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Publicado el 06 de septiembre, 2019

Eleonora Urrutia: Lecciones de la Argentina

Si el peronismo ha gobernado la Argentina en sus distintas formas y vertientes durante tanto tiempo, se debe, ni más ni menos, a que es el pensamiento predominante e irrefutable en la gran mayoría de la población.

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La Argentina se encuentra, una vez más, al borde del abismo. La victoria del peronismo en las elecciones primarias del 11 de agosto frente al oficialismo del actual presidente, Mauricio Macri, se tradujo de inmediato en un estado de pánico entre los inversores, con desplome bursátil, aumento del riesgo país y hundimiento del peso. La reacción de los mercados, que obligó el domingo pasado a decretar un tope en la compra de dólares y la liquidación de las exportaciones, anticipa una posible quiebra del Estado argentino, el regreso del cepo cambiario, un férreo control de capitales y el empobrecimiento generalizado, ya que se da por hecho que el peronismo se impondrá en las presidenciales del próximo mes de octubre.

Negro futuro, pues, el que depara a los argentinos. El problema de fondo, sin embargo, no viene de ahora, sino de lejos. La Argentina es, desde hace tiempo, un país fallido. No en vano ha suspendido pagos en ocho ocasiones a lo largo de los dos últimos siglos y de los últimos 57 años, 53 ha pasado con déficit fiscal y cuatro crisis económicas y sociales terribles.

En este sentido, el país ofrece lecciones que deberían quedar grabadas a fuego en la memoria colectiva de otras sociedades para que no cometan los mismos errores que le han llevado a esta dramática situación.

Primera lección

La primera lección es que ni la riqueza está dada ni salir de la barbarie y llegar a la civilización es un proceso fatídico e inevitable. La riqueza se crea, pero es necesario contar con una serie de condiciones básicas a fin de que fructifique, tales como la defensa de la propiedad privada, el cumplimiento de los contratos y la libertad económica en un sentido amplio. Los países no son ricos o pobres de modo mágico, irreversible e independiente de sus instituciones, sus leyes, sus gobiernos. Ya en el siglo XVIII Adam Smith acuñó la definición moderna de riqueza: es el trabajo humano, y éste será más o menos productivo según se halle en un entorno institucional más favorable, con más justicia y más libertad, de modo que cada individuo, siguiendo el impulso de mejorar su propia condición pueda lograrlo y al tiempo hacer lo mismo con su comunidad.

La Argentina era un país emergente a mediados del siglo XIX y reconvirtió sus instituciones siguiendo el recetario liberal. El resultado fue notable porque ese país de hace cien años era próspero. Sin embargo, aquella economía favorable al capitalismo fue cediendo terreno paulatinamente al intervencionismo estatal, al nacionalismo económico y, finalmente, al peronismo que, de una u otra forma, preside Argentina desde los años 50. En efecto el golpe a la economía argentina se explica, principalmente por factores domésticos: inflación excesiva, desorden crónico del gasto público, prevalencia de las ideas proteccionistas y excesos regulatorios. Hay factores internacionales complementarios, pero la decadencia ha sido, ante todo, el producto de una política equivocada. Y aun cuando logró crecer con fuerza durante la década de 1990, las reformas fueron tímidas a la hora de revertir el socialismo de décadas previas. Macri hizo algunas cosas bien, sobre todo en lo que se diferencia del populismo de Cristina Kirchner, pero no ha sido suficiente y ha incurrido en errores que no se disculpan pese a la dificultad de la situación que existía al asumir hace casi cuatro años atrás.

La consecuencia de haber frenado el ritmo de desarrollo que se instaló a finales del siglo XIX ha sido un empobrecimiento relativo notable y una marcada decadencia por donde se mire aunque no todavía un colapso al estilo cubano o venezolano.

Segunda lección

La segunda lección a extraer de este negativo derrotero es que el gradualismo en reformar las instituciones de un país no funciona aun cuando existan situaciones en las que no parezca posible otra opción. Y la prueba más reciente es Macri; sus cambios fueron insuficientes aunque importantes. Hay veces en las que parecería conveniente forzar la cultura, ir contra la corriente popular y operar los cambios que resulten suficientes, casi a modo construccionista y no evolucionista, porque por definición tales cambios serán inerciales. El gradualismo del Presidente Macri consistente en no tocar el grueso del sistema institucional keynesiano que preside el país, fracasó estrepitosamente, llevándolo a una profunda crisis que, como es lógico, se ha traducido en un amplio descontento electoral.

No es fácil realizar reformas profundassuponiendo que se conozca el caminouna vez que la cultura predominante está acostumbrada al facilismo y una parte importante de la población vive de la otra y además está representada por grupos de poder que operan con la fuerza. Basta recordar que en la Argentina, los llamados “piqueteros” -cortadores de calles y rutas- que reciben subsidio del estado de manera regular, son convocados por los kirchneristas a los cortes a cambio de otra tajada más y si se para en una esquina de corte cualquiera podrá observar al puntero del evento tomándoles lista de asistencia. Esto no es pobreza, es abuso, y si se quiere ser exitoso hay que dejar de ser esa derecha sin remedio, tan cobarde con el enemigo como implacable con quien desde su propio seno no se resigna a la cobardía, el oportunismo y la indignidad.

Tampoco está claro que Macri hubiera podido hacer los cambios necesarios de haberlo querido o sabido hacer, dado que no contó nunca con mayoría legislativa. Hay que estar dispuestos a dar las batallas que deban darse, por crueles que parezcan, saber cuáles son y poder hacerlas en el juego de las mayorías democráticas.

Lo que sí es sabido es que los resultados de reformar un país, dándoles básicamente a las personas mayor libertad para crear y producir, son contundentes especialmente entre los más pobres; los ejemplos sobran, empezando por Chile y con magníficas muestras: si en India las reformas pro libertad hubieran comenzando en 1971 en lugar de 1981, 14,5 millones de niños habrían sobrevivido, 261 millones de indios más estarían alfabetizados y habría 109 millones de pobres menos. Como decía Frederick Bastiat sobre “lo que se ve y lo que no se ve”: las políticas económicas tienen costos que pasan desapercibidos y no basta evaluar sus resultados de forma independiente, debe hacerse a la luz de una teoría que sea capaz de explicar si ha habido un progreso a causa de esa política o a pesar de esa política.

Tercera lección

Y la tercera lección, la más importante de todas, y corolario de la anterior, es que la batalla de las ideas es fundamental. Si el peronismo ha gobernado la Argentina en sus distintas formas y vertientes durante tanto tiempo, se debe, ni más ni menos, a que es el pensamiento predominante e irrefutable en la gran mayoría de la población. Es la gente la que quiere proteccionismo y ayuda estatal. El votante medio piensa, erróneamente, que el problema es de sus gobernantes, que lo es también, pero obvian que el auténtico origen de su constante y recurrente fracaso estriba en el intenso intervencionismo público que no deja libertad para emprender y producir, junto a un anquilosado clientelismo político en el que buena parte de la sociedad permanece subsidiada a costa de una porción productiva cada vez más escasa y depauperada. Pero es éste el sistema es el que la mayoría vota, por ahora y mientras desde el poder no se hagan con tanto que ya no sea posible votar, o sea, como sucede con Venezuela hoy. Si nadie cuestiona ese modelo, y son muy pocos los que lo hacen, la sociedad argentina seguirá condenada. Han pasado casi cien años desde el inicio de su declive y bien podrían pasar otros.

Terminemos como empezamos, con Adam Smith. El filósofo y economista escocés, cuyas recetas han sido exitosas allí donde se las ha aplicado, independiente del tiempo y la geografía, resumió en tres las premisas para avanzar en la riqueza de las naciones: peace, easy taxes, and a tolerable administration of justice. La historia es relativamente lineal: los países que han seguido estas premisas han sido exitosos; entre los otros se encuentra la Argentina.

FOTO: AESTHETICS OF CRISIS

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