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Publicado el 2 abril, 2021

Eleonora Urrutia: La democracia en letargo

Hemos sido testigos de la desaparición del debate y del desmantelamiento del derecho a decidir sobre nuestra propia vida. Los individuos fueron transformados de ciudadanos dignos y democráticos a receptores de instrucciones; de actores públicos y libres a potenciales criminales transmisores de enfermedades que deben ser controladas y castigadas; de votantes comprometidos a meros observadores del espectáculo de la crisis.

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La semana pasada Angela Merkel debió pedir disculpas por el cierre planificado de Pascua para controlar la pandemia. “El error es mío y solo mío”, dijo la canciller alemana sobre su fallido plan de cierre. “Lo lamento profundamente y pido perdón a nuestros ciudadanos”. Estaba anunciando el abandono de un plan para clausurar tiendas, iglesias y otros lugares públicos durante cinco días, incluido el feriado de este fin de semana. El mini bloqueo recibió críticas generalizadas. Los científicos argumentaron que sería ineficaz, mientras que los pequeños y medianos empresarios se quejaron de que paralizaría la economía sin ningún beneficio perceptible para la salud.

Los contornos médicos de la tercera ola de Alemania no son inusuales, con casos que tienden rápidamente al alza a medida que la cepa Kent del virus se afianza. Sin embargo, ninguno de los escépticos del encierro está ansioso por que la gente muera en una nueva ola del virus. Más bien, advirtieron a Merkel que un bloqueo draconiano no es un precio que los alemanes estén dispuestos a pagar para salir de ella. La disposición a pagar por cualquier cosa se determina en una escala móvil, en relación con las alternativas. Cuando se trata de bloqueos, la alternativa es las vacunas.

Merkel tiene razón al preocuparse de que los votantes estén cansados ​​de estas medidas restrictivas y a estas alturas sabidamente innecesarias, por no mencionar contagiados y enfermos que seguirá habiendo, para cuando lleguen las elecciones del otoño próximo. Cuanto más entiendan los votantes que la pandemia se ha convertido en un fracaso político en lugar de en un desastre natural, peor les irá a los políticos que detentan cargos públicos en estos momentos.

La hibernación del ciudadano

Y la razón del descontento tiene que ver también con que desde hace un año vivimos uno de los hechos más extraordinarios de los tiempos modernos: la hibernación de la democracia, cuya esencia es, ni más ni menos, la capacidad de cada quien de decidir el destino de su vida, de elegir libremente qué caminos transitar y cuáles evitar, la voluntad de respetar la dignidad del otro en tanto ser único e irrepetible y de aprender a convivir con la diversidad en comunidad.

Esta ha sido la consecuencia más terrible de los confinamientos. Hemos sido testigos de la desaparición del debate y del desmantelamiento del derecho a decidir sobre nuestra propia vida. Quedarse en la casa, mirar las noticias para conocer la nueva información y no respirar, mucho menos hablar o sonreír a otra alma humana, fueron las instrucciones a seguir. Es probable que el impacto en el espíritu y la vida común sea mucho más duradero que los efectos derivados de la aparición de un nuevo virus, por malo que éste haya resultado.

Inicialmente se trataba de “aplanar la curva” y evitar que el sistema de salud colapsara, un encierro de algunas semanas. Hoy los expertos dicen que algunas restricciones sociales podrían durar años, que aunque haya vacunación hay que continuar el distanciamiento y uso de mascarillas y que esta “nueva normalidad” llegó para quedarse. Un cierre de tres o cuatro semanas se ha convertido en una pesadilla interminable.

Suspender la vida en respuesta a una amenaza pública es enviar el mensaje de que la república es solo para tiempos normales.

¿Cómo pasó esto? No es una conspiración. Los políticos y funcionarios del gobierno no tramaron esta severa suspensión de nuestras libertades. No se frotan las manos de alegría por haber finalmente hecho dóciles a las masas y hacerse todopoderosas – aunque ciertamente es el caso que los oportunistas políticos han visto en esta crisis una chance para impulsar sus causas favoritas sobre la obesidad, las políticas de género o el cambio climático. El bloqueo tampoco es obra de las grandes farmacéuticas o de corporaciones cobardes desesperadas por inyectar sus drogas y microchips en las ratas de laboratorio que vendría a ser la humanidad. Estos intentos de descubrir la trama detrás de la situación que se vive pueden terminar confundiendo el tema y, en algunos casos, despertar el pensamiento conspirativo.

La verdad detrás de la suspensión de los derechos más básicos es que la llegada de la nueva enfermedad se fusionó con tendencias preexistentes de miedo, apocalipsis y duda en la sabiduría de la gente común e inclinación a imponer un pensamiento único y hegemónico, para crear una reacción encabezada por políticos y elites frente al virus que fue inútil para contenerlo –a juzgar por los resultados obtenidos por otras sociedades que casi no impusieron restricciones- pero perjudicial para la vida de la república. En lugar de impulsar al público en un esfuerzo masivo de galvanización para mantener a los vulnerables a salvo a la par que la economía y el resto de la sociedad sana en movimiento, las élites desmantelaron al público, lo encerraron en sus domicilios e insistieron en que el papel debía ser pasivo, atomizado y obediente. En lugar de garantizar que el debate democrático y las decisiones individuales pudieran continuar y florecer cuando se estaban haciendo propuestas políticas sin precedentes, pusieron los derechos individuales en suspensión crónica.

Estas actitudes no fueron producto del SARS-CoV-2 ni de algún plan cuidadosamente elaborado por políticos intrigantes, la mayoría de los cuales no pueden evitar ni la quema de una estatua de parte de unos cientos de personas aun teniendo el poder monopólico de la justicia y seguridad. Fueron producto más bien de la cultura pre-Covid del miedo y del antiliberalismo, de la tendencia contemporánea a ver cada crisis como un apocalipsis, a sacralizar la seguridad, el riesgo, la enfermedad, incluso las palabras e imágenes “ofensivas” de otras personas, por encima de todo lo demás. Resultaron consecuencia de la manera arrogante en la que la libertad de disentir es tratada como una mercancía negociable que solo se impulsa cuando la causa es la políticamente correcta, y en la que la república se predica de la boca para afuera, pero no se trata como algo serio ni se entiende como la mejor manera de tomar decisiones y dar forma al futuro cuando se vive en una sociedad. Pero la amenaza a los valores liberales se deriva también de la incapacidad para defenderlos de parte de quienes creemos en ellos, de nuestra tendencia a capitular ante las demandas de cualquier grupo no representativo que reclame la categoría de víctima y desde allí esgrima su condición de paladín moral.

La nación y los individuos se convirtieron en propiedad de una clase experta a quienes se encomendaron todas las decisiones importantes. Las instituciones republicanas no sometieron la suspensión de la vida pública a ningún escrutinio real y significativo. Incluso la discusión sobre las consecuencias económicas y sociales del encierro quedó en silencio porque “la vida era más importante que la economía”. Y los individuos fueron transformados de ciudadanos dignos y democráticos a receptores de instrucciones; de actores públicos y libres a potenciales criminales transmisores de enfermedades que deben ser controladas y castigadas; de votantes comprometidos a meros observadores del espectáculo de la crisis.

Así es como se pierde la libertad. No porque nos la quiten los tiranos, sino porque hay demasiadas personas dispuestas a regalarla.

El derecho de la gente común a discutir y decidir la mejor manera de lidiar con las amenazas que se le presentan a su vida se ha visto dañado, acaso, sin posibilidad de reparación. La libertad de organizarse políticamente y hacer que los gobernantes y políticos rindan cuentas se cercenó; el deseo latente del gobierno de limitar el derecho a reunión está solo a un paso de cambio de signo de gobierno. Y el correctivo del sentido común, de la sabiduría de cada uno, de las tradiciones, no ha tenido ninguna influencia en esta crisis.

Cuando se suspende la fe en la especie el miedo se intensifica, la pasividad se afianza, la libertad se desmorona, la clase política se comporta de manera precipitada y una nube de fatalidad desciende sobre el país a medida que más personas comienzan a preguntarse qué está realmente pasado y cuándo terminará. Una de las cosas más frustrantes para quienes hemos expresado desacuerdo sobre la hibernación de los derechos individuales básicos como transitar o trabajar es que se nos acusa de querer dejar que un virus destroce a la población porque simplemente no nos importa. Es un disparate. Reconocimos la necesidad de restricciones, de cambios en el comportamiento diario durante los picos de este virus amenazante, de la importancia de apostar fuertemente a las vacunas. Pero lo que hemos argumentado es que matar a la república y a los valores individuales para combatir un virus que igualmente iba a circular es una falsa “cura”, que no solo no cura sino que resulta mucho peor que la enfermedad.

En tiempos de crisis, la libertad y la democracia se vuelven más importantes, no menos. Suspender la vida en respuesta a una amenaza pública es enviar el mensaje de que la república es solo para tiempos normales, que los derechos y la dignidad de las personas son lujos sólo para los buenos tiempos; es enseñar a las futuras generaciones, a aquellos niños que se pasaron un año encerrados sin colegio, que cuando la vida se pone difícil la gente debe quedarse en casa y callarse frente a la opinión de algunos expertos que son más inteligentes que el resto.

Estas no son observaciones nuevas. Pero ayudan a explicar por qué se ha traicionado la libertad con tanto entusiasmo durante la pandemia. Se necesita pedirle cuentas al año 2020 sobre por qué la gente común no tiene nada que decir o contribuir en tiempos de crisis; por qué la constitución y los derechos básicos son un mero barniz que ocasionalmente puede diluirse, en lugar de ser el elemento vital de cualquier sociedad que realmente quiera seguir siendo racional, libre y desarrollada. Recordemos que así es como se pierde la libertad. No porque nos la quiten los tiranos, sino porque hay demasiadas personas dispuestas a regalarla.

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