estatales o relacionados con la burocracia. Lucharán por imponer el Green New Deal, pero es dudoso que lo logren, lo que significará protestas tras protestas contra la inversión petrolera. Desafortunadamente, no se puede hacer nada para evitar que la dupla Biden-Harris repita los errores geopolíticos de la presidencia de Obama, como apaciguar a los jefes de China e Irán -aunque la mediación de Trump en acuerdos de paz entre Israel y dos países árabes es un éxito que no podrán voltear- o firmar el acuerdo climático de Paris, un desacierto para quienes entendemos que el alarmismo climático-apocalíptico se trata más de ideología y de poder que de ciencia.

La derrota de la política de identidad

Otra de las malas ideas que resultó derrotada el pasado martes 3 es la política de identidad. El concepto de que el país debería dividirse en categorías agraviadas según la raza, el origen o el sexo –ahora principio fundamental del Partido Demócrata- perdió de costa a costa. Perdió en el condado de Miami-Dade (Florida) en donde los cubanoamericanos votaron por el presidente Trump, y también perdió en el condado de Osceola, cerca de Orlando. Perdió en el sur de Texas: el condado de Zapata, 95% mexicano-estadounidense, fue para Hillary Clinton por una ventaja de 33 puntos en 2016, pero Trump ganó con 52.5% esta vez. En todo el Valle del Río Grande, al presidente Trump le fue mejor en 2020 que en la anterior elección: en el condado de Starr perdió por solo cinco puntos (47% frente al 52% de Biden), en comparación con un margen de 60 puntos a favor de Clinton hace cuatro años. En el condado de Jim Hogg, Trump perdió por 18 puntos, frente a más de 50 en 2016. En el condado de Webb, Trump ganó el 36,6% de los votos, frente al 22,8% en 2016.

Incluso California, estado que suele caer en todas las trampas progresistas, rechazó la política identitaria al votar negativamente el intento de revocar la Proposición 209, la medida electoral de 1996 que prohíbe el uso de la raza, el origen nacional o el sexo como ventaja en las universidades y otras agencias estatales. La izquierda ha pasado casi un cuarto de siglo tratando de revertir esa decisión, y volvió a perder en su último intento.

En 2016, millones de personas en Michigan, Wisconsin y Pensilvania que habían apoyado a Barack Obama en 2008 y 2012 optaron por respaldar a Donald Trump sobre Hillary Clinton. Fueron estos votantes, no el Kremlin o los simpatizantes del Ku Klux Klan, quienes entregaron la Casa Blanca a los republicanos. El argumento más convincente de Biden durante la carrera por las primarias demócratas fue que tenía muchas más probabilidades que Bernie Sanders o Elizabeth Warren de recuperar ese bloque de votantes. No fue así. Biden cambió Michigan, Wisconsin y Pensilvania no porque se ganó a los ex partidarios de Trump, sino porque logró que votaran los demócratas que hace cuatro años se quedaron en sus casas.

No al aumento de impuestos

Los impuestos también fueron protagonistas de la boleta electoral la semana pasada. En Illinois, uno de los nueve estados con un impuesto a la renta fijo, el gobernador J.B. Pritzker hizo campaña para aprobar una enmienda constitucional que permita un impuesto gradual o progresivo, que supuestamente afectaría solo a los votantes ricos, pero fue derrotado 55% a 45%. En Colorado, mientras que todo el aparato de la izquierda intentó aprobar un impuesto progresivo a la renta, ganó en cambio y por amplia mayoría (57% a 43%), el esfuerzo compensatorio dirigido por Jon Caldara del Independence Institute y su propuesta de reducción del impuesto a la renta del 4,63% al 4,55%. Los votantes de Colorado también aprobaron la Proposición 117 para cerrar una laguna en la Declaración de Derechos del Contribuyente del estado, de 1992. Esta enmienda, conocida como Tabor, limita el crecimiento del gobierno estatal al vincularlo a la inflación y al crecimiento de la población.

Si California produjo las revueltas fiscales en los ´70 y ´80, este año se pudieron escuchar débiles ecos de aquella época en la que los californianos no eran tan complacientes con el insaciable apetito de Sacramento. Los votantes rechazaron un referéndum que habría permitido mantener preferencias raciales en la contratación estatal y en las admisiones universitarias, negaron un aumento masivo de impuestos a la propiedad comercial y rescataron decenas de miles de empleos de las plataformas tecnológicas. En efecto, los votantes del Golden State optaron por proteger la Proposición 13, que limita los aumentos anuales en las tasas de impuestos a la propiedad tanto comerciales como de vivienda; aprobaron la Propuesta 22 (58,5% a 41,5%), fuertemente rechazada por los sindicatos y abogados demandantes, eximiendo a los trabajadores de plataformas como Uber, Instacart y Grubhub, de la ley estatal AB5 que obliga a reclasificar a cientos de miles de contratistas independientes como empleados dependientes, y rechazaron la proposición 15 de incrementos impositivos. Finalmente, en Alaska los votantes rechazaron 56% a 44% un aumento a la industria petrolera, intento similar de desangrar a los productores de energía que había fracasado en 2014 dado que la industria ya proporciona abundantes ingresos para el estado.

Sherlock Holmes nos recordaría que busquemos al perro que no ladró en esta elección. Por primera vez desde 2014, ningún estado sometió a votación un impuesto al carbono. Todas estas propuestas han fracasado, por lo que es posible pensar que los defensores de la subida de los precios de la energía mediante impuestos hayan decidido que esta no es una cuestión que deba dejarse en manos de los votantes y lo veamos aparecer más adelante en alguna orden ejecutiva.

En definitiva esta elección ha dejado en claro, otra vez, que el progreso en general parece despertar muy poco interés en las personas que se califican a sí mismas de progresistas. Lo que les interesa es denunciar fracasos sociales y acusar a otros de cometer pecados. A pesar de lo que la izquierda pueda decir sobre su preocupación por los pobres, marginados, negros o mujeres, su comportamiento real demuestra que su interés es mayor cuando estas personas pueden ser utilizadas como foco de las denuncias izquierdista contra la sociedad. Cuando el pobre deja de ser pobre, el negro asciende en su trabajo, disminuye la discriminación de la mujer o los marginados son integrados, pierden el favor de la izquierda. Esto no es una novedad de nuestros tiempos. Allá por el siglo XIX, Karl Marx, tras presentar su visión de una clase trabajadora empobrecida levantándose para atacar y destruir el capitalismo, se sintió decepcionado al ver que los trabajadores se hacían menos revolucionarios a lo largo del tiempo, según mejoraba su nivel de vida, pronunciando su famosa frase: “El proletariado es revolucionario o no es nada”. Millones de seres humanos sólo le importaban mientras pudieran servir como carne de cañón en su yihad contra la sociedad existente. Si rechazaban ser peones en su juego ideológico, entonces “no eran nada”. Por ello, para algunos de nosotros, la historia más interesante de las elecciones de 2020 no es la victoria de Biden, que es lo único que los encuestadores finalmente acertaron, sino verificar que se rechazaran proposiciones absurdas de adoctrinamiento y empobrecimiento de parte de votantes que se veían a sí mismos como estadounidenses, no como víctimas. Y esto es algo que merece la pena celebrarse.

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