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Publicado el 17 de abril, 2020

Eleonora Urrutia: Ideologismos y realismo mágico frente a la pandemia

Esta emergencia sanitaria está poniendo de manifiesto uno de los aspectos más tóxicos que se propagan con cualquier tipo de tragedia: la convicción de que todo lo que se realiza en libertad y voluntariamente origina el mal del planeta.

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A medida que el Covid-19 se propaga, estamos aprendiendo que los virus no son las únicas cosas que pueden volverse virales. También pueden hacerlo el pánico -ninguno tan atávico como el biológico-, el resentimiento, los motines y los sesgos ideológicos. En efecto, hay sesgos ideológicos que no se baten en retirada ni siquiera ante la gravedad. Ya sabemos que las ideologías son materias de fe antes que de razón y subsisten pese a las abrumadoras pruebas en contrario, como decía Douglass North. Pero que el izquierdismo, progresismo, ecologismo, feminismo, igualitarismo, altermundismo y algunos otros ismos más estén al frente de esta pandemia, en una concepción dogmatizada y ciega a las sociedades para las que sirven, y con su concepción de pensamiento único llevada al extremo, cansa un poco. 

No importa de qué crisis se trate; también en una sanitaria de dimensiones monumentales como ésta, su mayor interés es la confirmación y difusión de sus sesgos ideológicos, y la denigración de aquello que aborrecen, cumpliendo el proceso habitual del ideologizado: aprovechar la crisis para confirmar sus creencias y atacar al enemigo. “El enemigo número uno será el neoliberalismo” tituló el 10 de abril pasado el Osservatore Romano, haciendo referencia a Adam Smith y a la “supuesta” mano invisible del mercado y su “absurda creencia” de que el crecimiento ayuda hasta a los pobres. Un absurdo, en realidad, en términos históricos ya que Smith fue un gran humanista con una saludable aspiración de rescate y superación, en plena armonía con la “simpatía” hacia el prójimo. Su pensamiento ayudó a demoler sociedades estamentales basadas en el nacimiento y a sentar las bases éticas de las libertades modernas, allanando el camino al libre comercio y dando paso así al enorme enriquecimiento que en los últimos 200 años ha sacado a millones de pobres de la miseria.    

En esta línea no son pocos los políticos de izquierda que aprovecharon estos días para insistir no sólo en que la sanidad pública es buena, sino que la privada es mala. Quieren exhibir que su ideología tiene razón, incluso con prueba en contrario que indica que gran parte de la mala respuesta inicial de los funcionarios de salud pública a la pandemia de coronavirus se debió a regulaciones engorrosas, inflexibles y obsoletas que controlan desde el sector público el desarrollo y la distribución de medicamentos y pruebas, y que es el sector privado el que está compitiendo para producir vacunas, tratamientos, más pruebas y suministros médicos para vencer la pandemia. Relato que coincide también con la limitación efectiva de derechos constitucionales impuesta por el estado de emergencia: el de la salud pública como coartada para un intervencionismo que suspenda los contrapesos del sistema y acabe poniendo a la democracia y las libertades en cuarentena.

Pero además insisten en mantener a la OMS como un referente internacional cuando ha demostrado su capacidad y preferencias. Manejada por un comunista que alaba y defiende a China, hizo caso omiso a Taiwán que advirtió de la epidemia en diciembre pasado, desincentivó el testeo y el uso de mascarillas en personas asintomáticas, y sólo quienes no le hicieron caso -como en el Véneto en Italia- lograron zafar del desastre de esa organización. Las decisión de oponerse tempranamente a las prohibiciones de viaje y de retrasar la declaración de una “emergencia de salud pública de interés internacional” fueron particularmente mortales. Y en lugar de exigir más transparencia de Beijing, que ha proporcionado datos dudosos y castigado a los que dicen la verdad a nivel nacional, se hizo eco de las afirmaciones chinas.

Y ello por la misma razón por la que también estos ideólogos se han visto obligados a dejar fuera del listado de grandes culpables al que sería, en otras circunstancias, el principal responsable: el gobierno de China. Siendo comunista no pueden culparlo, sino apoyarlo y así es como, a pesar de haber originado el virus y de evitar que sus médicos dieran a conocer la pandemia, pretenden convencernos que es la gran portadora de ayuda humanitaria para el resto del planeta. Habrá que prepararse para el relato futuro en el que China, apoyada por médicos cubanos quizás, combatieron la pandemia. 

Si la prioridad del gobierno español de izquierda no hubiese sido demostrar lo feministas que son y lo machistas que son todos los demás, puede que hubiesen avisado a la gente para que tomase las precauciones que empezaron a tomar la semana siguiente.

Ha aparecido también el ecologismo culpando al capitalismo de haber consumido la biodiversidad y arruinado la salud de los ecosistemas y la destrucción de los hábitats naturales, lo que habría provocado la zoonosis. Omiten por completo considerar que existe una estrecha correlación entre medioambiente y progreso, ya que los países más desarrollados son los que tienen menores índices de contaminación y que los problemas medioambientales se resuelven mediante los acuerdos libres que fomentan la eficiencia del uso de los recursos naturales y la correcta asignación y defensa de derechos éticos de propiedad, lo que impide las agresiones contaminantes. Desde un punto de vista biológico, olvidan también que el hombre ha convivido con el animal desde siempre e incluso antes de manera mucho más interactiva y que hoy más que nunca existen barreras sanitarias que protegen al ser humano gracias al mejoramiento de las condiciones de vida de millones.

No podía dejar de hacer su aparición ante esta pandemia el feminismo, en el caso para uno de los países más castigados: España. Si la prioridad del gobierno español de izquierda no hubiese sido demostrar lo feministas que son y lo machistas que son todos los demás, puede que hubiesen avisado a la gente para que tomase las precauciones que empezaron a tomar la semana siguiente. El 8M en España sí tuvo la culpa, porque el rosario de bajas por coronavirus entre las políticas participantes en aquella manifestación dice lo que ya confirmara uno de los principales epidemiólogos españoles, quien describió una manifestación –con «todas muy juntas y chillando»– como un entorno “idóneo” para la transmisión de la enfermedad. Pero desde luego de eso no se habla, porque fue propiciado por un gobierno progre. Lo más lamentable de todo es que difícilmente pueden los partidos de la oposición reclamar responsabilidades políticas por la celebración de estas manifestaciones, por cuanto el PP y Ciudadanos también participaron en ellas, insuperable ejemplo de masoquismo y surrealismo, ya que ni por razones ideológicas ni por razones de prudencia sanitaria las deberían haber respaldado. 

Quienes no quieren aceptar que esta crisis de sanidad deba ser manejada centralmente por el gobierno también caen en la mira de sus exabruptos y acusaciones. Tal es el caso de Suecia. Hasta ahora, el gobierno socialdemócrata sueco se ha desmarcado de las medidas de confinamiento decretadas por buena parte de sus socios europeos y simplemente ha emitido algunas recomendaciones con las que espera que los ciudadanos limiten sus salidas y tomen precauciones para garantizar el debido distanciamiento. A este enfoque lo denominan “radical” aunque Suecia siga la misma estrategia de aplanamiento de la curva que otros países están aplicando con el objetivo de controlar la tasa de infección para gestionar la demanda en su sistema de atención médica. Simplemente lo está haciendo con más franqueza sobre lo que implica la existencia de una “curva” y es que la mayoría de los ciudadanos deberían saber que estarán expuestos al virus en el año o dos antes de que una vacuna esté disponible. Como resultado, Suecia ha sido rechazada por el tipo de críticos que no han podido proporcionar a sus propias sociedades una salida más realistas de la pandemia. El verdadero problema son las figuras públicas en otros países que no han sido sinceros con sus ciudadanos para decirles que no hay una forma de detener el virus si se pretende conservar la vida. La estrategia es solo disminuir la transmisión para administrar la epidemia. 

Afortunadamente Chile no se encuentra tan ideologizado como para no buscar el equilibrio en esta crisis y reconocer que las respuestas privadas podrían remediar los peores efectos siempre y cuando el estado no las obstaculice. Se sabe que en estas circunstancias las medidas ideales son voluntarias y no coercitivas, son locales o a nivel de las regiones en lugar de ser nacionales, y abordan los problemas cruciales directamente en lugar de cerrar la economía ampliamente. Visto desde esta perspectiva, ciertas acciones del gobierno chileno probablemente son sensatas, como los esfuerzos de realizar pruebas, ordenar cuarentenas por testeo, y el aislamiento de los pacientes infectados y sus contactos cercanos. La preocupación acerca de los costos de las intervenciones públicas que tiene el gobierno de Chile, privilegiando las políticas que tienen un récord de eficacia en lugar de inventarse algo nuevo al andar, podrían terminar siendo un camino de salida eficiente en el tiempo. 

Frente a este escenario, las políticas draconianas y llenas de potencial para que se den excesos que se están implementando en la Argentina -incluyendo los cierres generalizados de empresas, las legislaciones con masivas subvenciones para la población con altos impuestos como contracara, la suspensión de los procedimientos judiciales y la falta de funcionamiento del Poder Legislativo- no auguran un buen futuro por más que al momento las cifras de afectados puedan ser comparativamente bajas (mientras menos testeo hay menos afectados y la Argentina es de los países que menos están testeando) porque si bien la epidemia del COVID-19 es algo serio y tenebroso, no debería convertirse en una excusa para ignorar los costos y compararlos con los beneficios cuando se trata de políticas públicas en las que están en juego la vida y la propiedad de los ciudadanos. 

En fin, que esta emergencia sanitaria está poniendo de manifiesto uno de los aspectos más tóxicos que se propagan con cualquier tipo de tragedia: la convicción de que todo lo que se realiza en libertad y voluntariamente origina el mal del planeta. Y por ello cuando frente a la debilitada economía asoma como remedio el ya conocido repertorio anticapitalista -precios administrados, monopolios estatales, asistencia indiscriminada, impuestos expropiatorios y rentas corporativas- que supuestamente nos dejará más pobres pero más buenos, no se puede menos que quedar sorprendido. Poco a poco, desordenadamente y de manera irregular, volveremos a la normalidad este año y el próximo. La sombra que arrojará esta pandemia no será sobre actitudes, estilos de vida o valores, a los cuales nuestro apego -e inercia- es más profundo de lo que sabemos. No habrá ningún fin ni apocalipsis, la globalización no terminará, no habrán cenizas sobre las que los burócratas y políticos puedan construir un reino como ellos se lo imaginan sin la participación de nadie más. Simplemente seremos iguales, pero más pobres y tristemente habrán muerto más personas por el virus surgido en Wuhan. En un intento brutal y torpe de eliminar un virus que no resulta irradicable en el corto plazo, habremos destruido toda nuestra economía. Pero como decía el ensayista español César Alonso de los Ríos, ello está en consonancia con el dominio que el pensamiento de izquierdas tiene sobre los aparatos de reproducción ideológica, la escuela, la prensa, la universidad, el arte y la cultura desde hace cincuenta años, pese al que Adam Smith sigue más vigente que nunca. 

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