Es posible que el Reino Unido enfrente a una ola de quiebras de empresas que supere lo visto durante la recesión posterior a 2008. Unas 100.000 empresas podrían verse obligadas a declararse insolventes en los próximos meses, advirtió hace unos días la consultora de quiebras Red Flag Alert. Se trata de empresas saludables con al menos un millón de libras esterlinas en ingresos anuales. El problema es el precio de la energía, que está aumentando en intervalos de varios cientos por ciento.

Las cosas probablemente sean peores en Alemania, la economía más grande de la eurozona. Alrededor del 73% de las pequeñas y medianas empresas informaron una fuerte presión por los precios de la energía, y el 10% cree que enfrentará amenazas “existenciales” para sus negocios durante los próximos seis meses. Más aún, en otra encuesta publicada hace dos semanas por BDI, una de las principales asociaciones industriales del país, el 34% de los encuestados describió los precios de la energía como un “desafío existencial”. 

Los gobiernos europeos no son ciegos a esta realidad. Pero la única solución políticamente viable para el invierno que se avecina es otorgar subsidios a escala monumental. Se han anunciado miles de millones de dólares para hogares, empresas y servicios públicos en todo el continente, lo que sumará más inestabilidad financiera a la que producirán las inevitables quiebras de las empresas si los precios de la energía continúan subiendo. Como si fuera poco se les pedirá, también, que medien en los niveles extraordinarios de nuevos préstamos gubernamentales para paliar la consecuente crisis. No se sabe qué significará este combo para el sistema financiero. Nadie se ha molestado en hacer una “prueba de estrés” de los aumentos catastróficos en los precios de la energía, aunque sí el Banco de Inglaterra afirma haber modelado el impacto económico de permitir que las temperaturas globales aumenten 3,3°C durante las próximas décadas, algo que es probable no suceda. Por cierto, el BOE también predijo que el impacto económico de la transición a un futuro con cero emisiones netas de CO2 sería “modesto”.

El dogma verde de Ursula von der Leyen

La clase política europea lleva años tratando de convencer a sus ciudadanos que vivir mal es mejor. Lo ha hecho bien, justo es decirlo, a juzgar por los cepos energéticos, productivos y alimenticios que han aprobado, y por la sumisión incondicional al capricho ruso que no hizo ruido hasta que fue muy tarde. El completo fracaso de su prédica ecológica ha sido tapado por la construcción de una moral que sostiene postulados sin sentido, y que parte importante de la ciencia no avala. Porque, aún cuando se diera por buena toda la biblia greta thunbergiana, no se entiende cuál es el sentido de dejar de producir energía para comprársela a quienes la producían del mismo modo contaminante, pero en un país vecino. ¿Pensaban encerrar a Europa en un domo gigante? Ellos, que estuvieron meses ocupados en controlar que ningún ciudadano sin vacunar tomara un avión, no pudieron plantear una agenda de seguridad y defensa que advirtiera la inminencia de una guerra que les estalló en las manos. 

Si realmente confiaran en su diagnóstico ambientalista, tenían tiempo más que suficiente para permitir que el ingenio humano y los incentivos a la generación de riqueza y bienestar se dirigieran a la creatividad científica y tecnológica para eficientizar la producción de energía. Sucede que la tarea es lenta, no es lineal y tiene pocos beneficios políticos, y las élites necesitan resultados en un plazo más bien corto. Ahora, con el problema encima, el plan consiste en sentarse arriba de escasos recursos, restringir el consumo y condenar al bienestar, en lugar de brindar las condiciones que generen más y mejores soluciones. 

La imposición de las veleidades pseudoambientalistas de arriba hacia abajo no va a tener éxito en sus objetivos, pero destruirá puestos de trabajo, familias, y muchas oportunidades de progreso. Estrangular gran parte de la población europea, queriendo seducirlos con épicos sacrificios, se parece mucho al comunismo en su esplendor, no sólo en el retroceso de la calidad de vida, sino en lo que de ideológico le cabe: planificación centralizada, controles de precios, concientización culposa, verdugos culturales, créditos sociales.

La realidad es que la obsesión climática viene copando la agenda, ignorando que el 80% de la energía primaria europea depende de combustibles fósiles según la Agencia Internacional de Energía y que las energías alternativas aportan menos del 4% del total consumido. Vale decir que aun cuando la transición verde fuera vital y urgente, han omitido decir que se trata de una solución costosa e inestable, que los vuelve vulnerables. Los políticos están felices de culpar a Putin y su invasión de Ucrania por el actual desastre energético. Pero lo que transformó el cambio del precio relativo de la energía en un desastre global fueron dos décadas de política de energía verde. En Europa, eso incluye una fijación con las energías renovables incapaces de impulsar las economías industriales sin tecnologías de baterías, una negativa a aprovechar las reservas nacionales de combustibles fósiles como el gas de esquisto y una hostilidad profunda e irracional hacia la energía nuclear.

Así las cosas, han creado un sistema energético de peligrosa rigidez e ineficiencia, incapaz de adaptarse a un golpe como resulta la salida parcial de Rusia del mercado gasista europeo. Es casi inevitable que el resultado inminente sea una recesión en Europa. Solo podemos esperar que no desencadene también una crisis financiera mundial.

Lecciones para Chile

Uno podría preguntarse qué tiene que ver el tema con Chile. Finalmente, el país ha venido haciendo una transición hacia las energías renovables más lenta que en Europa, es cierto, pero que pareciera no tener tanto impacto, a pesar del mayor costo del petróleo y gas. Esta mirada es una ilusión que olvida el contexto. 

Chile lleva diez años con cero crecimiento per cápita. Mirando al futuro, habría que recuperar el 3% anual y mantenerse así por muchos años más, si de verdad se quiere dejar el subdesarrollo. Es desde esta perspectiva que las autoridades debieran evaluar la viabilidad de las metas de transición energética. Aparentemente, eso sí, a los líderes políticos y especialmente a los de este gobierno pareciera importarles poco el crecimiento, convencidos como están que lo importante es redistribuir en lugar de producir, confiados en que el crecimiento es siempre un juego de suma cero; basta ver al respecto las metas fiscales y tributarias que esbozan en su programa. 

Pero esta visión es equivocada, utópica y solo hace perder tiempo. La energía es indispensable para el desarrollo porque está en el corazón de toda actividad económica. Si finalmente se decidiera apostar al progreso, no se debieran despreciar las lecciones que da Europa por estos días, precipitando transiciones voluntaristas que tanto daño causan a la población y en particular a quienes menos tienen. 

*Eleonora Urrutia es abogado, máster en Economía y Ciencias Políticas.

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