Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 21 de septiembre, 2019

Eleonora Urrutia: La izquierda y la manipulación del lenguaje

No es ningún accidente que la izquierda sea el mayor promotor y difusor del lenguaje políticamente correcto, precisamente porque cree que cambiar el nombre de una cosa disfraza su naturaleza y la transforma en otra distinta.

Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Uno de los fenómenos más perniciosos de nuestros días por las consecuencias políticas que provoca es la forma en la que la izquierda se apodera del lenguaje y lo corrompe. Para ser precisos, existen muchas personas bien intencionadas acerca de las bondades de la izquierda que no pretenden hacer un uso espurio de la lengua. Aun así, son arrastrados por el convencimiento y el empeño con que los más extremos de sus representantes manipulan el habla, y en pos de seguir la corriente principal, terminan cometiendo errores similares.

Sucede que en la visión del mundo de la izquierda marxista suele escasear la expresión de duda, incertidumbre o hipótesis y sus postulados fundamentales están empobrecidos de contexto. Trata de negar la existencia de referencias pragmáticas, y el significado de las palabras está usualmente mediatizado por una ignorancia voluntaria de los hechos; así puede ver lo que ocurre delante de sus ojos y decidir que no está ocurriendo. Luego, movilizará el lenguaje para postular y describir una realidad falsificada, un mundo fraudulento. El doble pensar que denunciara Orwell en 1984, dedicado a falsear la realidad para manipular la opinión pública.

Pero además el lenguaje de la izquierda no excluye la transformación, en tanto que los eventos y objetos del mundo real puedan ser -y son– redescritos como objetos situados en un reino discursivo paralelo y exclusivo. Ejemplos abundan, pero para partir con algunos, “conservador” es sinónimo de “racista” o “fascista” en completo desprecio a los principios, textos y argumentos racionales del conservadurismo. En ninguna otra parte del continente americano hubo tal cosa como “pueblos originarios ya que provenimos de África – en todo caso se trata de inmigrantes, que no son los primeros y que muchos de ellos fueron violentos, a excepción hecha de las migraciones capitalistas- pero bajo la re significación izquierdista son los pacíficos primeros propietarios de estas tierras. Muchas regiones han mutado sus paisajes a raíz de sucesivos “cambios climáticos” que vienen ocurriendo desde por lo menos las glaciaciones pero según la izquierda que el clima varíe es culpa de las empresas. Otro ejemplo relativamente reciente es lo “inclusivo” como obsesión para que en el lenguaje oficial se prescinda del masculino genérico incluso cuando no representa una defensa de la dignidad de la mujer sino a veces lo contrario. Desde luego el “progresismo” ha tenido un éxito rotundo en este campo, siendo su primer logro que aceptemos su nombre: ¿quién, en su sano juicio, asociaría el modelo instaurado en Cuba, Venezuela y Corea del Norte con “progreso”? El término “capitalismo” merece una especial mención, dado que fue Karl Marx, su principal detractor, quien lo acuñó. El capitalismo es un sistema económico y social basado en la propiedad privada y en la libertad de contratar, pero para el progresismo es sinónimo de avaricia, destrucción e injusticias. Algo similar ocurre con “neoliberal”, que no existe. Está el liberalismo y unas cuantas políticas socio-económicas colectivistas (fascismo, comunismo, socialismo). ¿Qué se supone que es el neoliberalismo? “Eso que pasó en la década del ´90”, dicen, pero no es pensable que se refieran a ideas de Hayek aplicadas en los 90 por el sencillo motivo de que eso no pasó.

Las palabras son así deliberadamente resignificadas para presentar una construcción revisionista de cómo son las cosas. La transformación es además una manera de disfrazar lo que en realidad es. Y por ello no es ningún accidente que la izquierda sea el mayor promotor y difusor del lenguaje políticamente correcto, precisamente porque cree que cambiar el nombre de una cosa disfraza su naturaleza y la transforma en otra distinta.

Las palabras no son inocentes. No es lo mismo ser “prisionero de guerra”, que “preso”; ser “refugiado” que “inmigrante ilegal”; formar parte de una “banda terrorista” que de un “movimiento independentista”.

De forma simple, sea por mutación u ocultamiento, por redescripción o renombramiento, el lenguaje de la izquierda está basado en la mentira y en la transformación en vez del reporte. Un paradigma claro y honesto de representación es totalmente extraño a la relación semántica de la izquierda con el mundo. Así, en The Political Unconscious, el prolífico autor de izquierda y profesor de la Universidad de Duke Fredric Jameson exhorta a sus lectores a liberarse del objeto empírico, a liquidar las experiencias en cuestión y disolverlas sin dejar rastros; escribir y pensar son acciones entendidas como resistirse a las consideraciones comunes de la humanidad no iluminada.

Pero sucede que las palabras no son inocentes. No es lo mismo ser “prisionero de guerra”, que “preso”; ser “refugiado” que “inmigrante ilegal”; formar parte de una “banda terrorista” que de un “movimiento independentista”. Así, el ejercicio del poder no es más que la puesta en escena de ciertas narrativas colectivas en competición con otros relatos alternativos. Ese principio tiene que ver con ancestrales cualidades del ser humano cuyo cerebro –más intuitivo y rápido que minucioso y pausado– está diseñado para sobrevivir antes que para razonar (Daniel Kahneman, nobel de Economía (2013) y autor de Pensar rápido, pensar lento).

El ser humano se rige por principios muy sencillos, con palabras cargadas de significado, que frecuentemente tienen una carga moral socialmente aceptada.

La izquierda manipula las palabras porque, como bien sabe, el lenguaje es una herramienta poderosa para afectar la motivación y el comportamiento, logrando que las personas perciban como positivo aquello que a la larga les otorga más poder. Como en el caso de “cambio climático”, en el que los gobiernos están haciéndose de poderes extraordinarios y para ejemplo basta ver la precandidatura demócrata estadounidense a la presidencia; o por la negativa, en el caso de “mercado”, que no es más que la suma de acuerdos libres entre personas con prescindencia del estado excepto en materia de cumplimiento de los contratos y, por lo mismo, pretende liquidarlo.

Ante la realidad así descrita, quienes amamos la libertad como el mejor sustento de la verdad y creemos que recuperar la verdad en nuestra sociedad es el mejor camino de asegurar que ésta siga siendo libre -la verdad frente a los falsos nuevos derechos, frente al vaciamiento de los valores, frente a las palabras del relativismo tras las que se esconde la nada– podemos encontrar ciertas pautas para no caer en la trampa de la izquierda.

En principio, no debería usarse su terminología. Muchos de nosotros, pretendiendo ridiculizar las expresiones de las neolenguas que surgen de tanto en cuanto, no hacemos más que ayudar a que dicha terminología acabe por calar en la sociedad. Es importante crear un diccionario alternativo, empleando las expresiones de forma reiterada y sin complejo -Frank Luntz (2011) explica que es bueno hablar de “alivio fiscal”, porque pagar impuestos es siempre doloroso, o de “impuesto a la muerte” en lugar de impuesto a la herencia, porque se ve peor penalizar a un muerto que a sus herederos. Hay que ser hábiles para apropiarse de palabras fetiche, aquellas asociadas a conceptos positivos: en lugar de hablar de privatizar servicios públicos, hablar de democratizar la sanidad y la educación, es decir, de conferir a las personas el derecho a elegir el modelo y el proveedor. La adjetivación interesada de palabras es otra herramienta de la izquierda. Un ejemplo muy claro es la palabra “público”, que, asociada a los servicios prestados por el Estado, les confiere una percepción positiva en la sociedad. Bajo esta misma regla, se pueden asociar dichos servicios a una palabra o concepto que no goce de buena reputación social como “servicios burocráticos”.

En resumen, las ideas se transmiten a través de las palabras, de las cuales no se pueden disociar. Por ello es fundamental dar la batalla semántica, evitando el uso de la terminología progre, creando un diccionario alternativo, apropiándonos de palabras fetiche en nuestro provecho y adjetivando de manera inteligente.

Desde que existe, el ser humano se rige por principios muy sencillos, con palabras cargadas de significado, que frecuentemente tienen una carga moral socialmente aceptada y que muchas veces podemos encuadrar en dos grandes imaginarios que parecen ser intrínsecos a nuestra existencia: una tendencia conservadora, por un lado, al mantenimiento de nuestra tradición, la pureza de nuestra identidad, el respeto a las autoridades que defienden las normas establecidas y la trascendencia de lo que somos más allá de nuestra muerte física. Y otra tendencia, que llamamos progresista, al cambio, el mestizaje, la cooperación y la discusión para el control del poder establecido, y un cierto hedonismo que quiere experimentar más allá de la tradición… (Johnattan Haidt, The Righteous Mind, 2012).

Esos imaginarios están socialmente construidos con palabras. Quien desconozca la fuerza de esas palabras, perderá la batalla política.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: