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Publicado el 8 enero, 2021

Eleonora Urrutia: La narrativa detrás del asalto al Capitolio

No se trata de minimizar lo ocurrido, sino de aclararlo. Y de tomar una posición contra la amenaza en la que están involucrados sectores importantes de las élites culturales y políticas.

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Seamos claros sobre lo que sucedió el pasado miércoles en el Capitolio. Fue un asalto multitudinario a las instituciones de la democracia de parte de una banda heterogénea que invadió el Congreso, formando una imagen grotesca salpicada de pintura facial y cuernos. Lo que hicieron no fue ridículo, fue serio. Ingresaron ilegalmente a la institución más representativa de los Estados Unidos, un faro de democracia para muchos en todo el mundo, con la intención de bloquear la transición pacífica de poder votada por sus conciudadanos. Cometieron una violenta incursión contra la práctica y el ideal de la democracia.

Pero también aclaremos lo que no sucedió. No fue un golpe fascista, como afirman tantos estridentes comentaristas supuestamente liberales. El uso flagrante que hacen de la palabra “fascista” para describir cada movimiento político que desaprueban es un insulto a la razón y la historia. Esto no fue un golpe de estado. La Guardia Nacional reprimió a los manifestantes, las barricadas se levantaron rápidamente y su líder los mandó a sus casas, algo por cierto que nunca se oyó de Biden durante los meses que duró el asedio de Black Lives Matter. Un golpe es un esfuerzo consciente y armado para arrebatarle el poder al gobierno de forma ilegal. Estas personas ni siquiera podían creer que habían llegado al Capitolio y no provocaron los desmanes, destrucciones e incendios vistos en los últimos meses en decenas de ciudades norteamericanas. 

Desafiar la narrativa tan rápidamente construida en torno a la invasión del Capitolio de una amenaza fascista a la república estadounidense, de Trump liderando un golpe de estado, de que el populismo finalmente revela sus verdaderos y repugnantes colores… no se trata de minimizar lo ocurrido, sino de aclararlo. Y se trata de tomar una posición contra la amenaza en la que están involucrados sectores importantes de las élites culturales y políticas. Sus histéricas advertencias sobre el resurgimiento del fascismo, sobre pequeñas turbas que amenazan la aparentemente prístina democracia de Estados Unidos, solo pueden conducir a mayores controles autoritarios sobre la acción y el discurso políticos. Quienes creemos genuinamente en la libertad y la democracia deberíamos pedir cierta perspectiva sobre los acontecimientos del miércoles pasado, no para excusar a los personajes que participaron en ese comportamiento desenfrenado, sino para protegernos de una respuesta antidemocrática y antiliberal de las élites directivas que termine amenazando a la democracia más que el propio evento. 

Existe una disparidad sorprendente en los medios de comunicación entre las afirmaciones extremas que hacen sobre la incursión en el Capitolio y sus fotografías: “esto es fascismo;  es como 1933; la extrema derecha ahora está usurpando la democracia misma”. Pero las fotos muestran algo muy diferente: manifestantes con los ojos muy abiertos, tan desconcertados como el resto de nosotros de estar en del Capitolio, incluso permaneciendo dentro de las barreras mientras caminaban por la alfombra hacia el edificio y tomándose selfies sentados en la silla del portavoz. Si no fuera por la terrible tragedia que se desarrolló posteriormente -cuatro personas murieron en el tumulto, de las que los medios casi no reportan- uno podría pensar que se trató de una visita pública de inadaptados mal programada al Capitolio. Si una noche de caos por parte de algunos perdedores doloridos y teóricos de la conspiración que finalmente fue disuelta por la policía es una insurrección, ¿cómo llamaría la incautación y ocupación durante semanas de todo un distrito urbano en Portland? Sin embargo, ¿cuánta alarma hubo por esa usurpación antidemocrática del poder? No mucha, fue tolerada, se la excusó e incluso se la celebró. El nombre de George Floyd fue sacralizado, pero ¿quién sabe los nombres de las cuatro personas que fueron asesinadas el otro día? 

Esta disparidad entre lo reportado por los medios y la realidad pareciera confirmar el carácter político de la situación. Agigantar la entidad de la amenaza y repetir hasta el cansancio afirmaciones sobre un golpe fascista, son esfuerzos transparentes de las elites políticas y culturales por dotar a su proyecto de importancia moral; para darle el brillo de la urgencia histórica a su restauración del poder gerencial y tecnocrático después del experimento populista de cuatro años, que es fundamentalmente el proyecto en el que Biden y sus influyentes partidarios están comprometidos. Peor aún, la construcción de esta narrativa permitirá a las élites coartar incluso más formas de pensamiento y discurso de lo que ya han logrado, sobre la base de que el fascismo latente entre el pueblo ignorante estadounidense está siendo agitado por ideas y comentarios incendiarios que deben ser prohibidos. De hecho, ya hemos tenido una visión escalofriante de esta represión posterior en la extraordinaria decisión de Twitter de prohibir tres de los tuits de Trump del miércoles y bloquear su cuenta durante 12 horas, extensivas a suspenderla hasta la asunción del nuevo presidente. Este uso unilateral del poder corporativo de Silicon Valley para evitar que el presidente de los Estados Unidos elegido democráticamente se relacione con millones de sus votantes y simpatizantes es un grave asalto a la democracia, más grave quizás que la incursión inmoral y antidemocrática realizada al Capitolio. Ya, de inmediato, estamos viendo que la respuesta a los desafortunados eventos del 6 de enero probablemente tendrá consecuencias negativas más duraderas para el debate abierto y las normas democráticas que el asunto en sí.

Disturbios vs fascismo

La condena de las élites a los alborotadores invasores también suena, cuanto menos, vacía. Son las mismas élites que se negaron, durante semanas, a condenar los disturbios destructivos que se apoderaron de gran parte de los EE.UU. durante el verano boreal tras el asesinato de Floyd en Minneapolis. De hecho, los comentaristas más serios de los grandes medios condenaron a cualquiera que usara palabras como “disturbios” y “saqueos”. CNN se refirió infamemente a los violentos asaltos a edificios y medios de vida como protestas “en su mayoría pacíficas”. Biden y otros demócratas destacados guardaron silencio. Cuando los manifestantes asaltaron comisarías e incluso un juzgado en Portland, poco se dijo. No se puede dar luz verde implícita a disturbios durante semanas para luego condenar la locura del Capitolio y esperar que lo tomen en serio.

No es tan extraño llamar la atención sobre la dócil respuesta de las élites al comportamiento desenfrenado de esos meses. Más bien, se trata de comprender el creciente dominio del que goza el nuevo clero sobre la narrativa política e incluso sobre el lenguaje y las palabras mismas. Su supremacía cultural y mediática significa que tienen cada vez más el poder de narrar los disturbios de BLM como si no fueran disturbios en absoluto, mientras que una incursión violenta en el Capitolio es literalmente fascismo; significa que pueden decir que las protestas contra los confinamientos en tiempos de pandemia son letales para la salud pública, pero las protestas contra la policía no lo son; significa que pueden asegurar el silenciamiento e incluso el despido de cualquiera que se refiriera a la violencia de BLM como un saqueo mientras vitoreaban cuando la policía disparaba contra los manifestantes en el Capitolio. Es este control de la narración política, del pensamiento mismo, del significado de palabras como motín, saqueo, fascismo, pacífico, etc., lo que debe ser destacado y confrontado.

Luego está el doble rasero que utilizan sobre la democracia misma. Conductores de televisión por cable, expertos, redactores de columnas, editoriales de periódicos y eruditos legales que odian a Trump hablan sobre cómo los congresistas republicanos que pretendían cuestionar los resultados de las elecciones “socavan la integridad de la república”. Pero muchos de estos mismos críticos poco o nada dijeron sobre la integridad de la república cuando, durante la totalidad de la presidencia de Trump, se hicieron acusaciones infundadas, que incluyen pero no se limitan a: que la relación de Trump con Putin convirtió al presidente en un activo de Rusia; que bajo la 25ª Enmienda, el estado mental de Trump requería que renunciara; que las violaciones de Trump de la cláusula de emolumentos lo convierten en un “estafador”; y que el presidente elegido democráticamente es un “fascista”, un “nazi” y un “racista”. 

Critican a Trump por abrazar “teorías de conspiración” electorales. Pero muchos de los que llaman a Trump “delirante” por cuestionar la elección han abrazado algunas de las teorías de conspiración más escandalosas, sin que los creyentes sean objeto de burla pública, incluyendo al setenta y ocho por ciento de los demócratas, según una encuesta de Gallup de agosto de 2018, que aseguraban no sólo que los rusos interfirieron en las elecciones de 2016, sino que esta interferencia puso a Trump en el cargo. Los partidarios de Hillary Clinton que difundieron esas teorías de conspiración sobre el robo de Rusia en las elecciones presidenciales de 2016 y que aplaudieron al estado de seguridad mientras se investigaba la elección de Trump, ¿pensaron que este comportamiento no tendría un impacto a largo plazo en el respeto a la democracia? ¿Que no alentaría el cinismo hacia el proceso electoral de Estados Unidos? Los teóricos de la conspiración demócrata y, por caso, los agitadores incondicionales anti Brexit en el Reino Unido deberían mirar un poco más de cerca a los exaltados que irrumpieron en el Capitolio para quizás ver una versión más payasesca y disfrazada de su propio yo antidemocrático devolviéndole la mirada.

Otros “fraudes” electorales

Por otra parte, los demócratas tienen una larga trayectoria en disputar elecciones. En la del 2000, que coronó al republicano George W. Bush, el entonces Vicepresidente y candidato demócrata Al Gore lideró una cruzada judicial de treinta y seis días que ponía foco en el recuento de votos en el Estado de Florida, donde los demócratas denunciaban fraude. La persistencia de Gore, avalada desde la Casa Blanca por el entonces presidente Clinton, fue frenada por la Corte Suprema el 12 de diciembre de ese año con el fallo Bush v Gore.

En la elección presidencial del 2004 los demócratas decidieron redoblar sus esfuerzos y denunciar fraude con foco ahora puesto en el Estado de Ohio, que Bush había ganado por un cómodo margen, pero que en el que se reportaban irregularidades relacionadas a las máquinas de tabulación de votos. El candidato John Kerry contaba con muy poca evidencia para defender sus denuncias de fraude, pero de igual manera su partido decidió llevar la batalla al Congreso y disputar la elección, esfuerzos liderados por la senadora de California Barbara Boxer, que presentó una moción para desconocer la elección junto a la diputada Stephanie Tubbs. A diferencia del año 2000, los demócratas llegaron a someter la disputa al recinto, primera vez que ocurrió algo así desde la elección presidencial de 1877. Pese a abstenerse Biden, Pelosi y Clinton se pasaron los siguientes años socavando la credibilidad de Bush. Así lo dejó claro Howard Dean, Presidente Nacional del Comité Demócrata, quien continuaba clamando en 2006 que la elección les fue robada y que el segundo término de Bush no era legítimo.

Doce años más tarde, el Partido Republicano volvía a ganar una elección presidencial de la mano de Donald Trump, y los demócratas no perdieron el tiempo para volver a denunciar irregularidades. Esta vez, valiéndose del comentado RussiaGate. En la Sesión Conjunta del Congreso del 2016, la diputada demócrata Sheila Lee Jackson, acompañada por más de una treintena compañeros, presentó formalmente una moción para disputar los resultados, pero las pruebas de una supuesta interferencia rusa eran tan débiles que ningún senador se unió a la iniciativa. Si bien el Congreso formalmente reconoció a Trump como Presidente, el Partido Demócrata utilizó la trama rusa para tratarlo como un mandatario ilegítimo y rápidamente colocaron un Fiscal Especial, el militante ultra-demócrata Robert Mueller, para investigar la supuesta interferencia. Dos años más tarde y millones de dólares malgastados, Mueller se vio obligado a cerrar su investigación por falta de pruebas y exonerar a Trump.

Hoy, figuras de la talla de Nancy Pelosi o Joe Biden, que se empeñaron en atacar y denunciar las irregularidades del sistema electoral norteamericano en las últimas dos décadas, claman que es el más seguro del mundo. Los mismos medios de comunicación que afirmaban sin ninguna prueba que se había cometido fraude electoral en la elección del 2004 ahora intentan hacerle creer a su público que Trump está atacando a la democracia por denunciar irregularidades. En cada elección presidencial perdida en las tres últimas décadas, el Partido Demócrata adoptó una actitud hostil y ninguno de sus candidatos reconoció la derrota. Por el contrario, utilizaron cada oportunidad posible para minar la credibilidad del proceso institucional y del sistema electoral, el mismo que ahora defienden a rajatabla. 

Dicho ello, Joe Biden ganó las elecciones de manera justa. La campaña para desprestigiar el resultado de las elecciones es incorrecta y peligrosa. El consentimiento de los perdedores es vital en una sociedad democrática sana. Tanto los amantes de Mueller de los medios liberales estadounidenses como los alborotadores pro-Trump en el Capitolio deben cesar y tener cierto respeto por el pueblo y su voluntad democrática. Que la democracia está amenazada tanto por las supuestamente respetables élites gerenciales como por una multitud de enemigos de Biden es un punto importante que reiterar. De lo contrario, los ruidosos condenadores de las terribles acciones del miércoles antes de ayer se asegurarán una autoridad moral inmerecida sobre la cuestión de la democracia, al tiempo que la socavarán completamente, aunque de manera menos vistosa que el tipo de las astas en el Capitolio.

Muchos observadores, en estos momentos, están leyendo la historia al revés. Hablan de los eventos comentados como la máxima expresión del gobierno de Trump contra el sistema. Esta es una teleología de la perdición. La incursión del Capitolio señala el declive y decadencia tanto de su presidencia como de sus más fieles seguidores. Pero solo porque ese gobierno haya terminado, no significa que la lucha contra lo políticamente correcto, contra la batalla cultural desatada por la cultura de la cancelación deba estarlo. Por el contrario, necesitamos el espíritu popular más que nunca, necesitamos que personas valientes estén dispuestas a desafiar a los poderosos gobernantes que pretenden imponer su poder de manera hegemónica, al mejor estilo Gramsci, para proteger a la democracia en general, contra las élites distantes cuyo proyecto tecnocrático antiliberal se beneficiará lamentablemente de los inquietantes acontecimientos pasados en el Capitolio y de la narrativa deshonesta que ya se teje a su alrededor.

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