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Publicado el 29 de junio, 2019

Eleonora Urrutia: Libra, la nueva criptomoneda de Facebook

Se trate de libra o bitcoin, lo que importa es ampliar la libertad de los individuos a la hora de decidir qué hacer con el fruto de su trabajo. Porque el problema que de verdad enfrentamos es que persiste la creencia casi religiosa de que el gobierno es un ente idóneo para ordenar y dirigir las actividades productivas y el comercio de los ciudadanos, basada en que supuestamente están integrados por honorables expertos y abnegados servidores públicos, entregados al bien común y no a ganar dinero, lo que es mal visto.

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El 18 de junio pasado, Facebook, con la ayuda de 27 socios incluyendo MasterCard, Visa, eBay y Uber, anunció el lanzamiento en 2020 de su criptomoneda -llamada libra– y de su plataforma de pagos con la que aspira emular a WeChatPay, el gigante chino que desde hace años integra pagos en su red social. A diferencia de la plataforma china, que opera una red de pagos centralizada y totalmente controlada por ellos, Zuckerberg ha decidido revestir a libra de los atributos descentralizados de una criptomoneda como bitcoin. El white paper que describe la visión de esta nueva moneda está lleno de objetivos loables, como la creación de oportunidades económicas y el avance de la inclusión financiera, pero llevará tiempo comprender completamente sus ramificaciones.

Acierta Facebook en comprender que sólo cediendo parte del control y ofreciendo una transparencia ejemplar podrán incluir a socios que le den la masa crítica de usuarios y aceptación imprescindibles para que una red de pagos o moneda sean útiles. Al abrir su código al mundo, “libra” permite que los participantes en la red puedan comprobar que Facebook no les está atrapando en una plataforma cuyas condiciones de uso pueda luego cambiar arbitrariamente.

Los beneficios de libra

Las criptomonedas más importantes existentes no están vinculadas a activos físicos. Esto las hace inmunes a los caprichos de los gobiernos nacionales, pero también los hace propensos a las burbujas especulativas y los choques repentinos. “Libra”, en cambio, estará 100% respaldada por una canasta equivalente de depósitos bancarios y valores gubernamentales a corto plazo en varias monedas importantes y está diseñada para mantener siempre el valor de un solo dólar. Como resultado no sufrirá fluctuaciones salvajes en los precios y tampoco estará ligada a las fortunas y políticas de un país. Otro efecto de estar respaldado por activos es que puede ayudar a disminuir el riesgo de una alta inflación en países de todo el mundo. Friedrich Hayek destacó precisamente este punto en su libro La desnacionalización de la Moneda (1978). El autor creía que todo el mundo estaría mejor si la gente pudiera elegir entre diferentes tipos de dinero privado en lugar de usar dinero emitido por el gobierno y que la emisión de este tipo de dinero eliminaría la inflación ya que la gente solo usaría la moneda más estable en valor.

Un segundo beneficio económico de libra es que reducirá el costo de transferir dinero porque el costo marginal de usarlo será muy bajo y Facebook es muy popular entre sus aproximadamente 2.400 millones de usuarios. A modo testimonial de lo dicho, con el anuncio de Facebook cayeron a pique las acciones de Western Union, uno de los principales impulsores de dinero a nivel internacional.

Libra no es amenaza para bitcoin

La madre de todas las criptomonedas, el bitcoin, vio la luz el 31 de octubre de 2008 en un documento distribuido por un tal Satoshi Nakamoto, poco tiempo después de la crisis financiera de ese año, diseñada precisamente para liberar al mundo del dinero fiduciario y para eliminar la necesidad de transacciones de terceros. Satoshi, quienquiera que fuera, quería que su moneda de “par a par” mantuviera muchas de las mismas propiedades que hicieron del oro el medio de intercambio ideal durante miles de años. Por ello, el suministro de bitcoin es finito y escaso (el protocolo actual solo permite la emisión de 21 millones), costoso de producir, inmune a la manipulación y escalable. Así las cosas, el bitcoin sigue creciendo tras 10 años y superará este año los 100 millones de usuarios.

Pero lo que hace verdaderamente revolucionario al bitcoin es el hecho de que está descentralizado, se controla y mantiene a través del consenso de sus usuarios y es digital. Ningún gobierno puede cerrar o controlar esta moneda de manera muy sencilla como lo hacen con sus propias monedas, puede enviarse a cualquier parte del mundo y es impermeable a la inflación. Operando como un libro de código abierto conocido como blockchain, bitcoin es una base de datos distribuida, criptográfica e inmutable que usa proof-of-work (prueba de trabajo) para documentar el flujo de su moneda nativa, digital y descentralizada –bitcoin- cuyas transacciones se verifican a través de una red de nodos. Los individuos que mantienen estos nodos y verifican las transacciones se conocen como mineros y son recompensados en bitcoin.

La idea de bitcoin surgió del movimiento Cypherpunk de los años noventa. Muchos de estos Cypherpunks, como John Gilmore, Julian Assange, Eric Hughes, Hal Finney y Timothy C. May, sostenían ideas libertarias sobre la privacidad, el gobierno limitado y la libertad de expresión y algunos eventualmente se involucraron en el crecimiento de bitcoin. Por lo mismo la conexión de bitcoin con la economía austriaca y por extensión con el libertarianismo es menos que sutil. De hecho, el informe “Esquemas de moneda virtual” del Banco Central Europeo vincula directamente la moneda digital descentralizada con la Escuela Austriaca de Economía. Según este informe, las raíces filosóficas de bitcoin son una “crítica directa del dinero fiduciario actual y las intervenciones tomadas por los gobiernos y otras agencias” que los economistas Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y Eugen von Böhm-Bawerk entendieron “exacerban los ciclos económicos y la inflación masiva”.

Entre los mayores hitos en la historia del bitcoin destacan la decisión de Japón de legalizarlo como forma de pago en 2016, su práctica prohibición en China desde mediados de 2017, su aceptación para el pago de impuestos de las empresas de parte del gobierno de Ohio y su debut a finales de ese año en el mercado de futuros CBOE de Chicago y en el CME, la principal plaza de derivados financieros de Estados Unidos. Esta última medida propició una espectacular escalada en el precio del bitcoin hasta rozar casi los 20.000 dólares la unidad, su mayor precio a la fecha y casi 20 veces el valor con el que arrancó 2017. Hoy se compra a casi 11.500 dólares, tras una prolongada mala racha calificada por algunos analistas como el estallido de la cripto-burbuja, mientras que otros recuerdan que un bitcoin valía apenas cinco centavos de dólar en 2010 y 430 dólares a mediados de 2016.

Quizás una de las más preguntas más complejas en relación al bitcoin es qué pasará cuando se alcance la emisión de los 21 millones. Es difícil saberlo. Si los mineros no se ven suficientemente recompensados, como piensan algunos, la red caerá. Si siguen funcionando, como piensan otros, cada vez habrá menos bitcoin en circulación, lo que hará que funcione como activo de reserva de valor, pero no como medio de pago. Pero si surgen bancos de bitcoin que usen la reserva fraccionaria, posibilidad muy remota, puede que sí acabe usándose como moneda. Claro que también podría pasar que no se lleguen a los 21 millones de bitcoin, que todo esto que estamos viviendo sea una burbuja y se desmorone antes de llegar a dicho momento.

¿Bitcoin o libra? Ese no es el problema

La capitalización de todas las criptomonedas asciende a casi 203 mil millones de dólares de los que un 54% corresponden solo al bitcoin, según datos de la plataforma Coinmarketcap. Dadas estas cifras, a partir de la presentación de libra, se ha encendido un debate entre los seguidores y analistas de criptomonedas. Quienes sostienen que la nueva moneda no será competencia para las existentes, en particular bitcoin, alegan que libra busca un equilibrio imposible: pretende tener el alcance global y la cualidad incensurable de la que presume bitcoin, pero no pueden arriesgarse a ceder todo el control ni rechazar la tutela del regulador. Calibra, la filial de Facebook que creará libra, y la Asociación Libra, que gestionará el protocolo, han tomado desde el principio la determinación de operar en colaboración con las autoridades reguladoras y es probable que lo primero en lo que insistirán los reguladores en EE.UU. y la UE será en aplicar las normas de prevención de blanqueo de capitales (AML) y de conocer al cliente (KYC). El resultado será la necesidad de bloquear a miles de millones de usuarios precisamente en los países donde hay más población no bancarizada. Y, por supuesto, bloquear los pagos internacionales entre países con regulaciones financieras muy distintas.

Como fuere, Facebook enseñará a miles de millones de usuarios cómo se maneja un monedero de criptomonedas y a las empresas de bitcoin (algunas de los cuales como Xapo participan en libra) a crear herramientas más fáciles de usar e integradas en las redes sociales con más usuarios. Y en relación a las preocupaciones de algunos relacionadas a los riesgos de vivir en una sociedad sin dinero efectivo, parecen poco relevantes. Es cierto que si libra es un éxito seguramente habrá una tendencia mundial hacia las criptomonedas. Y que existen dos problemas a encarar en ese sentido, la imposibilidad de parte de la población de acceder a un celular con conexión y al conocimiento mínimo digital para operar (por lo que ya ciudades como Philadelphia, San Franciso y el estado de New Jersey han prohibido tiendas que no aceptan efectivo) y que una economía sin dinero efectivo es más vulnerable a los cortes en electricidad, las comunicaciones y la seguridad. Pero ambas resultan preocupaciones casi triviales que seguramente encontrarán pronta solución.

Se trate de libra o bitcoin, lo que importa es ampliar la libertad de los individuos a la hora de decidir qué hacer con el fruto de su trabajo. Porque el problema que de verdad enfrentamos es que persiste la creencia casi religiosa de que el gobierno es un ente idóneo para ordenar y dirigir las actividades productivas y el comercio de los ciudadanos basada en que supuestamente están integrados por honorables expertos y abnegados servidores públicos, entregados al bien común y no a ganar dinero, lo que es mal visto. Sin duda, hay buenas personas en todos los gobiernos, pero la experiencia indica que la utilización del poder para aprovecharse de los incautos atrae y motiva más a los pícaros que a los honestos o capaces.

Así, muchos creen ciegamente en la reglamentación de la actividad privada. Citan ejemplos de fracasos bancarios, como la crisis del 2008, sin reparar en que la banca es uno de los sectores más regulados. No aprecian que los reglamentos no son redactados para proteger derechos sino para dirigir actividades privadas, por lo que tienen consecuencias indeseadas y no previstas, suelen impedir la competencia, dan falsa confianza al público, incentivan el incumplimiento de normas, inducen a la desviación antieconómica de recursos, crean terror por multiplicidad de interpretaciones, impiden las correcciones oportunas y limitan las actividades de la gente. Claman por regular más lo que ya está sobre-regulado. El titular de la FED admitió en su momento culpa al no prever la burbuja inmobiliaria del 2007 pero fue su principal causante al fomentar la inversión antieconómica en bienes inmobiliarios, bajando los intereses al suelo, tras la política iniciada por Clinton de «casa para todos». ¡Imagínese el grado de intromisión de un gobierno que fomentó las compras de viviendas insistiendo en que los banqueros no podían preguntar al deudor potencial si tenía empleo! Lo irónico es que los políticos, con inaudita pretensión, culpan al sistema cuya debida operación impiden.

Parte del problema es la generalizada ignorancia de los mecanismos de control del mercado, de los severos castigos que impone y de lo que exige para tener éxito como consecuencia de ser un proceso espontáneo, no diseñado y basado en el respeto a los derechos de todos. Por otro lado, los individuos tenemos el derecho a hacer todo lo que no viole derechos ajenos y es una obligación prioritaria del gobierno –para ello fue creado en primer lugar y es posterior al hombre- proteger nuestros derechos en lugar de inmiscuirse en nuestros asuntos privados. Es decir, debe protegernos de robos, fraudes y violaciones pero no averiguar en qué gastamos nuestro dinero. Esto no sólo deviene inmoral sino que es infinitamente peligroso ya que es precisamente el gobierno a quien confiamos el monopolio de la fuerza.

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